Año 2, N.45, Domingo 28 de septiembre de 2003
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Argentina reabre sumarios contra ex-líderes guerrilleros
ARCHIVOS SUIZOS BLANQUEAN A LOS MONTONEROS
(Por Juan Gasparini)

Casi treinta años después que se extinguieran como fenómeno político en la Argentina, los Montoneros han vuelto a trepar a los titulares en virtud de los pedidos de captura lanzados por un juez de Buenos Aires contra los tres sobrevivientes de su conducción. Roberto Cirilo Perdía y Fernando Vaca Narvaja han sido detenidos dentro del país, mientras Mario Firmenich, residente en Barcelona, se ha dado a la fuga. Se los acusa de propiciar la caída de una veintena de revolucionarios hacia fines de 1979, comienzos de 1980, reinstalando el debate si los jefes "subversivos" entregaron a sus compañeros, o si al menos fueron "funcionales" a la represión que se desatara en Argentina durante la dictadura, dejando un saldo de más de 10 mil desaparecidos censados por los órganos del Estado.

Sin embargo, el levantamiento del secreto por parte de los archivos suizos sobre los grupos insurgentes de Argentina demuestran que el régimen militar solicitó las capturas de varios de sus dirigentes a escala internacional, especialmente de Mario Firmenich, echando por tierra que pudo ser un colaborador de sus enemigos por aquello que no se persigue a la fuerza propia.

A su vez, entre 1977 y 1984, los servicios de inteligencia helvéticos exploraron indicios en Europa y América Latina sobre presuntas conexiones de la organización político-militar argentina Montoneros con grupos terroristas como las Brigadas Rojas en Italia, los GRAPO en España y el liderado por el venezolano Ilich Ramírez, alias Carlos, sin resultados tangibles.

Por cierto, los documentos que acaban de sacar a consulta pública los Archivos Federales de la Confederación Suiza trazan un seguimiento altisonante de las huellas guerrilleras latinoamericanas. Escrutan en la trama que incluye al MIR de Chile y a los Tupamaros de Uruguay, sin aportar ninguna información relevante que consiga vincular a los grupos armados del Cono Sur con la nebulosa terrorista en la que los integró el discurso dominante de las policías del Viejo Continente durante la «guerra fría».

LA PRESUNCION TERRORISTA

El interés de los helvéticos por los Montoneros aparece en 1977, un año en que coinciden una serie de comunicaciones. Las más antiguas fueron engendradas por el Consejero Héctor Martínez Castro, de la Embajada Argentina en Berna, empeñado en conseguir la detención del primus inter pares de los Montoneros, Mario Eduardo Firmenich, una requisitoria que el ministerio suizo de justicia y policía echó a dormir, arropada en vicios de forma y argucias jurídicas.

Tal actitud evidencia la voluntad aniquiladora de la dictadura militar para con el jefe de la guerrilla peronista, la cual voltea las teorías que Firmenich fue un agente encubierto de sus propios enemigos y que operó en la oscuridad para destruir a los Montoneros desde adentro, versión sostenida, entre otros, por el periodista norteamericano Martin Andersen en su libro El mito de la guerra sucia, editado en Argentina por Planeta en 1993.

El ataque a la defensa de los DDHH

Dos otros «subversivos» se añadieron a la lista de solicitudes de arresto «con fines extradicionales» formuladas por el obstinado diplomático Martínez Castro, cuyas razones se remiten al aislamiento internacional que trataba de neutralizar la Junta Militar. Les preocupaba el abogado Rodolfo Mattarollo, actual subsecretario de derechos humanos del gobierno que preside Néstor Kirchner, y la hoy fenecida dirigente de la rama femenina de los Montoneros, Lidia Masaferro, los cuales nunca fueron inquietados en Suiza a pesar de sus constantes visitas durante esos años para presentar denuncias en la ONU por violaciones de los derechos humanos en Argentina.

LA VIGILANCIA DE FIRMENICH Y VACA NARVAJA

Recopilando datos de sus espías en Roma, los suizos obtuvieron las reproducciones de los documentos falsos de identidad utilizados por Firmenich en su paso por la aduana italiana, quien abandonara la Argentina a fines de 1976 para ponerse a salvo del desmantelamiento que sufría la organización bajo su mando a raíz de la represión desplegada contra ellos dentro de la geografía nacional. A una cédula de la Policía Federal con su foto, a nombre de Juan Domingo Morelli, nacido en 1948, domiciliado en Ramos Mejía, Buenos Aires, la acompaña la primera página del pasaporte de Julio Raúl Labarre, nacido el 9 de julio de 1952 en Rió Cuarto, Córdoba, que los suizos aventuran portaba Fernando Vaca Narvaja, uno de sus lugartenientes. La delegación diplomática suiza en Italia trasmite asimismo una serie de notas sobre Montoneros, advirtiendo que entre sus colaboradores figuraba el cantante francés de origen armenio, Charles Aznavour, recomendando vigilar la residencia de vacaciones de este en el montañoso Canton de Valais, sito en Crans-sur Sierre, la región suiza de habla francesa.

LA PISTA DE "CARLOS"

Siguiendo las denuncias publicas que efectuaban en Ginebra los antes mencionados Mattarollo y Mazaferro, los pesquisas suizos detectaron entre el público que concurriera a las conferencias de prensa que estos dieran en 1978 investidos por la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU) a la venezolana Cecilia Matos, empleada diplomática domiciliada en Venezuela pero que venía de París, habiendo alquilado un auto en Zurich. Su presencia abrió la errática sospecha que desembocó en el asimismo venezolano Illich Ramírez, apodado «Carlos», recientemente condenado a cadena perpetua en Francia por su incriminación en atentados terroristas. Resultó ser que tres años antes esta Cecilia Matos había compartido una habitación del Hotel Presidente de Ginebra con su compatriota Dalia Fuentes Quintana, «una amiga de la familia del terrorista Carlos», detalle que los servicios británicos retuvieron de un golpe telefónico de la propia Dalia Fuentes Quintana efectuara a la policía inglesa desde su vivienda en Londres el 7 de julio de 1975, alertando que «Carlos» la había llamado el día antes para pedirle ayuda, advirtiendo que ella había rechazado solidarizarse con él.

Este «Carlos» vuelve a aparecer en el expediente de los Montoneros de la policía federal de Suiza el 28 de noviembre de 1978, en una comunicación cuya fuente «aún no ha hecho sus pruebas», designándolo a la cabeza de un «Frente Popular de Liberación Alemán» (FPLA), dándolo por invitado a una reunión en Roma celebrada un mes antes. Por cierto «Carlos» no concurre finalmente a la cita, a la que se afirma asisten Armando Croatto, sindicalista posteriormente abatido en Argentina, Juan Gelman, poeta y periodista actualmente domiciliado en México, y Mario Firmenich. Se suman al diagrama del pretendido cónclave las siluetas de dos miembros de una Organización Comunista Combatiente (OCC) que no se dice quienes fueron, y dos integrantes de la «Brigadas Rojas», subrayando que uno de ellos se llamaba Alberto Franceschini. Pero esta última puntualización se desvanece al promediar el informe cuando la comisaría que trata la información en Berna, anota de su cosecha la contradicción que Franceschini se encontraba preso en Italia desde 1974.

¿UN TOPO EN LA HABANA?

Si hubo un confidente en Roma, que a todas luces no era fiable, los suizos destapan a otro que siembra el misterio. Irrumpe desde La Habana. Despachó su mensaje vía Montevideo. Da cuenta de una reunión de un «Directorio de Liberación» celebrada en julio de 1977, presidida por Fidel Castro. Su credibilidad es considerada «segura», de confianza «verificada» y «sólida». Relata que en torno a Castro se acodaban el alto cargo cubano Carlos Rafael Rodríguez, Firmenich por los Montoneros, Enrique Erro por los Tupamaros de Uruguay, un tal Osvaldo Rivadavia en nombre de una enigmática «Resistencia Obrero-Estudiantil» uruguaya, y dos otros representantes cuyos señas de identidad no se incluyen; uno ocupando el sitial reservado al MIR de Chile, el otro con la etiqueta de las FARC de Colombia. El narrador señala que en esa «cumbre» se discutió intensificar la lucha armada en ciertas capitales latinoamericanas, siendo además cuestión de la solidaridad revolucionaria para con los movimientos de liberación africanos, planteándose incluso el ataque a embajadas de América Latina en Europa y a su personal. Como se sabe esta última idea, si existió, quedó en el plano de las evocaciones pues nunca se llevó a cabo, al menos con posterioridad a ese cónclave. Puede deducirse que si esa audiencia tuvo lugar, y conociendo las estrictas reglas de compartimentación vigentes en las guerrillas latinoamericanas, cuyos integrantes desconocían los nombres reales de sus correligionarios, el «enlace» que ilustra a la Comisaría Cuarta de la Policía Federal de Suiza el 16 de septiembre de 1977, tuvo sin duda una antena en Cuba. Va de suyo que solo el aparato secreto que controla la isla caribeña podía conocer la verdadera identidad de los invitados a semejante conversación, detonando un debate inédito sobre las filtraciones a los servicios occidentales de las actividades de los insurgentes latinoamericanos.

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