El terror ha sido parte del cine desde sus inicios, pero el género del asesino de adolescentes fue un invento de los años 70. A pesar de ciertos esbozos en los 60, este subgénero -en la forma en que lo conocemos actualmente- empieza con La gran masacre en Texas (The Texas Chainsaw Massacre,1973), una película dirigida por Tobe Hooper y prohibida en muchos países (Chile, entre ellos. Trata de un grupo de jóvenes que rescata a una chica que alega ser perseguida por unos asesinos y luego dan con una casa donde vive una familia bastante rara que les espera para cenar, porque ellos serán el platillo principal de su dieta caníbal. Son torturados, asesinados uno a uno y expuestos al monstruo de la familia, un subnormal llamado Cara de cuero (Leatherface), que estableció las características del villano de este tipo: insano, ultrafuerte e insensible al dolor, aparentemente inmortal y sin rostro reconocible como humano.
El siguiente paso fue Halloween (1978), el clásico de John Carpenter que dio fama y fortuna a él y a Jaime Lee Curtis, su protagonista, además de crear a Michael Myers, el primer asesino que tuvo segunda parte. Esta peliculita de 325 mil dólares de costo, recaudó la brutalidad de 47 millones de billetes verdes, dejando entrever que esto era grito y plata. El ansia no se hizo esperar y pronto todas las compañías hacían sus propias cintas de matanza. Una de las primeras, y tal vez por eso exitosa, fue Martes 13 (1980), una obra claramente menor -muy menor, la verdad, y bastante aburrida- que tenía como aliciente el buen hacer de los efectos especiales (obra de Tom Savini, uno de los grandes en este arte) y el sorprendente final, que introducía a Jason Voorhees, el asesino de la máscara de hockey que será el protagonista de las secuelas. Oh, por cierto: en esta primera parte la asesina era su madre.
Lejos, Martes 13, con sus 11 secuelas -contando Freddy vs. Jasón- es la serie más larga de películas de asesinos, pero también una de las peores. Lo inteligente fue establecer que Jason era inmortal, que tenía la cara muy fea y por eso la ocultaba -primero con un paño y a partir de la tercera cinta con la tradicional máscara de hockey- y que su único objetivo era matar gente.
Tras el exitazo de Martes 13, se vino una verdadera avalancha de películas de matanza, como Cumpleaños sangriento, Silent Night, deadly night (y sus cuatro secuelas), Día de los inocentes, Masacre en el día de San Valentín y muchas otras más, la mayoría con escaso presupuesto, mala actuación, un guión muy básico y cuyo mayor mérito eran las muertes de los personajes. Entre tanta porquería, una cinta como Pesadilla en lo profundo de la noche (A nightmare in Elm street, 1984) brilló por su guión innovador sobre un asesino de niños que vuelve en los sueños a terminar la tarea que los padres de sus víctimas le dejaron inconclusa cuando lo ajusticiaron. Freddy Krueger se transformó en ícono del terror gracias a su capacidad para meterse en los sueños de los adolescentes, a la ambigüedad de cada escena de la cinta, donde siempre existe la incertidumbre de si es el mundo real o el de Freddy, y a la gracia de poseer un humor negro y aportar sarcásticos comentarios a cada víctima nueva, cosa que ninguno de sus mudos predecesores poseía.
Otros monstruos asesinos dignos de mención y que no atacaban sólo a los púberes fueron Pinhead y los cenobitas de Hellraiser (1987, 7 secuelas hasta ahora), demonios de un infierno de lujuria y placer sadomasoquista, así como el infame asesino serial reencarnado en muñequito, más conocido como Chucky (Childsplay, 1988).
Todos comparten la misma filosofía conservadora del terror: el que rompe las reglas, las paga. Pero las películas de adolescentes tienen reglas más estrictas aún: el sexo es malo (cuando una pareja hace el amor en pantalla es porque van a morir poco después), el que se hace el pesado muere, si eres bonito pero superficial vas a morir, si te haces el choro, ídem, si desobedeces a tus papás, mejor haz el testamento, si te alejas de los tuyos, fuiste. Además, muchas veces los jóvenes pagan la culpa de sus mayores, ya sean sus padres o los jóvenes que estuvieron antes que ellos, lo que deja bien claro que este subgénero es una especie de Ley del Talión endosable.
Y de este pie forzado se han aprovechado las cintas que han revivido el género en la última década, desde la inteligente y revisionista "Scream" (y sus secuelas), que se hace cargo de los clichés y los utiliza a favor, hasta "Sé lo que hicieron el verano pasado 1 y 2" (malísimas), las dos partes de Leyenda Urbana y de Destino final y la irónica y graciosa Asesino de Vírgenes (Cherry Falls), que se dedica a reírse de ciertos tópicos sin caer en el humor desatado de Una película de miedo, cuya tercera parte se estrenará a principios de 2004, para recordarnos que estas películas son para ver entre amigos y con una sonrisa a mano.
La última adición a las sagas de ambos personajes es un buen resumen de lo mejor del género y evita caer en la ramplonería gracias a un guión respetuoso de los personajes y sobre todo del espectador.
Freddy está en el infierno, casi sin poderes porque nadie lo recuerda, mientras Jasón duerme el sueño de los injustos por el mismo vecindario. Entonces, Freddy decide usar a Voorhees como instrumento del terror y lo envía a su vecindario con el objetivo lógico de que mate, así todos crean que volvió Krueger. Con cada muerte nueva, el poder de Freddy crece, pero lo que este no esperaba es que el ansia asesina de Jasón no se detiene, y le quita víctimas al amo del sueño.
Por supuesto, los chicos que son las víctimas deciden tomar cartas en el asunto y librarse de ambos de una sola vez, obligándolos a pelear.
Los "protagonistas" hacen lo que saben hacer mejor, y el metraje nos brinda tanto el viejo humor malvado de Freddy como la animalidad básica de Jasón. La cantidad de muertos es muy alta, y la cinta logra hacer saltar del asiento más de una vez, que es lo mínimo que se pide a estas alturas, pero sobre todo entretiene a pesar de saber uno el final. Y eso es mérito exclusivo de Ronny Yu, un director que sabe lo que tiene entre manos.
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