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Tal vez no haya género de literatura más necesario hoy en Chile que el del ensayo. En particular el relativo a las generalidades y especificidades de la identidad nacional. La filosofía y el pensamiento oficiales han devenido mero trasunto de realidades impuestas. De ahí que los premiosos, enrevesados, difusos y vacilantes ensayos elaborados en este orden de conocimientos, no logren dar con una definición útil y válida al problema. El intelectual puro, el encumbrado en las categorías de la entelequia y la abstracción sumas, no responde sino a su lógica; por lo tanto, al igual que el aprendiz de brujo de la fábula, no puede dominar las fuerzas de una naturaleza que se sustrae constantemente a su radio de acción especulativa.
Por ello, en ciertas ocasiones hay que atender y prestar suma atención a la intuición de la juventud atenta y desordenada, al carácter intrínsecamente revolucionario del alma matinal. En ciertas ocasiones, un minuto de intuición vale más que una vida de experiencia.
Sería un error generalizar y sostener que la juventud no ocupa su tiempo y capacidades más que en ver satisfechas sus ansias de goce hedonista. Tal vez ello valga para una y acotada juventud, pero no puede ni debe servir para la otra que no teme equivocarse, que experimenta y sopesa, que arriesga y templa, en iguales dosis.
"Chilenos... quiénes somos", es un discreto y sencillo volumen que evidencia esta afirmación. La autoría de este libro corresponde a un grupo de muchachos que aún no supera los 20 años de edad; jóvenes que en su mayoría han optado por las áreas científica -biológica en particular- y matemática de su Enseñanza Media. Esta particularidad -el que no provengan del ámbito humanista- tal vez sea más significativo que el hecho de que la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (UNESCO) haya reconocido en esta publicación la única y quizás primera de su tipo en Latinoamérica.
EL TALLER
"(...) A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir a un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría que negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores reales del país en que se vive. (...) La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria".
Ha pasado más de un siglo desde que el cubano José Martí escribiera estas palabras para un artículo -más bien ensayo en síntesis- llamado "Nuestra América". Desde entonces se han construido muchos puentes sobre las aguas. Y por cierto hoy es otra la disposición de elementos, otra la categoría de prelaciones. Pero el pensamiento avizor y zahorí del que llamaran el arcángel de Cuba sigue vigente; sus palabras siguen tajando como espadas y resonando como escudos, como él dijera de sus versos libres.
"El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores reales del país en que se vive". El taller denominado "La identidad nacional como referente del conocimiento histórico" persiguió este propósito que alentaba Martí.
Concebido y dirigido por el profesor de Historia Ariel Peralta -autor, entre otros textos, de "El Mito de Chile"-, el decurso del taller permitió que al cabo del mismo naciera este libro; texto de un poco más de un centenar de páginas en el que once alumnos -que cursan o cursaron el 3° y 4° Medio durante el año lectivo 2003-, plasmaron su visión de identidad, definieron su percepción del país que les cupo en suerte.
"(...) el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza", escribía Martí en "Nuestra América".
"Pero, ¿cómo se ha dado la dimensión anterior en el ámbito de la `América blanca' y en Chile en especial? -se pregunta el compilador Peralta-. Múltiples interpretaciones ha entregado el discurrir indagatorio de lo `nuestro', desde la época colonial con los testimonios dramáticos-afectivos de los jesuitas expulsados del territorio nacional en 1767, hasta los ensayistas más notables del siglo XX como Encina, Palacios, Venegas y Edwards Bello".
En estos tientos de explicación, observa el profesor, han surgido aseveraciones inmutables; definiciones psicológicas y psicosociales que la fuerza de la costumbre ha adoptado como propias: "la rudeza machista, el simple `abalorio' representado por la mujer, el formalismo social, la falta de imaginación, el espíritu imitativo, el imperio de `la frase hecha'", enumera y describe el autor de El Mito de Chile, constatando que, en alguna medida, son "verdades no superadas por el quehacer histórico".
Frente a la globalización, que al parecer tiende a diluir las esencias nacionales, afirma Peralta, "la búsqueda de lo propio tiene casi el carácter de una cruzada, pues la llamada posmodernidad derriba formas ideológicas, expresiones culturales, costumbres domésticas, en fin, lo que Herder denominara el Volkheist, el espíritu del pueblo".
Es en esta cruzada donde se inscribe el trabajo de la serie de ensayos "Chilenos... quiénes somos".
FICCIONES Y DESARROLLO
Jorge Acosta observa "la gran fobia que tiene el modelo nacional a asumirse a sí mismo"; una condición que, a su juicio, se combina con el "no creer en sus capacidades más que en sus temores y vergüenzas".
En la enunciación de una frase tan reiterada como la de "no se debe llegar a ser el típico chileno", el ensayista puede observar los prejuicios inherentes a una idea adquirida; una idea que supone rasgos de ineptitud o estupidez intrínsecas.
Para Acosta la suma de prejuicios, inherentes a una falta de información y formación histórica, tiene uno de sus ejes en el desprecio por el indígena; especie de chivo expiatorio que, al ser relegado y prácticamente proscrito durante la formación del Estado, no pudo aportar "para ver la vida desde un punto de vista más cercano a la naturaleza, y vivirla con el respecto hacia ella por sobre cualquier cosa".
Esa carencia, advertida muy tempranamente en el desarrollo del trabajo de Acosta, da pie a una segunda aseveración, no menos lúcida que la primera, relativa al proceso de la Conquista: "Nacer bajo las doctrinas que determinan -o determinarán, precisaríamos nosotros- a los chilenos como meros esclavos de un apéndice del Reino (...) es hacer creer a nuestros predecesores que sus ideas y talentos no son siquiera comparables con las facultades de los ibéricos", apunta el estudiante, añadiendo que "tener al extranjero como un patrón natural es una franca señal de depreciación de nuestra capacidad".
Otro de los ensayistas -Gustavo Campos- orienta y determina su pensar basándose en los factores políticos y económicos; en el proceso sistémico de la globalización, en la encrucijada histórica que comienza a definir más clara y nítidamente las diferencias entre los países subdesarrollados y los subdesarrollantes.
Campos se detiene en el nacionalismo primerizo y ausculta sus directrices, sopesa el factor geográfico, prevé desde el pasado su presente y coyuntura. Y equipara, contrastando, el Desarrollo con la Globalización: "Debo aclarar, que dicha igualdad no es necesariamente cierta: el desafío de las naciones es reemplazar el factor globalización poniendo en su lugar las cualidades de cada país".
El estudiante no ignora que la necesidad actual es la de estimular "mentes pensantes que rompan con esa pasividad generada por la Globalización, que se expande (...) llevándonos al abismo donde todos pensamos lo mismo y donde las identidades se desvanecen para dar paso a una sola cultura. Y, lo que es peor aún, ni siquiera sabemos qué cultura es ésa".
Nuestra cultura, al menos, posee ciertos rasgos distintivos, a juicio de Nicolás García. "A nuestros cortos años asociamos país a la bandera, al escudo, al himno nacional, al huaso y al copihue"; elementos simbólicos de una nacionalidad esbozada, trazada, modelada, desde la Independencia y la República.
Pero el autor agrega un elemento poco usual en estas reseñas sumarias y patrióticas. La Constitución. "En su primera parte -constata el ensayista- no existe mayor diferencia respecto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Entonces, ¿qué la hace singular?" -se cuestiona, respondiéndose a renglón seguido: "Sencillo. En dicho documento se establece cómo debe ser el chileno, cuáles son los deberes que debe cumplir, y cuáles son sus derechos básicos, pero por sobre todo, nos muestra una forma civilizada para dirigirnos nosotros mismo, de un modo que hemos elegido por decisión popular".
Constitución e Identidad. Forma legal del Estado, forma social de la cultura. Curiosa e intrigante asociación la que establece García; relación que explicará mediante un panorama del desarrollo del espíritu cívico en Chile.
LA ABSTRACCIÓN, LA EDUCACIÓN, LA GEOGRAFIA
"Y para decirles quién soy, les hablaré de geografía". Más o menos así es el verso de un poema del libro Extravagario de Pablo Neruda.
La cita no es antojadiza. Se vincula con fuerza a un pasaje de otro de los ensayistas: Cristián Herrera. "Sabemos también que esta `larga y angosta faja de tierra', como se dice, tiene una privilegiada distribución geográfica, que nos proporciona una gran variedad de climas (...) Un país con horario estándar que garantiza una sincronización de orden militar".
A esta reflexión, que tiene mucho para comprender ciertas tendencias, sucede luego el papel de la Educación: "Nos preocupa demasiado el tipo de educación que se les está impartiendo a los chilenos (...) Es un crimen no inculcar (...) elementos esenciales para la formación de un ciudadano y su identidad, a través de ramos como Ciencias Sociales o Historia, Educación Cívica y Geografía".
Rehuyendo la retórica ampulosa, García prefiere el sentido común para explicar y explicarse el ser chileno: "Identidad Nacional es lo inherente que tiene el ser humano por el hecho de nacer y criarse dentro de las fronteras de su país, que es deber del gobierno transmitir los valores nacionales a fin de crear una conciencia (....) y no un sentimiento de enajenación y frustración de no considerarse sin patria".
Hugo Horvath conduce su exposición en los terrenos del habla y la lengua -del lenguaje; de los principios fundadores de una concepción espiritual que no sería, en definitiva, sino la más íntimamente ligada a la Libertad. "Así como se puede afirmar que la libertad negativa es una libertad `de'; es decir, una libertad ajena a toda interferencia exterior a nuestra capacidad de elección... en oposición, la libertad positiva no es libertad `de' sino libertad `para': para perseguir y realizar una forma de vida que es la mejor, la superior y más virtuosa. En este sentido `las definiciones positivas de la libertad ponen el acento en el bien perseguido por la libertad' pues reconocen que hay un modo determinado de vivir nuestras vidas que es bueno y virtuoso; y la libertad sólo se hace fecunda cuando el sujeto elige entre varias posibilidades".
Felipe Real, otro de los ensayistas, elige "El Estado nacional y su rol en la formación de la Nación chilena", para aventurarse en esta trama. "¿Es ese Estado la figura que podría terminar con nuestras indefiniciones, y sentirnos como auténticos componentes de él?", se pregunta, invitando a seguirlo en su elucubración.
En "La Granja del fin del mundo", el ensayista Javier Velasco se arriesga en los terrenos de la América Latina. Distingue elementos, aúna similitudes, observa procesos que, con algunas diferencias, se asemejan en los territorios que comprenden desde la ribera sur del Río Bravo hasta los confines de la Patagonia.
En "¿Identidad chilena o sólo mero patriotismo inconforme?, Marcelo Morales las emprende en contra de algunos supuestos de orden falaz, y se inmiscuye en los meandros de los medios de comunicación de masas y su papel en el imaginario colectivo.
Sergio Rives disecciona, con filo de bisturí bruñido y acerado, el tejido psíquico que contiene "La objetividad y la subjetividad de la entidad nacional"; tarea que después desglosará Luis Soto en "Nación chilena", atreviéndose a reseñar las actitudes que caracterizan a sus miembros: "definición del estereotipo chileno: "Lo primero que ve es lo negativo; trata siempre de ser el más pillo o el que se las sabe todas); siempre llega atrasado (nos damos cuenta de esto todos los días a las 8 am.); es un gruñón, que cree que las cosas se arreglan a puñetes; todo lo que tiene que hacer hoy lo deja para mañana; siempre arregla las cosas con `parchecitos' (Ejemplos: la tapa de bebida para la mesa coja, el vidrio que se arregla con scotch); siempre trata de aparentar más de lo que es".
Los yerros formales que alarmarían al gramático y al dómine de academia; la retórica, en algunos períodos, densa y oscura; la falta aparente de conexión entre algunas ideas (hay que recordar que José Martí decía que es menos mortificante calificar de inentendible lo que se lee, que reconocer nuestra incapacidad para entenderlo), no restan un ápice a este libro inquietante y certero.
El pensamiento y perseverancia del profesor Ariel Peralta pueden descansar un momento a la sombra de este árbol de tan entrañables y sustanciosos frutos.
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