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| Amunátegui |
Yendo desde la Plaza Italia a la Estación Central por el bandejón de la Alameda de las Delicias, hay una vieja galería pública.
Siempre viene bien dar un paseo de un siglo y medio para pasar revista a un grupo de hombres que forjaron de un modo y otro las independencias y repúblicas del Continente entre el siglo XIX y comienzos del XX.
Tarea importante puesto que, como decía el escritor argentino Julio Cortázar en sus "Cronopios y Famas", las estatuas son como las esperanzas, que hay que ir a ver porque ellas no se molestan.
LA REVOLUCIÓN, EL PRESIDENTE Y EL GENERAL
"La Patria a Balmaceda", se lee en la inscripción que más abajo se explica en su pedestal de piedra: "Porque la amó por sobre todas las cosas de la vida".
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| Balmaceda |
Emplazada en el arranque del Parque de Providencia, la figura en bronce fundido de quien gobernara el país entre 1886 y 1891 es obra del escultor Samuel Román, erigida con el patrocinio de la Escuela de Artes y Oficios, e inaugurada bajo el Gobierno Gabriel González Videla.
Al pie de un obelisco, el liberal progresista, el Balmaceda que Román fundiera en 1949, tiene el porte ciclópeo del forjador de hombres -frente voluntariosa, apostura desafiante- y el destino trágico e inexorable de los hombres que dan de sí todo lo que se les niega.
Fortuitamente el busto del arcángel de Cuba José Martí, y la estatua del guerrillero Manuel Rodríguez, acompañan a cierta distancia la figura trágica de este hombre que quiso hacer reformas estructurales en su patria; este hombre que el 19 de septiembre de 1891 se arrancó la vida de un balazo.
Los conservadores de su tiempo lo empujaron a una guerra civil, ya que no podían permitir que el salitre sirviera para algo más que para llenar los bolsillos del inglés John Thomas North y sus asociados.
No es extraño que a medida que declina el día, la sombra del ex Presidente proyectada sobre el obelisco se acrezca con las horas.
A poco más de cien metros del presidente suicida, la estatua del general Manuel Baquedano. Fue el Cuerpo de Caballería del Ejército de Chile el que en 1943 erigió este monumento.
Erguidos sobre su cipo de piedra, el jinete y su cabalgadura observan concentrados la margen norte del río Mapocho, mientras una mujer les ofrece una trenza de hojas de acanto y un centinela de carabina con bayoneta calada cubre la retaguardia.
Como Consejero de Estado, el general rechazó en dos oportunidades la candidatura a la presidencia: sabía más de armas que de razones de gobierno. Fuera de sus campañas militares en los enclaves peruanos de fines del siglo XIX, el general tuvo la misión de entregar el poder a la Junta que derrocara a Balmaceda.
LA CURIA Y LOS MAESTROS
Apesadumbrado y embutido en su butacón de granito, al pie del frontis de la Universidad Católica, el ex Arzobispo de Santiago Crescente Errázuriz.
En su juventud alternó las Humanidades y las Leyes con la administración de los trabajos realizados en las minas de su hermano Maximiliano. Tal vez harto de regentar los socavones en los que suele merodear el diablo, escribió los "Orígenes de la Iglesia Chilena".
Ungido en la Catedral de Santiago el 30 de enero de 1919, Errázuriz alcanzó los máximos hábitos bajo el gobierno de Sanfuentes; condición que le permitiría tiempo más tarde representar a la institución religiosa en las conversaciones tendientes a separar la Iglesia del Estado; política que se concretaría con la nueva Constitución de 1925.
Al cabo de unos cuantos centenares de metros hacia el poniente, a la altura de Diagonal Paraguay, se yergue la figura de Fermín Vivaceta, un precursor y líder del mutualismo continental. Del directorio de la Sociedad de Artesanos de La Unión es el homenaje estatuario.
"El hombre aislado no conoce la verdadera alegría que el espíritu fraternal comunica para tratar del bien de cada uno", decía este hombre de mediados del XIX, cuya estatua lleva un viejo manuscrito abarquillado -especie de grimorio medioeval-, mientras apoya su pie izquierdo en un muñón de fuste clásico, como queriendo dar a entender el romanticismo de sus ideas.
Más allá, entre Mac Iver y Arturo Prat, las estatuas de otros tres hombres completan esta estirpe de pensadores: Diego Barros Arana, al costado de la Biblioteca Nacional; Andrés Bello, en el frontis de la Universidad de Chile; y Miguel Luis Amunátegui, a un costado de esta casa de estudios.
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| Barros Arana |
A Barros Arana no le queda más opción de paisaje que las vistas de unas bellezas de moda estampadas en los carteles publicitarios que coronan las tiendas de la vereda sur. El pensador y ex rector de la Universidad de Chile debe conformarse con el batir constante de las puertas giratorias del BancoEstado. Amunátegui, en tanto, encerrado por las rejas de la Librería Universitaria, parece no concentrarse bien en el dictado de sus razones.
LAS CARAS DE LA MONEDA
Inaugurada en mayo de 1872, la estatua de Bernardo O'Higgins preside la explanada en altura de la Plaza Bulnes.
"Desprecio ahora la muerte, como la he despreciado en el campo de batalla" y "No me queda más que un brazo, pero con él decidiré los destinos de la patria", son citas inscriptas en su pedestal de mármol. La una alude a su abdicación a favor de la Junta presidida por Zambrano, la otra recrea las palabras que dijera en Maipú, al lado de un José de San Martín que no aparece por ningún lado.
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| O`Higgins |
(Joaquín Lavín lo ha confinado a la sombra y al encierro de un gigantesco cartel publicitario que señorea en el centro cívico. Desde noviembre la inmensa estructura metálica de una universidad particular oculta al San Martín de la Escuadra Libertadora. La remoción de los grafittis que estropean el mármol del pedestal, a juicio de los asesores del candidato, no puede demorar menos de cuatro meses; tiempo suficiente para inyectar recursos a las arcas municipales, y adecuado para promocionar la universidad de un ex superintendente de bancos).
El general Manuel Bulnes, situado enfrente, no parece muy conmovido ante tal agravio; se mantiene impertérrito sobre su caballo de traza normanda.
La estatua también es un homenaje de la Caballería del año 1943 al que fuera Presidente de Chile entre 1841 y 1851. "Los muertos serán ejemplo vivo del poder de la Justicia y del Derecho cuando el soldado ha olvidado que tiene un corazón ciudadano que le manda poner sus armas al servicio de la Constitución y la Ley", advierte Bulnes; mientras Arturo Alessandri Palma preside la plaza sur de La Moneda sin ánimo de contradecirlo.
RECTA FINAL
En abril de 1978 se creyó conveniente instalar un moai enanizado a la altura de la calle San Martín. "La distancia no aleja a los chilenos", se lee al pie del remedo polinésico. Obviamente, esto no importuna las presencias apacibles de los generales Freire y Mackenna, ubicados un poco más hacia el oeste; generales que deben reconocer en el José Artigas de más allá un ejemplo de abnegación y patriotismo con alcances continentales.
Entre tanto hombre ilustre, el transeúnte no dejará de admitir que el par de maestras levantadas por el escultor Samuel Román confieren al paseo un cierto dejo amoroso y delicado. Interregno breve, porque pronto el carácter masculino se verá restablecido con las figuras de un Ignacio Carrera Pinto (cuya identificación se le deberá a un ciudadano anónimo que escribió el nombre del prócer con la tinta de un plumón escolar), y de una Batalla de la Concepción de 1882 sintetizada en la piedra y el metal del homenaje que le brindara el Cuerpo de Bomberos de Santiago cien años más tarde.
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| José Miguel Carrera |
Un José Miguel Carrera del escultor Héctor Román se yergue unos pasos más adelante; y a unos cuantos decenios más atrás en la Historia: "Ha llegado la época de la Independencia americana, nadie puede evitarla".
Como tampoco es dable evitar al británico George Canning ni a Carlos Walker Martínez bajo la sombra de los álamos. Y mucho menos el brocal del estanque en que ha puesto a secar sus ropas un grupo de muchachos indigentes: uno desbasta a filo de machete una rama de álamo, otro lee la Biblia con la cara hundida en las escrituras por la falta de lentes, y otro ensaya su caligrafía tumbado en un colchón lleno de remiendos).
A pocos metros la estatua del venezolano Simón Bolívar observa con fijeza hacia el noreste -como si aguardara la aparición de las escuadras españolas por el Atlántico- mientras con la diestra indica hacia el sur, hacia el destino que quiso para América: "La gloria está en ser grande y ser útil", recuerdan las palabras inscriptas en la base.
El busto de un hombre sin filiación ni identidad comprobables da la espalda mirando hacia el poniente, cerrando el desfile. Más allá comienzan las gigantografías de las teleseries de moda y las torres de los malls.
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