La crítica chilena es avasalladora cuando de nuestros países vecinos surgen voces que reclaman derechos, sean estos territoriales o marítimos.
En general, desde diversos ámbitos, incluidos los académicos, se desvirtúan estas reclamaciones sin entrar al fondo del asunto, argumentando que se trata de cortinas de humo para lograr aumentar la popularidad del gobernante de turno.
Esto le pasó hace pocos días a Alejandro Toledo y también, hace meses al presidente de Bolivia. Hugo Chávez, quien se sumó a la petición del país altiplánico, recibió las mismas críticas.
El argumento de Chile, si estuviéramos convencidos de su eficacia, no debiera escudarse en que los reclamos obedecen a razones internas. Las discusiones se ganan en la mesa, conversando y reconociendo que, más allá de cualquier diferencia, los países que las hacen son y serán nuestros vecinos, aunque a algunos pareciera que esto les pesa. Chile está en la región y pertenece a ella, su pueblo se identifica con su idioma y sus costumbres. Definitivamente, aunque firmemos tratados comerciales con todo el mundo, nunca dejaremos de ser el país que limita con Bolivia, Argentina y Perú y que se baña en el océano Pacífico.
La suerte de Toledo, Kirchner y Mesa, es nuestra propia suerte. Como la de Ricardo Lagos. En la medida que despejemos los conflictos ganarán los casi 100 millones de habitantes que viven en esta zona austral del mundo. Entonces, los asuntos que competen y dividen a estas naciones, deben ser tomados como una política de Estado.
Hace unos días, un parlamentario de la UDI, senador por una región limítrofe, secundado por otros parlamentarios, haciendo lo mismo que se le critica a las autoridades de las naciones vecinas, no vaciló en mostrar una fotografía satelital de una base militar peruana.
Si bien el gobierno chileno se apresuró en criticar el hecho y dijo que la misma provenía de una empresa privada, para los vecinos ello significa (y costará mucho convencerlos de que no es así) que este pequeño país de 15 millones de habitantes, con un crecimiento del 4,4 por ciento entre 1990 y 2004, que ocupa un cuarto lugar en la región por su PIB de 93 mil millones de dólares, enfoca sus cámaras espías hacia el territorio de sus vecinos.
Si el senador Jaime Orpis no quiso mostrar algo al publicar la foto con el objeto de ganar votos para sus candidatos en las próximas elecciones, no se entiende que haya convocado a una conferencia de prensa para actuar de la misma forma en que Chile critica en sus vecinos.
Utilizar los temas externos, que son del Estado, para llevar agua al molino de la contienda electoral.
Esa irresponsabilidad no puede entenderse en políticos de trayectoria, con asesores que han ocupado altos cargos en el ministerio de RREE durante el gobierno militar, como son Miguel Alex Schweitzer y Hernán Felipe Errázuriz.
Es difícil creer que, en un tema como éste, el senador Orpis y quienes lo acompañaron no hayan consultado con los expertos internacionales que cohabitan con ellos en las oficinas partidarias de calle Suecia 286. Si Orpis no lo hizo, debiera reprendérsele internamente. Si lo hizo, como es lo que ha trascendido, muestra la forma en que cierto populismo, que repito ¡tanto criticamos!, se ha enquistado en uno de los principales partidos del país.
Ya no sólo se trata de canchas de ski o golf en la comuna de Santiago, piscinas a orillas del Mapocho o hacer llover sobre una contaminada ciudad. Estamos ante la presencia de grupos políticos que no trepidan en utilizar una fotografía de internet, tomada y divulgada comercialmente hace más de un año, para generar un conflicto artificial, dañar la eventual candidatura presidencial de la ministra de Defensa, Michelle Bachelet, y sumar adeptos para las elecciones municipales.
Para todos los actores de la vida nacional debe quedar claro que el futuro de Chile, aquél que se debe construir conjuntamente con nuestros vecinos, no puede jugarse en cada elección.
Los hombres de Estado, los que la gente elige para que representen intereses permanentes, deben actuar como tales, ser serios y coherentes, no dejarse llevar por mezquinos deseos. El populismo, sea de acá o de afuera, es igual y atenta, en este caso, contra el buen convivir de cien millones de personas que tienen el mismo anhelo, iguales sufrimientos y similares expectativas.
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