Año 3, N°58, Viernes 26 de Marzo de 2004
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La tierra de las oportunidades
( Escribe Blanca Lewin )

Me llama la atención el fenómeno migratorio en general. Recuerdo una época en que todo el mundo se iba a Australia, un país que presentaba estupendas posibilidades económicas. Mi madre se fue hace veintidós años a Estados Unidos, también a buscar una nueva vida. Un futuro mejor. Mi vieja se compró la pomada de que allá uno tenía una vida más digna, porque los trabajos eran bien remunerados, etc. En fin. Que el standard de vida era más alto, no era ninguna mentira. Rápidamente tuvo casa, auto y nunca más le faltó para comer ni para pagar las cuentas.

Cuando salí del colegio no entré de inmediato a la universidad. Me fui a Gringolandia precisamente a buscar lo que ese país prometía: plata. La educación superior en Chile es vergonzosamente cara y ese año no tenía plata para estudiar. ¿Y qué hice? Lo que cualquier persona sin ningún oficio, poca edad y un manejo fluido pero bastante básico del idioma puede hacer: juntar unos pesos trabajando en un restaurante de comida rápida. En ese mundo de subnormales, rápidamente me convertí en la trabajadora estrella y me ascendieron de posición un par de veces en tan solo cinco meses. Si me hubiera quedado, posiblemente en un par de años ya habría tenido un restaurante a mi cargo, pero lo que yo quería era estudiar. Ser actriz. Y en Chile, aunque me muriera de hambre el resto de mi vida. Esa era mi única aspiración en la vida. Como contraposición a eso, tenía un compañero salvadoreño que llevaba cinco años en el país y no era capaz de pronunciar palabra alguna, así que sólo podía hacer labores de limpieza. Una vez me dijo que quería presentarme a su sobrino que venía de visita. Así, a la antigua, quería hacerme gancho. El sobrino, una pesadilla ambulante, me decía que había oído muchísimo hablar de Chile (parece que ya se perfilaba como un país interesante económicamente, año 92) que su sueño era conocerlo... ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que has oído, qué lugar te gustaría conocer? Me respondió: La casa de Don Francisco, dicen que es maravillosa& Todas las imágenes que había comenzado a echar de menos de mi país, el desierto, los lagos, la cordillera, el mar, se fueron como por el water y volví a Chile cuanto antes.

Hasta que Chile se convirtió en la Gringolandia de Latinoamérica. Somos harto gringos, pa qué estamos con cosas. Chile se llenó de peruanos en busca de las mismas oportunidades que buscaban esos salvadoreños, con la diferencia que Perú es un país rico culturalmente, el acceso al estudio no es tan difícil como acá, pero los chicos con cartón en mano se tienen que parar después en la esquina a vender drogas. Eso me contaba por lo menos el otro día un peruano que trabajaba atendiendo mesas en un restaurante. Era feliz en Chile, porque ganaba entre trescientas y cuatrocientas lucas mensuales atendiendo mesas y con posibilidad de ahorro. Tanto, que pronto pondría su propio restaurante. Su jefe ya tenía dos restaurantes y ahora se iba a poner con un Spa para el que ya tenía asegurada clientela internacional. Su conclusión era: "El que no vive bien en Chile es porque no quiere". Frente a esa sentencia, un colega actor y director saltó de la mesa diciendo que eso no era cierto, que él sí tenía estudios superiores y ganaba la cuarta parte de lo que el peruano, y eso no era vivir dignamente. Cuando nos fuimos, el peruano que era muy buena onda, le dijo: "Voy a hablar con mi jefe para que te contrate en relaciones públicas para su Spa". Plop.


Encuentro bacán que haya un peruano en Chile que esté cumpliendo verdaderamente sus sueños, pero lo que tenemos como país para ofrecerle es realmente miserable. Seguramente pronto tendrá su restaurante. Más pronto aún tendrá un auto. Se llenará de plata y podrá comprar todo lo que quiera. Y será feliz. Y los chilenos, seguiremos siendo una manga de pelotas cada vez más ignorantes, como los gringos, cada vez más xenofóbicos y, no me extrañaría que de aquí a un tiempo, nos viéramos envueltos en una guerra absurda por plata, que al fin y al cabo es lo único que nos importa. Qué miseria.

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