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Editorial
Año 3, N°60, Viernes 23 de Abril de 2004
Irreversible
Francisco Martorell

Nueve minutos dura la escena en que Mónica Belucci es violada en un túnel del Metro por un depravado. El nombre del filme es "Irreversible" y los 540 segundos, en forma ininterrumpida y con una cámara fija, apuntando al rostro de la actriz, son mucho más dramáticos que los miles de azotes que recibe el que representa a Jesús en la comentada cinta de Mel Gibson.

La violación a Belucci parece real y es brutal. Sus ojos, sin duda, muestran que ella es víctima de la mayor aberración que puede sufrir un ser humano. Por ello la escena fue motivo de una ácida polémica y, también por ello, es que mucha gente se retiraba del cine cuando veía que esos nueve minutos eran infinitos.

Una niña de trece años, durante el mes de abril, sufrió en carne propia lo que muchas personas adultas, mayores de 18, no se atrevieron ni siquiera a ver en pantalla.

Esta niña, con toda su inocencia, vivió su propio irreversible y fue violada por un sujeto, bastante mayor que ella, generando con ese acto criminal, incluso, la posibilidad de que se produjera un embarazo.

Irreversible, es, en este caso, la secuela que la violación deje en la menor, salvo que reciba un tratamiento adecuado y que pueda entender que ella es la víctima, como muchas otras, de personas que tienen la mente enferma.

Lo que sí no puede quedar librado al azar es que esa menor, repito, de trece años, engendre un hijo por un acto aborrecible, arbitrario y violento. Para ello hay solución. Tal remedio, que se conoce como la píldora del día después, está a disposición de todo el público que pueda juntar unos cuantos billetes para comprarlo, siempre que además cuente con la receta respectiva. ¿Quién más que esta niña merece acceder a este método anticonceptivo?

Un 80 por ciento de jóvenes encuestados, según un estudio publicado por el diario La Tercera, sostuvo que tomarían la píldora si es que fueran objeto de una violación. Ellos, como la niña de 13 años, respecto a este punto tenían la certeza absoluta sobre la forma en que actuarían. Sin embargo, diversas autoridades, bastante mayores y gran parte de ellas de la oposición UDI-RN, dijeron no ser partidarias de repartirlas en los consultorios que dependían de los municipios que controlaban. Una edil, incluso, amenazó con renunciar si la obligaban a hacerlo.

¿A qué sector de la juventud, entonces, representa esa alcaldesa?

A ninguno, como casi la mayoría de los ediles, concejales o parlamentarios de Chile, sean oficialistas u opositores.

Los jóvenes, que se expresan a través de encuestas, no lo hacen por medio de los votos, simplemente porque optaron por no inscribirse en los registros electorales y por ello no votan. Casi dos millones de personas, más libres, tolerantes, progresistas en su mayoría, que debieran sentar las bases de una nueva sociedad, se excluyen voluntariamente de la responsabilidad de hacerlo y deben ver cómo otros, mayores y con ideas contrapuestas, les imponen un modelo de sociedad.

El caso de esta niña de trece años muestra el por qué de la necesidad de un cambio en el actual modelo electoral. El divorcio entre generaciones, más allá de las cuentas alegres y momentáneas que unos puedan sacar, es lo peor que le puede ocurrir a una sociedad que pretende modernizarse. Genera un cúmulo de descontento que, tarde o temprano, explosionará con impredecibles consecuencias. Mientras más envejezca el padrón electoral, obligando a los candidatos a mantener un discurso conservador para no ahuyentar a sus votantes, más será el rechazo de las nuevas generaciones hacia la clase política y a la forma que ellos tienen de conducirse.

Urge, entonces, buscar un remedio a la situación actual. Ha pasado mucho tiempo de distorsión. Hoy, incorporar a 2 millones de personas menores de 30 años automáticamente a los registros, con el sistema distrital que existe, es prácticamente imposible. Mañana será peor.

El Estado y los dirigentes políticos, que si son estadistas no deben actuar con miopía, debieran estar mirando a futuro, veinte años adelante por lo menos... De aquí al 2024 la situación actual será explosiva.

En 1988 los jóvenes eran el 75 por ciento del padrón electoral y ello, entre otras cosas, posibilitó el retorno a la democracia. En veinte años más, serán los mayores de 65 años los tres cuartos de los inscritos y ellos, tal vez, impongan una dictadura, no militar, pero que simplemente le impida a una niña de trece tomar la píldora del día después luego de ser brutalmente violada.

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(Por Francisco Martorell)

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