Hace unos días, en el camino a Viña, a la altura del desvío Las Palmas, tuve un encuentro cercano con don Benjamín Vicuña Mackenna, quien le mandó a decir al Alcalde de Santiago que por favor se preocupe de la Plaza de Armas.
Me dijo don Benjamín que le dijera que le va a venir derrame cerebral a todos los chilenos y los peruanos que se pasean por ahí. Que una plaza como ésa estará muy bien en Madrid, porque los españoles aguantan los calores de su capital desde que la fundó Felipe II. Pero que en Santiago de Chile las plazas nunca han sido como el desierto de Atacama pavimentado. Que a los jubilados les gustan los árboles y escuchar el canto de los pájaros. Ahora ni las palomas vuelan, se andan arrastrando como cucarachas, y los pintores de la esquina surponiente pareciera que pintan al más puro estilo Dalí, dado que se les derriten todos sus cuadros a causa de que los oleos chinos que usan no resiste los rayos ultravioleta de estas latitudes.
En cuanto a los mendigos, tuvieron que ir a vender cualquier cuestión al paseo Ahumada y tienen el manso enredo en esa arteria, porque aparte de que ya no resistían el sol se quedaron sin clientela a causa del mismo factor.
Tengo un recado urgente de la Yuyito para don Pedro Valdivia, no el que está montado en el caballo en la plaza sino el otro, el que sale en la tele y se preocupa de los lanzas y los cabros de las caletas y los viejos verdes y los cartereros. Le mandó a decir la Yuyito que ella preparó bien a los cabros, que eran lanzas curtidos, rápidos, eficientes. Especializados en billeteras y carteras. Pero que nunca preparó a sus alumnos para que se quedaran de cesantes y que ni cuando se tuvo que ir al extranjero y conoció varias ciudades vio una plaza más desafortunada. Que considere la cesantía y que sería harto conveniente que aumentaran de manera transitoria la cuota de lanzazos al mes. Aunque no más sea hasta que se afirme la construcción, mandó a decir la Yuyito.
En eso, cuando iba llegando a Concón, zuácate que se me apareció la alcaldesa Del Canto. Venía harto molesta. Dijo que estaba hasta el perno con los cafés con piernas.
Que le habían contado que el Alcalde era del Opus Dei y que su jefe le mandaba a decir que la cortara con la manga ancha. Qué laya de moral era la de esta ciudad, refunfuñó, y que si las (o los, no sé bien) travestis tienen sindicato y desfilan por el centro cuando se les frunce, que deje que las demás fuerzas vivas de la ciudadanía desfilen por la Alameda de vez en cuando y que la Fiesta de la Cultura puede machucarle el pasto del parque Forestal una vez al año.
Don Clotario Blest, creo que era él porque tenía una barba blanca y no creo que fuera San Pedro, siempre lo pintan más gordo, y además tenía puesto un overol azul así es que no me cabe duda porque, bien pensado, San Pedro usa puros kaftanes. Dijo don Clotario que estaba de lo más bien pensado lo de las piscinas esas para los cabros de las poblaciones.
Pero me comentó que la nieve podía habérsela dejado a Lo Barnechea, a ver si con esa entretención los ediles de esa comuna agreste se olvidan de la construcción del muro. Que sería atinado que alguno de los concejales se pegara un viaje a Berlín. Ahí van a captar lo demodé que es la idea de andar levantando muros. Esa idea está buena apenas para Sharon, dijo Clotario Blest.
Frente a la llama (no, no de la libertad, no sean mal pensados), a la llama de la Enap, me salió al encuentro Lautaro. Al principio no lo reconocí porque no se parece en nada a la estatua que le tienen en el cerro Santa Lucía. Me dijo que le dijera a la Nicolasa Quintramán que la felicitaba por ser una mujer con capacidad de negociar, que supo estar a la altura de las circunstancias, dijo. Que había aplicado muy bien el consejo ese de "si camino no hablar", porque es demás sabido que si la montaña no va a no sé quién, bueno, hay que ir a la montaña. Que él la nombraría ministro de Hacienda, y que le llevara su recado al Presidente Lagos con carácter de urgente. Bien le vendría a Chile una mujer mapuche de armas tomar. Eso dijo que le dijera Lautaro, señor Presidente.
El general Körner estaba sentado frente a la playa de Reñaca. Me hizo dedo y le envió un recado al general Cheyre muy molesto por la introducción de mujeres en el Ejército. Que las mujeres puro los iban a meter en líos porque tienen el cabello largo y el entendimiento corto, dijo. Es un copión el general Körner, se la jura que por aquí no sabemos nada de Shopenhauer.
Cuando iba llegando a Las Salinas se materializó Inés Suárez. Venía con poco tiempo, y le mandó un recado a las diputadas. Que se preocuparan de las hierbas nacionales. Que los remedios de las farmacias cuestan un ojo de la cara y ahí tienen una farmacia botada en los bosques. Agüitas, pociones, emplastos y hierba de trique para el estreñimiento son remedios prácticos que no fallan.
Iba entrando a Viña por la avenida Libertad, un poco confundida con tantos recados, cuando me detuvo un Carabinero. Yo juraba que era el capitán Trizano y quizá qué recado le iba a enviar al general Cienfuegos. Pero hasta ahí no más llegó la cosa, porque resultó ser un cabo poco amigo que me pasó un parte por distraída, y más encima no me creyó lo de los recados, como si uno tuviera tiempo de andar inventando encuentros de cualquier tipo.
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