Año 3, N°65, Viernes 2 de Julio de 2004
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EL TORO POR LAS ASTAS ¿O HASTA CUÁNDO EL TORO?
( Escribe Marta Blanco )

 


Dos precandidatas a la presidencia de la República, varias juezas de armas tomar, un Premio Nacional de Ciencias, una Premio Nobel de Literatura, una santa oficial y otra en estudio, mujeres que hacen el servicio militar, científicas, abogadas, ingenieras y filósofas, campeonas de tiro al arco y un par especializadas en el robo a mano armada, ministras al por mayor hablan de que las mujeres comienzan a ocupar un espacio preponderante en el país.

Y sin embargo no es así.

Allí donde habita la mayoría, las mujeres lo pasan mal. Me refiero a la familia. Ahí la mujer ha de tener aguantaderas de santa, paciencia de filósofo, sabiduría de economista, resistencia de cachacascanista y artilugios de mago. Una mujer es —lo dicen hasta el agotamiento— el candil del hogar. Más que el candil es el candeal, alimenta y sostiene y, como decimos en Chile, "se las arregla".

Las que tienen educación superior son aún muy pocas. La mayor parte carece de educación básica terminada, lo cual le quita la posibilidad de ser independiente económicamente.

El éxito de la farándula indica que la mujer sigue siendo considerada delicia turca, cuerpo prohibido y permisivo, ángel del deseo. Con este criterio, difícil le será lograr una identidad vinculada con el respeto.

Desde luego, ganan menos de la mitad que los hombres en cargos similares. En materia de seguro de salud, las consideran un riesgo por la maternidad. Las estadísticas muestran que se necesita que una familia se reproduzca en niño y medio más por pareja para solventar a futuro las pensiones y las jubilaciones. Pero la responsabilidad económica de la reproducción le cae sólo a la mujer.

La mujer, por supuesto, no quiere tener todos los hijos que su biología le permite. A partir de los antibióticos, las transfusiones, las vitaminas y cirugías, los niños no mueren en la infancia. Una familia aumentaría como los granos de trigo del faraón si no le pone coto al asunto. Pero Chile es un país católico y una católica no puede evitar la familia. Y como no puede, soluciona el problema. Más de doscientos mil abortos al año parecen indicar que esta es, por cierto, la muy fértil provincia y señalada.

En Chile nacen 40 mil niños al año de madres solteras entre los 15 y los 19 años. Creciendo en una libertad casi selvática, empujadas a la sexualidad por un medio repulsivamente genital y erógeno, las niñas de Chile son hoy el fracaso de la emancipación y la igualdad.

Esto tiene que ver con la cultura, espacio virtual abierto al error y al acierto. Habitamos nuestra cultura, pero no la estamos conduciendo. Estas niñas devoradas por su propio cuerpo dan lástima. Hay un tiempo para todo bajo el sol. En el colegio no es acertado el juego de la reproducción. ¿Acaso la violencia con que se les ha impuesto la imagen erótica ha cooperado para cortarles los frenos?

Por cierto, hay una raíz cristiana en nuestra cultura. Pero también hay una herejía cristiana. Tiene que ver con el estatus de la mujer en la historia. Pienso que hay que llamar la atención sobre ello. A riesgo de ser la peor de todas, como firmaba sor Juana Inés de la Cruz, creo que la Iglesia no ayuda a la mujer de hoy día. Sor Juana acató la orden de sor Filotea de la Cruz (así firmaba el obispo), y renunció a escribir, pero dejó en claro que la inteligencia se la había dado Dios. Dijo que no podía dejar de pensar porque ocurría más allá de su voluntad. Yo no dejaré de escribir.

Creo que, si hay Dios, instituyó la biología. Si se cree en El, bueno sería respetarle cómo hace funcionar el mundo. No creo que Dios malgaste la economía del Universo enviando a un ejército de ángeles a vigilar todos los espermatozoides que no llegan a destino ni los óvulos que van a dar a la mar que es el morir. De manera que no me resulta aceptable que la Iglesia pueda decidir por una pareja los hijos que traerá al mundo. Y mucho menos que las niñas se dediquen a la procreación como los animalitos del bosque. ¿Dónde colocaremos la inteligencia, entonces? ¿En los hombres?

Es de toda evidencia que el matrimonio acusa cansancio de material. Está más desgastado que un Fawcett. Se cae de nada. Nos guste o no, a la juventud le está resultando más difícil de tragar que una oblea china y mucho más conflictivo que el Medio Oriente. ¿Qué pasará con la familia? ¿Con los hijos? ¿Con el sentido de la existencia? Algo tendrá que ver la cultura en todo ello.

Según la tradición, el matrimonio es obediencia para la mujer. Pero ya no basta. La transparencia a la moda ha descalificado a la hipocresía. La exposición sobre genitalia a que nos sometió un presidente de los Estados Unidos demostró que Henry Miller y Anais Nin eran unos pajaritos en materia de erotismo. De paso, dejó en claro que es mejor ser hombre en estos lances.

La iglesia ha mitologizado a la mujer exigiéndole bondad, paciencia y humildad en grado superlativo, solicitándole que se borre como si fuera un pizarrón y, a la vez, perdonando la violencia intrafamiliar (el silencio otorga), porque el hombre chileno es buen pegador y la testosterona puede más que la progesterona.

No creo en esa mujer que pone la otra mejilla. Después de todo, no hace tanto que vi a las señoras mapuche dándole firme a un subsecretario. Sabían pegar. No son débiles. Creo que tampoco son católicas. A las católicas les inculcan una pasividad aterradora. No siempre funciona, pero ahí está, en el fondo de nuestra conciencia, esa esclava de la que no podemos escapar.

Las jóvenes tienen una elección por delante. No es la presidencial, aún no. Deberán decidir si se educan, si estudian, si se tiñen el pelo de múltiples colores, si conquistan a los hombres desde niñas porque no saben qué otra cosa hacer, si aprenden box, si se ponen botox, si son anoréxicas o son inteligentes, si comen lechugas y van a las disco y beben alcohol y se casan o conviven, todo como un juego macabro, nada muy en serio, puro festival y pantalla, si se producen, como dicen, para pasarlo bien.

Pero tienen una alternativa: convertirse en mujeres hechas y derechas. Mujeres que sepan lo que quieren. A las que nada ni nadie les pueda meter miedo. Hechas para vivir con dignidad. Para enfrentar la educación de sus hijos. Cuantos deseen. Para estudiar una profesión. Para aceptar el compromiso de crecer. Deberán decidir si nos ayudan a construir un país serio y responsable o si se quedarán en las cuerdas, atontadas por un vértigo de necedades.

Es hora de avivar el seso femenino. Las mujeres no desean vivir en situación de menoscabo en una sociedad más viril que equitativa, masculinizada a concho, olvidadiza ex profeso de que la mujer es la mitad de la humanidad.

Tomen el toro por las astas de una vez por todas. ¿O acaso les gusta vivir en un harén?

EL TORO POR LAS ASTAS ¿O HASTA CUÁNDO EL TORO?

 


Dos precandidatas a la presidencia de la República, varias juezas de armas tomar, un Premio Nacional de Ciencias, una Premio Nobel de Literatura, una santa oficial y otra en estudio, mujeres que hacen el servicio militar, científicas, abogadas, ingenieras y filósofas, campeonas de tiro al arco y un par especializadas en el robo a mano armada, ministras al por mayor hablan de que las mujeres comienzan a ocupar un espacio preponderante en el país.

Y sin embargo no es así.

Allí donde habita la mayoría, las mujeres lo pasan mal. Me refiero a la familia. Ahí la mujer ha de tener aguantaderas de santa, paciencia de filósofo, sabiduría de economista, resistencia de cachacascanista y artilugios de mago. Una mujer es —lo dicen hasta el agotamiento— el candil del hogar. Más que el candil es el candeal, alimenta y sostiene y, como decimos en Chile, "se las arregla".

Las que tienen educación superior son aún muy pocas. La mayor parte carece de educación básica terminada, lo cual le quita la posibilidad de ser independiente económicamente.

El éxito de la farándula indica que la mujer sigue siendo considerada delicia turca, cuerpo prohibido y permisivo, ángel del deseo. Con este criterio, difícil le será lograr una identidad vinculada con el respeto.

Desde luego, ganan menos de la mitad que los hombres en cargos similares. En materia de seguro de salud, las consideran un riesgo por la maternidad. Las estadísticas muestran que se necesita que una familia se reproduzca en niño y medio más por pareja para solventar a futuro las pensiones y las jubilaciones. Pero la responsabilidad económica de la reproducción le cae sólo a la mujer.

La mujer, por supuesto, no quiere tener todos los hijos que su biología le permite. A partir de los antibióticos, las transfusiones, las vitaminas y cirugías, los niños no mueren en la infancia. Una familia aumentaría como los granos de trigo del faraón si no le pone coto al asunto. Pero Chile es un país católico y una católica no puede evitar la familia. Y como no puede, soluciona el problema. Más de doscientos mil abortos al año parecen indicar que esta es, por cierto, la muy fértil provincia y señalada.

En Chile nacen 40 mil niños al año de madres solteras entre los 15 y los 19 años. Creciendo en una libertad casi selvática, empujadas a la sexualidad por un medio repulsivamente genital y erógeno, las niñas de Chile son hoy el fracaso de la emancipación y la igualdad.

Esto tiene que ver con la cultura, espacio virtual abierto al error y al acierto. Habitamos nuestra cultura, pero no la estamos conduciendo. Estas niñas devoradas por su propio cuerpo dan lástima. Hay un tiempo para todo bajo el sol. En el colegio no es acertado el juego de la reproducción. ¿Acaso la violencia con que se les ha impuesto la imagen erótica ha cooperado para cortarles los frenos?

Por cierto, hay una raíz cristiana en nuestra cultura. Pero también hay una herejía cristiana. Tiene que ver con el estatus de la mujer en la historia. Pienso que hay que llamar la atención sobre ello. A riesgo de ser la peor de todas, como firmaba sor Juana Inés de la Cruz, creo que la Iglesia no ayuda a la mujer de hoy día. Sor Juana acató la orden de sor Filotea de la Cruz (así firmaba el obispo), y renunció a escribir, pero dejó en claro que la inteligencia se la había dado Dios. Dijo que no podía dejar de pensar porque ocurría más allá de su voluntad. Yo no dejaré de escribir.

Creo que, si hay Dios, instituyó la biología. Si se cree en El, bueno sería respetarle cómo hace funcionar el mundo. No creo que Dios malgaste la economía del Universo enviando a un ejército de ángeles a vigilar todos los espermatozoides que no llegan a destino ni los óvulos que van a dar a la mar que es el morir. De manera que no me resulta aceptable que la Iglesia pueda decidir por una pareja los hijos que traerá al mundo. Y mucho menos que las niñas se dediquen a la procreación como los animalitos del bosque. ¿Dónde colocaremos la inteligencia, entonces? ¿En los hombres?

Es de toda evidencia que el matrimonio acusa cansancio de material. Está más desgastado que un Fawcett. Se cae de nada. Nos guste o no, a la juventud le está resultando más difícil de tragar que una oblea china y mucho más conflictivo que el Medio Oriente. ¿Qué pasará con la familia? ¿Con los hijos? ¿Con el sentido de la existencia? Algo tendrá que ver la cultura en todo ello.

Según la tradición, el matrimonio es obediencia para la mujer. Pero ya no basta. La transparencia a la moda ha descalificado a la hipocresía. La exposición sobre genitalia a que nos sometió un presidente de los Estados Unidos demostró que Henry Miller y Anais Nin eran unos pajaritos en materia de erotismo. De paso, dejó en claro que es mejor ser hombre en estos lances.

La iglesia ha mitologizado a la mujer exigiéndole bondad, paciencia y humildad en grado superlativo, solicitándole que se borre como si fuera un pizarrón y, a la vez, perdonando la violencia intrafamiliar (el silencio otorga), porque el hombre chileno es buen pegador y la testosterona puede más que la progesterona.

No creo en esa mujer que pone la otra mejilla. Después de todo, no hace tanto que vi a las señoras mapuche dándole firme a un subsecretario. Sabían pegar. No son débiles. Creo que tampoco son católicas. A las católicas les inculcan una pasividad aterradora. No siempre funciona, pero ahí está, en el fondo de nuestra conciencia, esa esclava de la que no podemos escapar.

Las jóvenes tienen una elección por delante. No es la presidencial, aún no. Deberán decidir si se educan, si estudian, si se tiñen el pelo de múltiples colores, si conquistan a los hombres desde niñas porque no saben qué otra cosa hacer, si aprenden box, si se ponen botox, si son anoréxicas o son inteligentes, si comen lechugas y van a las disco y beben alcohol y se casan o conviven, todo como un juego macabro, nada muy en serio, puro festival y pantalla, si se producen, como dicen, para pasarlo bien.

Pero tienen una alternativa: convertirse en mujeres hechas y derechas. Mujeres que sepan lo que quieren. A las que nada ni nadie les pueda meter miedo. Hechas para vivir con dignidad. Para enfrentar la educación de sus hijos. Cuantos deseen. Para estudiar una profesión. Para aceptar el compromiso de crecer. Deberán decidir si nos ayudan a construir un país serio y responsable o si se quedarán en las cuerdas, atontadas por un vértigo de necedades.

Es hora de avivar el seso femenino. Las mujeres no desean vivir en situación de menoscabo en una sociedad más viril que equitativa, masculinizada a concho, olvidadiza ex profeso de que la mujer es la mitad de la humanidad.

Tomen el toro por las astas de una vez por todas. ¿O acaso les gusta vivir en un harén?

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