Año 2, N.45, Domingo 28 de septiembre de 2003
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Chile paga doble. Chile, su mejor apuesta
( Escribe Paul Walder )La expansión económica en ciernes no implica ni más capacidad de consumo ni, por cierto, más empleos. Las ingentes utilidades que las sociedades anónimas obtuvieron este primer semestre no estuvieron estimuladas por un aumento del consumo interno ni menos por una ampliación del mercado laboral. La explicación se halla en las nuevas estrategias de gestión: economías de escala, acaso integración vertical, alta tecnología y reducción de costos de personal.


La fiesta está anunciada. Sólo bastó que el imacec de julio marcara un 3,5 por ciento para que la algarabía brotara cual efluvio hormonal de primavera. Si le agregamos la caída del dólar y el alza bursátil y uno que otro indicador sectorial -aún cuando no marcan tendencia alguna- el regocijo empresarial parece haber ingresado en una fase expansiva e incontinente. La vista se enfila otra vez hacia el templo de la reactivación, toda vez que el sendero ya ha sido refrendado por el mismo Banco Central. A diferencia de Carlos Massad, a quien la plaza financiera no le creía, las palabras de Vittorio Corbo -un socio de la misma gran empresa- suenan a revelación celestial.

¿Será para tanto? Por cierto que lo es, por lo menos para los anfitriones y selectos invitados. Las manos se frotan porque ya hay nutridos antecedentes. Al primer semestre las grandes empresas prácticamente duplicaron los beneficios que habían logrado un año atrás, fenómeno que sucede cuando la tasa de crecimiento de la economía flaquea. Podría argumentarse que el engorde lo proveyó el sector exportador, lo que es una verdad a medias. Está claro que la venta de materias primas fue un buen negocio pese a los erráticos precios internacionales, pero también salta como evidencia los sorprendentes resultados de las empresas de bienes y servicios orientados al consumo interno. Empresas de telecomunicaciones, servicios públicos y bancos alcanzaban nuevas marcas en nuestro esquilmado mercado.

Podemos preguntarnos cuál es el truco, dónde está el negocio, dónde está esa patria que reboza prosperidad y fecundidad financiera. Tal vez éste sea un país que ya no es un país, sino un conglomerado transnacional, un flujo de divisas, una correa transportadora de números, un balance de escaparate financiero.

Las estadísticas y los balances no conocen el rubor ni la vergüenza. Los ceros a la derecha de la coma están para el deleite de los accionistas y la complacencia de las autoridades. Más es siempre mejor. Chile funciona, Chile país modelo, Chile plataforma de inversiones, Chile su mejor apuesta, como invocan los folletos del Comité de Inversiones Extranjeras. Chile, (debiera también decir el slogan) país que paga doble, o triple.

Es el país-empresa, el país-mercado, el país-realidad virtual. No es ésta, sin embargo, la patria que vemos en la calle, los hogares, ni tampoco en las fábricas, talleres u oficinas. No es que necesitemos reconocernos en un aviso publicitario, no obstante es precisamente este modelo de país el que se nos señala como espejo. La patria, la madre, ha sido acicalada para su alquiler o simple venta.

Ni rubor ni vergüenza, simple silencio. La mano que toma utilidades lo hace con cautela. Los banquetes no han de exhibirse, dice el manual de decencia, ante los hambrientos. Sólo números, ni una sola palabra en los medios, que para palabras también están. Por eso esta columna, que con la boca y la lengua intenta apuntar a ojos y oídos.

Lo que engorda por arriba son las flaquezas, la miseria de estos predios. Así como las forestales, pesqueras y mineras retozan con su alta rentabilidad conseguida a costa de la tierra (que hoy, a falta de poetas llamamos recursos no renovables), las empresas de servicios y las financieras se alimentan del esfuerzo. Ninguna novedad, verdad descubierta hace ya casi doscientos años, que, sin embargo, habíamos olvidado durante la distracción neoliberal.

Que la economía vuelva a crecer, como hoy celebran en la plaza financiera, no debiera dar pie a una fiesta nacional, como la que ya cantan en la bolsa, los bancos y empresas bajo la música de sus medios afines. En realidad, ya no hay nada que festejar. La historia de los noventa, que observamos inermes y algo sorprendidos, no se repetirá. Si el producto nacional se expande, esta vez habrá un exclusivo y único factor: el crecimiento de las grandes empresas, las que ya han hecho muy bien su trabajo para permanecer y nutrirse en esta tierra baldía. Las grandes mineras, enclavadas en el desierto, que operan con alta tecnología y escasa mano de obra, es una metáfora que hoy se extiende al resto de las industrias, productivos y de servicios.

La expansión económica no implica ni más consumo ni, por cierto, más empleos. Las ingentes utilidades de las sociedades anónimas, que no estuvieron llenadas ni por un aumento del consumo interno ni menos por una ampliación del mercado laboral tiene otro tipo de explicación, la que se halla en las nuevas estrategias de gestión: economías de escala, acaso integración vertical, alta tecnología y reducción de costos de personal. Si le agregamos la tan buscada flexibilización laboral, la que existe de facto, podríamos observar en el breve plazo un nuevo auge de las utilidades sin que ello afecte el mercado de trabajo. El ejemplo que viene de la economía norteamericana, nuestra guía y meta, no puede ser más turbador. Al primer semestre las grandes empresas lograron aumentar sus ganancias en más del sesenta por ciento. Un gran logro y muy festejado por Wall Street, sobre todo sin haber caído en el costo que significa la creación de nuevos empleos. La economía, vemos, se nos ha aparecido como una máquina sellada de crear dinero, ganancias que, como nunca en la historia reciente, sólo benefician a sus propietarios.

El proceso de concentración de la riqueza, detectado por prácticamente todos los economistas y observadores sociales independientes con vista y oídos, no se detiene y, lo que es más alarmante, no se sabe a dónde se dirige. O quizá no interesa mientras los bolsillos de los accionistas continúen llenos.

La última versión del capitalismo, que ha aniquilado las fuerzas que históricamente frenaron sus incondicionales aspiraciones, ha podido finalmente avanzar, extenderse, pastorear y engordar. Deja a su paso su detritus, que no es sólo un desolado medio ambiente, sino un residuo que surge de los mercados abatidos y de una mano de obra estrujada. Esta ha sido y es nuestra estrategia de crecimiento económico, que ha sido de todo menos de desarrollo.

Las grandes empresas y su economía crecen como un tumor maligno. Un cáncer -como han dicho autores desde Baudrillard a David Korten- que sólo está abocado a su propia supervivencia aun cuando ésta implique la muerte de su huésped.

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