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Editorial
Año 3, Nº57, Viernes 12 de Marzo de 2004
Rescatando al líder ausente
Francisco Martorell

Si de algo ha dado muestras Joaquín Lavín, tras perder los comicios presidenciales, es que la empatía que logró con el 48 por ciento del electorado no le ha servido para construir un liderazgo político sólido.

Su mal desempeño en la alcaldía de Santiago, donde sólo ha dado señales mediáticas, sumado a la errática posición respecto a los partidos que componen su base de apoyo, son muestras de que el dirigente de la UDI es demasiado permeable y sus ideas, más bien, son fruto de lo que piensan quienes le rodean.

Durante estos dos años, Lavín ha mostrado que no es capaz de contener las crisis y menos resolverlas, tampoco ha podido poner orden en su sector y mucho menos influir en él con ideas nuevas.

Si bien se ha tratado de mostrar como un sujeto tolerante y abierto a un modelo democrático, a través de acciones publicitarias que apuntan en ese sentido, el verdadero Lavín no es así.

Todo lo anterior lo saben quienes apuestan a utilizar al actual alcalde de Santiago para llegar a La Moneda en el 2005 y, por ello, han generado una estrategia que no sólo apunta a limpiarle el camino de aquellos que le pueden hacer sombra sino, además, amplificar sus escasas acciones, especialmente las políticas, con el objeto de agrandar su figura en ese sentido.

Un rápido vistazo a los diarios del martes 9 y del miércoles 10 de marzo, alineados a la candidatura de Lavín, da cuenta de ello. Primero La Segunda, con el titular "Lavín sale a poner orden" y luego El Mercurio y La Tercera, con portadas de "Lavín da golpe para frenar crisis RN-UDI", el primero; y "Lavín y Allamand aplican terapia de shock en la derecha y caen Longueira y Piñera", en el segundo, muestran que la tardía acción del presidenciable, motivada absolutamente por la cúpula de su partido, del cual fue secretario general por largos años, es aprovechada para abultar la cuenta política del edil.

Lavín no es un hombre de peso político. Es un generador de ilusiones ni siquiera un hacedor. El, en realidad, hace muy poco. Imita, copia, ríe. Pero tiene un gran megáfono para amplificar sus escasas acciones. Y ello, sin duda, hace que la gente crea que siempre está en movimiento.

A la derecha democrática, la que alguna vez encabezaran los Piñera, Allamand o los Espina, hoy nuevamente los han pasado por encima. De ella, tal vez, es sólo Sebastián Piñera quien se ha resistido a morir. Y lo han tratado de matar tres veces.

Los poderes fácticos, que alguna vez fueran denunciados por Andrés Allamand, han conseguido aislar a sus escasos representantes, cooptarlos para otras tareas o, simplemente, impedirles su articulación.

Allamand, por ejemplo, tuvo que morir tras su frustrada elección para senador y decidió resucitar reconvertido en una suerte de Judas para Piñera. Espina, por su parte, ha hecho algo similar: antes de que el jefe de su partido respondiera a Lavín ya se estaba probando su traje de presidente y su nombre estaba en boca de todos los llamados "disidentes" quienes, obviamente, no lo habrían mencionado sin antes conversarlo con él.

Piñera, entonces, ante los Cardemil o los Romero, queda solo. De poco sirve que otro de su camada, el diputado Arturo Longton, cansado de repetir que no soporta la política y se quiere ir para su casa, diga que el presidente de RN es víctima de un golpe blanco. Allí los amplificadores que controlan los que manejan los hilos de Lavín no funcionan.

La crisis en la derecha, pase lo que pase en los próximos días, ha dado cuenta de la capacidad que existe en ese sector, medios de comunicación mediante, para imponer sus ideas y generar imágenes falsas.

Ellos han rescatado, en pocas horas y con grandes titulares, al líder ausente. Lo hicieron aparecer ante el grueso de la opinión pública como la persona que, finalmente, posee agallas suficientes para imponerse a los dos panzer que tienen las dos derechas que viven en el país, la democrática y la autoritaria.

Al igual que hace unos meses, ahora el edil puede volver a las tareas que realmente disfruta y que desarrolla sin consultarlas a los verdaderos samuráis que controlan su vida: las playas artificiales, los botones de pánico o los planes pololo.

Nada más hará. Nada, además, puede hacer.

Lavín, al ser rescatado una vez más, fortalece sus lazos con aquellos que lo dirigen y que sólo quieren de él que sonría, copie ideas de otros alcaldes del mundo, aparezca tolerante, visite los café con piernas y muestre, cada tanto, que tiene manejo político. De esto último se encargan ellos.

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