Año 3, Nº57, Viernes 12 de Marzo de 2004
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Elecciones presidenciales en Rusia
Putin mirado con ojos occidentales
( Escribe Guiletto Chiesa ) ¿Qué ráting tiene Putin en Occidente? Después de las últimas elecciones de la Duma (Congreso) se podrìa asegurar que es bajo. O, para ser más técnicos, deberíamos decir que ha descendido, y no poco. En la actualidad le es casi imposible encontrar consenso en la prensa europea y estadounidense, y por motivos aparentemente simples: Putin anuló el pluralismo político en Rusia. Tiene mucho poder y ningún contrapeso. No es lo suficientemente "occidental" ni partidario del libre comercio.


Cuando Boris Yeltsin salió de la escena política - designando a Putin como su delfín- muchos analistas se preguntaron si el hombre de San Petersburgo se mantendría dócil en el rumbo trazado por los oligarcas rusos, cuyo portavoz era -precisamente- Yeltsin.

Occidente esperaba el cambio de líder. Se consideraba que era lo prudente porque significaba cortarles un poco las uñas a los oligarcas, establecer reglas precisas para la actividad económica, en el sentido de reducir la influencia del Estado, y liberalizar, completando las privatizaciones según las reglas occidentales y no por medio de bandas armadas. También retomar el proceso democrático que había sido secamente interrumpido por la Familia.

Naturalmente los inversores occidentales pensaban más en sus billeteras que en el destino de la economía y la democracia rusas. Liberalizar significaba que Rusia debía abrirse sin obstáculos a los productos extranjeros y que las ganancias pudieran ser retiradas por la empresas occidentales sin pagar demasiados impuestos. Fue justamente lo que sucedió. Otro asunto que le gustó mucho a Occidente fue que nadie metiera las narices en las privatizaciones estilo far west: quien había tomado su trozo de torta, pudo quedárselo. Sólo que la corrupción estatal aumentó exponencialmente en vez de disminuir, y la democracia fue colgada en las bayonetas chechenias. Esto no agradó, no porque en Occidente sea particularmente democrático, sino por un "problema de imagen".

Si no se respeta la forma, es inútil decir -como lo hace Putin- que la única dictadura es la de la ley. Por el contrario, queda al descubierto que el Presidente se ha transformado en zar. Y Rusia gobernada por un zar es una cosa muy seria. Porque, llegado el momento, como todos los zares, Putin se volverá ambicioso, comenzará a pensar en la marca indeleble que debe dejar en la historia de su país y dejará de ser el camarada afable con el que salíamos a pasear por el bosque. Cuando Putin mete en la cárcel a un multimillonario en dólares, y lo obliga incluso a renunciar a su cargo en una compañía privada, Occidente comienza a mirarlo con sospecha. ¿Y si mañana los rusos decidieran nuevamente nacionalizar?

Los occidentales siempre hemos tenido distintas filosofías. En EEUU, por ejemplo, no se acongojaron mucho por la guerra en Chechenia. ¡No faltaba más! Sin esa guerra les habría sido mucho más difícil hacer aceptar el proyecto del oleoducto Bakú-Ceyhan. Pero en Europa el cinismo de la política tiene otras connotaciones, por lo que Chechenia ha estado continua pero tímidamente sobre la mesa de conversaciones. Así, cuando se descubre que Putin tiene demasiados canales de televisión y que todos dicen lo que él quiere, las elecciones dejan de ser "fair".


Las elecciones presidenciales rusas están a la vuelta de la esquina -son el 14 de marzo-. ¿Creen que a Occidente le gusta que Putin haya prácticamente ganado ya, sin que existan otros candidatos que lo contraste? En las dos orillas del Atlántico hay descontento. A EEUU no le gustó, por ejemplo, que Rusia se uniera a Francia y Alemania y no haya tomado parte en la guerra iraquí. Si Putin no hubiese actuado así, le habrían perdonado hasta el genocidio chechenio. En cambio ahora lo miran con el ceño fruncido y le devuelven la broma en Tbilisi, llevando al poder a un personaje que es más "americano" de lo que había llegado a ser Shevardnadze.

A los "nuevos europeos" -con su soberanía limitada esta vez por EEUU- no les agrada recordar que el presidente ruso viene de la KGB. Piensan que Putin tiene un defecto fundamental: existir. La geografía los ha condenado a convivir con Rusia y a lo largo de la historia no han hecho más que sospechar. Putin no es menos inquietante que sus predecesores. Los "viejos europeos", por su parte, preferirían que se comportase como un alemán o un francés. En cambio, su conducta es similar a la de un asiático fríamente enigmático. No les agrada que se mueva como Pedro el Grande; es un vecino demasiado incómodo. Podrían llegar a apreciarlo si no viesen que hace doble juego y flirtea con Estados Unidos, a pesar de que la Casa Blanca lo trata con soberbia imperial. El único que no tiene quejas contra Putin es Silvio Berlusconi.

El inagotable enemigo italiano del comunismo no se preocupa del carné del Partido que Putin guarda en su escritorio. Quizás porque es un monopolista televisivo como él y ambos tienen una idea muy similar de la democracia y de la ley. O porque siente envidia de la desenvoltura con la que Putin les da órdenes a los jueces, mientras que él no logra sacárselos de encima.

Tal vez se agradan mutuamente porque ambos se consideran self-made men. Lo cierto es que Berlusconi podrá hacer muy poco por quebrar el aislamiento creciente que Putin advierte hoy en Occidente. Para superarlo no será suficiente que conquiste más del 60 por ciento de los votos en la primera vuelta. No me gustaría darle consejos al presidente, pero si estuviese en su lugar imaginaría un triunfo modesto. Siempre, claro, que exista otro candidato.


Guiletto Chiesa es analista internacional. Corresponsal del diario italiano La Stampa por casi dos décadas en Moscú, conoce como pocos el backstage de la política en Asia central y las luchas por el poder que se libran en el Kremlin. Es autor de varios libros, uno de los cuales; "La guerra infinita" -sobre la intervención estadounidense en Afganistán e Irak- que vendió más de 100 mil ejemplares sólo en Italia, será lanzado este mes en Santiago en una edición conjunta de El Periodista y Ediciones del Leopardo.
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