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Editorial
Año 3, N°61, Viernes 7 de mayo de 2004
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Francisco Martorell

Casi ciento cincuenta chilenos, por día, estaban llegando al cierre de esta edición hasta la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, ubicada en un edificio en Moneda con Ahumada, pleno centro de Santiago.

Ellos, cuando el organismo cumpla su tarea, seguramente formarán parte de las 25 mil personas que dejando miedos al lado se acercó a contar lo que había sufrido durante el gobierno militar, entre septiembre de 1973 y marzo de 1990.

Muchos han reclamado por la escasa cobertura que tuvo la actuación de la Comisión y que ello, sin duda, va en desmedro de la cifra. Seguramente no están todos los que debieran estar.

Pero sí están 25 mil chilenos, cuya historia una vez más fue escuchada y, a diferencia de lo ocurrido con los testimonios que prestaron para la Comisión Verdad y Reconciliación o la Mesa de Diálogo, cuyo objetivo era otro, ahora serán protagonistas del informe definitivo, aquel que dé cuenta del horror, el mismo que por estos días nos muestran las fotos que provienen de Irak

El Presidente Ricardo Lagos, quien además fue uno de los declarantes por su detención en 1986 pero que no firmó la ficha que le correspondía porque finalmente deberá resolver, recibirá 90 días después del cierre de la recepción de testimonios, esto ocurrirá el 11 de mayo, un relato de los hechos conjuntamente con una propuesta de reparación que, de acuerdo a la intención del mandatario al momento de anunciar la creación del organismo, será simbólica.

Más allá de que es un hecho de que las cifras son escasas, los organismos de DDHH hablan de cien mil a 300 mil las personas que fueron torturadas desde el 73 en adelante, la iniciativa del Gobierno apunta a crear conciencia de que "nunca más" deben violarse los derechos humanos.

La única forma de hacerlo, aunque moleste a algunos que sólo quieren mirar hacia adelante y no están abiertos a aprender de los errores del pasado, es con este tipo de hecho, acciones que permiten abrir los ojos y remecer las conciencias.

Estamos ciertos que los últimos días, antes del 11 de mayo, se doblará el número de personas que quieren brindar su testimonio. A ellos, sin duda, los veremos en la calle esos días, tal vez haciendo una fila. Como en Irak o en Guantánamo, nuestras víctimas son la prueba viviente de que la maldad no tiene límites y que sólo un país con conciencia de sus derechos, educado en la solidaridad y respetuoso del semejante, puede evitar que esas conductas anómalas surjan.

En Chile hubo actos aberrantes que no tienen explicación alguna. Las confianzas fueron vulneradas y se impuso el miedo. Sólo dos de cada 10 chilenos, es decir un mísero 20 por ciento de la población, no teme al extraño que se le acerca. En Europa, la cifra es exactamente a la inversa. Ocho de cada diez confían en la otra persona, aunque no la conozcan, hasta que le demuestre lo contrario.

Cuesta reconstruir un país con esas cifras. No hablamos ya de la economía ni del gas o el cobre. Tampoco del desempleo, la Educación o la seguridad de los chilenos. Hablamos de las relaciones interpersonales, las que se rompieron por el medio y se estructuraron sobre la base de la desconfianza.

Durante 17 años se impuso en el país un modelo de control basado en el espionaje. Por temor o dinero, un chileno común y corriente traicionaba al que tenía al lado o, incluso, a quien le daba trabajo. Patético es el caso que involucró al chofer del ex presidente del Senado, Andrés Zaldívar, quien entregó datos de él y de Eduardo Frei Montalva, el ex mandatario, a una agencia represiva.

Se entiende, entonces, la desconfianza. Sólo uno de cada dos chilenos confía en Carabineros, curiosamente la institución del país que más puntos logra en esta encuesta reciente.

El hecho de haber creado esta comisión, aunque sólo sean 25 mil los que alcanzaron a presentar su testimonio, es un paso en la recuperación de un tejido social dañado.

Uno confía cuando el Estado reconoce el salvajismo de sus políticas, aunque sea simbólico y a otros, a aquellos que sufrieron, pero que están con nosotros para decirnos que, a pesar de haber transcurrido decenas de años, siguen cargando el estigma de haber sido presos políticos y azotados por sus ideas.

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