¿Cuántos chilenos estarán efectivamente inscritos en la comuna donde viven?
Ese dato no es menor. Pero se ignora. En las próximas elecciones los votantes tendrían que conocer cuáles son las funciones de los alcaldes y los concejales, saber los límites que tienen cada uno de esos cargos, y de qué manera se ha desarrollado hasta ahora la gestión de aquellos que postulan a la reelección.
La disyuntiva, conociendo todo eso, es si en los comicios municipales el votante debe inclinarse por una persona que aparece como un buen gestor o por un conglomerado o partido. Si vive en la comuna donde vota, obviamente, conocerá los problemas y tendría que inclinarse por aquel que le ofrece el mejor programa comunal, adscrito a una idea nacional, pero no necesariamente a ciegas.
Si no vive en la comuna donde vota, entonces, qué importancia tiene eso. El sufragio, simplemente, adquiere una dimensión nacional.
Todo indica que, en la primera parte de la campaña, se optó por priorizar a las figuras y los candidatos, motivados por sus propias percepciones, guardaron los símbolos partidarios. Curiosa decisión cuando en la última elección a diputados, según la consultora CERC, fueron los candidatos de la UDI quienes más identificaron su campaña con el logo de la tienda gremialista. Y ésta se convirtió en la fuerza política más importante del país.
En la segunda mitad de la campaña, sin embargo, los gestores, preocupados por los problemas de la gente, han sido postergados por el debate nacional, que ha copado el proceso electoral y hecho olvidar los temas que sí debieran interesar a la gente: políticas municipales, gestiones y déficit millonarios.
Tanto el Presidente de la República, con la decisión de sacar a sus ministras a terreno y él mismo bajar a la arena electoral, como el candidato de la oposición, que hace correr a su mujer en Santiago para defender su gestión y apuntalar a su delfín, han obligado a que los resultados del 31 tengan una lectura distinta. Y, si eso es así, los electores también pueden hacerla antes de emitir su voto.
Ya no se trata, entonces, de elegir al mejor gestor. Si no de ver qué significa el voto y, especialmente, la boleta que elige a un concejal.
Si se vota por uno de la Alianza por Chile, ya sea RN, UDI o independiente, se está pavimentando el camino de Joaquín Lavín a La Moneda, motivando con el sufragio un efecto ganador para la oposición, el que difícilmente podrá revertirse en los 14 meses siguientes. No importa si es buen o mal concejal. Si se hace por un DC apresura la nominación de Adolfo Zaldívar. Los votos dirigidos al PS fortalecen el mandato de Martner y muestran el efecto Bachelet en la campaña: Alvear, quizá, no se juegue tanto en esta pasada porque no corre sola en su partido y, pase lo que pase, deberá compartir los galvanos con el presidente de su partido. Si los sufragios van a los radicales, éstos venderán más caro su apoyo a uno de los candidatos que finalmente lleguen a la recta final, obteniendo luego compensaciones en las listas parlamentarias y en los ministerios. Un triunfo de Jorge Schaulsohn lo potencia como figura nacional y, además, muestra que los acuerdos cupulares de nominación pueden ser exitosos y que las encuestas no necesariamente definen a los candidatos.
Votar por aquellos que forman el pacto Juntos Podemos -Comunistas y Humanistas- que en un clima de polarización parece absurdo, no lo es para los que pretenden con su boleta generar un hecho político: manifestar el descontento de la izquierda concertacionista, mostrar que un candidato que rompa el binominalismo puede decidir la eventual segunda vuelta y, por ende, obligar al oficialismo a considerar los temas sensibles para este sector: derechos humanos, condiciones laborales, desigualdad, etc.
Pase lo que pase el 31, al día siguiente usted como elector, estará tan confundido como hoy. Porque algunos festejarán su alta votación para concejal y otros los muchos alcaldes elegidos en zonas con escasa importancia; también habrá casos, en aquellas comunas emblemáticas, que la celebración será por la obtención de un alcalde. Otros, sin elegir a nadie, tratarán de comenzar a vender caro su pequeño porcentaje.
Si bien resta un año para la presidencial y todavía muchos votos pueden correr bajo los puentes, el 1 de noviembre no será feriado político. Será el día en que los electores más ingenuos, aquellos que quieren el semáforo en la esquina, podrán percibir que esta elección municipal fue más política de lo que creía y que su voto, que apoyó al candidato buena onda, afectó las ideas que ha defendido durante toda su vida.
Por eso, así como los expertos sacan cuentas e imaginan escenarios, el elector puede usar su voto. No para cambiar el binominalismo, por ahora fundido a nosotros, sino para mostrar que en la diversidad, el debate abierto, la representación proporcional y el pluralismo, surgen las mejores ideas.
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