Siempre me ha gustado vivir en Santiago. A pesar de todo lo malo -que vendría siendo la mayoría de las cosas en cuanto a calidad de vida- me gusta. No sé, estaré acostumbrada, qué sé yo. Y claro, es bueno vivir en Santiago cuando de pronto uno tiene la posibilidad de arrancar de esta ciudad.
Siempre me llené la boca diciendo que Santiago era una ciudad hecha para vivir, no para habitarla. Tenía la sensación de que Buenos Aires, por ejemplo, era una ciudad habitable. Es decir, la gente efectivamente está en los parques, los ancianos salen a la calle, andan en el subte, la gente es un poco menos gris que nosotros. La diferencia está en que en Santiago uno siempre tiene "algo que hacer", algún deber. En Buenos Aires siempre hay "algo para hacer". Es cosa de querer.
No podría contar la cantidad de veces que me he encontrado un día de semana, habiéndome desocupado tarde de la pega, buscando un restaurante para comer. Son las 23:00 horas. Está cerrada la cocina. Vuelta a buscar otro. Lo siento, hace dos minutos que cerramos la cocina. Otro... y a medida que uno se da vueltas por la ciudad, van cerrando las cocinas y uno nunca alcanza a llegar, resignándose a unas sintéticas pastas orientales con los ojos a media asta en la propia cocina del hogar. Qué depresión. Así es mi ciudad natal. O un domingo en la noche, volver a los mismos tres bares que están abiertos, encontrarse con los mismos idiotas de siempre, reírse desganadamente un rato, morirse de sueño y terminar la semana así. Lo importante es hacer de la casa un lugar más habitable, ya que la ciudad no lo permite. Por eso últimamente hay tanta gente engrupida con el feng shui y esas cosas.
Sin embargo, y ahora que estoy al otro lado, tengo la sensación de que Buenos Aires ha cambiado. Y Santiago también ha cambiado. No sé si es la época del año, pero Santiago está entretenido. Pareciera que cada día hay más cosas para hacer, que uno esta obligado a perderse millones de cosas, uno puede elegir y apostar por una u otra. Y en Buenos Aires, pese a la reactivación, la gente está más gris que antes. Yo no venía aquí desde antes de la crisis, claro. La gente ha cambiado y con ella la ciudad.
Chile tiene esa cosa de "aldea" que de pronto agota. Es imposible no encontrarse con alguien, es imposible no tener algún tipo de vínculo con alguien, es imposible portarse mal y que nadie se entere. Es como vivir vigilados, como niños castigados, y de ahí tanta auto represión. Pero ahora empiezo a mirar las cosas de otra forma, y parece que es bueno saber que siempre hay alguien con quien uno puede contar y me parece que uno no está TAN solo.
Claro, lo que pasa es que ahora pienso en el clima, en la brisa que está corriendo y que permite ver la cordillera todos los días, hay menos smog, usamos menos ropa, hay más flores en todos lados, pienso que no queda nada para enero y se vienen los festivales de teatro. Pienso en que cada día se ven más bicicletas en la calle. Pienso en una ciudad que conozco de memoria; conozco el sentido en que van las calles, uno siempre sabe dónde están los puntos cardinales gracias a la majestuosa blanca montaña (que por el calor de blanca no tiene nada). Es una ciudad amable para mí porque me quiere y me acoge.
No sé si es porque abrieron Morandé 80, o sólo porque es primavera, pero desde Buenos Aires veo a Santiago como una ciudad distinta, ahora encuentro más lugares abiertos, la soledad me la banco mejor porque si salgo de mi casa no estoy tan sola. Me imagino las fachadas del centro, y las veo pintadas de colores claros, brillantes, como si de pronto se hubiera transformado en una ciudad luminosa también de día.
 |
Todo esta melosa reflexión la hago porque estoy afuera. La realidad es otra señor, porque imagino que usted, al igual que yo, está acostumbrado a ver lo negativo de las cosas. Nada de lo que he dicho se acerca a la vida real cuando uno vive todos los días en Santiago. Esta columna parece propaganda de Sernatur. Es cierto que Chile es un hermoso país pero ¿ya escuchó la campaña publicitaria que lanzó Sernatur en las radios? ¡Es horrible! Creen que por cantar "es mejor en Chile" van a convencer a todos los que tienen la posibilidad de salir. A mí siempre me ha gustado veranear en Chile, pero con ese jingle me dan ganas de irme cuanto antes y no volver nunca más. Por lo menos desde afuera Chile se ve mejor que desde adentro, y eso me hace sentir más feliz, más orgullosa de donde vivo, de mi barrio, de mi gente.
Por eso lo invito a que si quiere, veranee en Chile porque "es mejor en Chile". Pero si usted tiene alguna remota posibilidad, salga cuanto antes, aunque sea un fin de semana. Venga a Buenos Aires o vaya hasta donde le alcance la plata. Y pese a que verá que todo es mejor afuera, tendrá la sensación de que Santiago no está tan mal para vivir. Es más: hasta lo verá distinto, lo verá lindo.
|