Año 3, N°76, Viernes 03 de Diciembre de 2004
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SOBRE LAS CARCELES
( Escribe Eduardo Yáñez )


Cuando ingresé a Capuchinos el año 2002 estaba realmente asustado. Mi abogado y amigo me dejó en la entrada, con un palmetazo en la cara me dijo "quédate tranquilo y pórtate bien". Luego un gendarme me pidió que lo acompañara.

Un señor de baja estatura con uniforme azulino, quien recuerdo tenía un bigote finito bordeando su labio superior, me recibió en una sala. Con una sonrisa pícara me preguntó si yo era "el atinado que mandó a la cresta a los de la Suprema". Con una mueca simpática tratando de agradarle, le respondí: "sí, el mismo".

El gendarme me explicó que en dicho recinto carcelario tenían tres categorías de celdas. En el primer piso las piezas no son privadas y la comida no es muy buena. El segundo piso, es un poco mejor pero el nivel de los internos es más bien bajo. El tercer piso es más completo, tiene pieza individual, mozo, televisión y el nivel de los reclusos es refinado.

Sin pensarlo mucho pedí el tercer piso. "Buena decisión" me dijo, luego de recibir el cheque.

Recuerdo que hacía mucho calor en enero de ese año. Mientras me llevaban a mi aposento, miré la piscina y pensé: "cresta, seré huevón, se me olvido el traje de baño". Al llegar al tercer piso el "jefe de reclusos" me ofreció un mozo para hacerme la cama, lavar mi ropa y atenderme en los mandados, todo por un precio módico. Al tiro le dije que si. Al final tuve mala suerte, me dieron una pieza pegada al baño, que tenía una gotera que no me dejó dormir en toda la noche.

Luego, un amable interno me llevó en un "city tour". "Primero vamos a la sala de juegos", me dijo. Tenían unas 4 mesas de pool, sala de naipes, biblioteca, un gimnasio bastante equipado y unas máquinas de flipper. Me llamó mucho la atención que no había nadie jugando, lo mismo que en la piscina. Las multi canchas también estaban desiertas. "¿Dónde está todo el mundo?", le pregunté a mi anfitrión. "Eduardo, no se olvide que esto es una cárcel", me respondió, sin dar más explicaciones.

A las siete de la tarde nos cerraron el piso. Cuando escuche el portazo sentí una claustrofobia paranoica. No te preocupes me dijeron, a las siete de la mañana abren el candado. En ese momento realmente sentí angustia. Estaba preso.

Al otro día, por la mañana mi abogado me informó que, previo pago de una fianza, quedaba libre. Capuchinos me costó 350 mil pesos más el mozo y la fianza, en total terminé pagando casi 800 mil por una noche. La noche más cara de mi vida. Ahora que me acuerdo, a pesar de ganarle el juicio a la Suprema, nunca me devolvieron el costo de mi estadía en "punta de cana".

Si usted ha estado alguna vez preso me comprenderá. Si no lo ha estado, créame que da lo mismo la cárcel en la cual lo encierren, el tormento interior supera infinitamente cualquier concesión de comodidad física o material.

La prisión -para quienes la hemos vivido- es algo que se lleva por dentro. Estar preso es un estado mental. La mente juega sucio al interior de una cárcel. No importa que la celda sea privada, limpia y con televisor. La cabeza siempre recuerda que estás privado de libertad. Las neuronas impiden gozar de cualquier aparente privilegio material. La libertad no tiene precio.

 

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