A Daniel Calvo, el ministro de la Corte que tocó en suerte investigar el caso Spiniak, parecía costarle respirar cuando salía en la TV. Trabajólico, pensaban todos, en realidad estaba agobiado por la avalancha que se le vendría encima y que le llegó la tarde del miércoles 5 de noviembre.
No vale acá considerar los aspectos privados de su vida y que fueran conocidos por todo el país en menos de 30 minutos. El mayor secreto del juez, al menos el que mantenía con sus colegas y seguramente amigos, salió raudo por los flashes de radio y TV.
Calvo, al dormir esa noche, quizá lo hizo respirando mejor. La verdad cura y tranquiliza, aunque se deban dar explicaciones.
Ese punto, entonces, debe ser el que la sociedad chilena ponga en primer lugar en la tabla, no la opción sexual, como pretenden algunos.
Si Calvo hubiera nacido en una sociedad más tolerante donde se respeta por igual las tendencias sexuales de unos y otros, como le ocurrió al actual alcalde de París o al obispo anglicano, podría haber transitado sin temor por todas las veredas iluminadas.
Pero Calvo nació en Chile y era ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago. Por ello debió vivir en las sombras.
Y esas sombras son las que lo hacían un sujeto extorsionable. No es el hecho de ser o no homosexual, bisexual o tener un amante. Si no que aparentar algo que no se es. Vivir en la mentira.
Ya se ha dicho: sólo la verdad nos hará libres. Pero para que ella pueda campear en el escenario nacional debe crearse una plataforma de tolerancia y de amplitud mental que permita la diversidad. En todos los campos.
La culpa de Calvo es haber vivido con culpa y someterse a los dictámenes de esa culpa.
No ha sido fácil para esta sociedad emprender el camino a la democracia. Tras la dictadura, ya en plena Transición, los chilenos hemos debido convivir con una serie de reglas y ataduras absolutamente antidemocráticas y esquivando la transparencia, donde las soluciones "en la medida de lo posible", terminaron encantando a todos aquellos que ilusionados creían que lo "posible" era demasiado.
Así, entonces, como se dice la verdad en la medida de lo posible, también se vive de la misma manera. En la medida de lo posible somos progresistas y por eso nuestro discurso revienta en nuestra cara cuando los pobladores de una toma son instalados cerca de nuestras casas; en la medida de lo posible, además, aceptamos una ley de divorcio y también la justicia para aquellos que cometen delitos graves. En esa misma medida se toleran atroces violaciones a los DDHH pero se levanta con fuerza la voz porque se comete un "asesinato de imagen".
En la medida de lo posible aceptamos a los racionales porque nos gustan mucho más los irracionales, los que dicen barbaridades sin fundamento, los que publican nombres porque los escucharon en un supermercado o los que utilizan los micrófonos y las pantallas para insultar a sus semejantes.
Sólo podemos creer en la medida de lo posible porque las verdades nos fueron ocultadas y, como eso se legitimó, pareciera que no pudiéramos volver a creer. ¿Cómo saber si se dice la verdad?
Fuimos quienes inventamos la figura del presunto -presunto desaparecido o torturado-, la de la nulidad matrimonial o aquella frase que sintetiza nuestro pensamiento: "no digas nada mejor".
Si algo hemos aprendido, en estos días, es que la mentira destroza a quien la practica.
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