Año 3, N°76, Viernes 03 de Diciembre de 2004
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LA MUERTE DE LOS CISNES UNÁNIMES
( Escribe Marta Blanco )


Había planeado mis vacaciones en el sur para ir al humedal del río Cruces de Valdivia, la ciudad geográficamente mejor emplazada de Chile, a conocer el santuario de las aves. El humedal se formó con el terremoto del año 60, un cataclismo hiperbólico que hundió parte del territorio varios metros. La placa de Nazca presiona con fuerza desde el anillo del Pacífico, provocando una estadística difícil de olvidar: somos el país donde más tiembla en el mundo.

En cuarenta y cuatro años el río se transformó en humedal por las lagunas que se formaron a su alrededor. De a poco llegaron garzas y grullas, patos y cisnes, aves chilenas y extranjeras que migraban en busca de alimento entre las quilas y las nalcas. En el fondo crece un alga que comen los cisnes. Declarado Santuario de la Naturaleza, se organizaron tours en kayak y quienes sienten pasión por los pájaros, no para comérselos, iban a contemplarlos.

Hace unos treinta años viví en Salt Lake City, Estados Unidos, ciudad fundada por los Santos de los Últimos Días. Había un santuario de aves en medio de un parque con laguna y nidos; los anillaban para saber de dónde venían. Algunos volaban desde Alaska y Canadá. Esto no lo pagaban los cisnes, que nunca han pagado sino con su belleza. El estado de Utah proveía para su mantención, contemplación y estudio.

Es una paradoja norteamericana cuidar a los animales con devoción y ser los más certeros cazadores. En Utah, cuando se abría la temporada de caza, salían unos hombres disfrazados de Schwarzenegger con rifles como para matar rinocerontes. Una tarde íbamos por un camino de montaña tras una huella roja. De pronto vi al ciervo muerto. Su sangre era el reguero que habíamos seguido. Era un gigante de altísima cornamenta, hermoso y robusto. Yacía de espaldas en la parte trasera de una camioneta, las patas tiesas rumbo al cielo, la mirada ya opaca. Los cazadores reían encerrados en la cabina. Nevaba en la noche. Recuerdo haber sentido nostalgia por la infancia y su seguridad de que la vida es bella.

Siempre me ha sorprendido el afán cazador de los anglosajones. No entiendo la caza del zorro. Dejan que los perros despedacen a un animal indefenso. Van al galope por los campos destruyendo siembras ajenas en un acto primitivo más propio de los pictos británicos o los indios de las praderas americanas. Hoy es rito aristocrático que los ingleses rehúsan abandonar. Los americanos heredaron el gusto. Cazar por deporte en el siglo XXI más parece traición que tradición.

Conocí a los cisnes de cuello negro en la laguna Torca, donde viven aislados como los anacoretas cristianos del siglo I. Estas aves tienen algunas ventajas sobre los humanos: son monógamas y vegetarianas. No hay cisne feo a pesar del cuento del patito; un cisne recién nacido es como un vellón. Las madres nadan con la parvada al apa y las crías se aferran, protegiéndose bajo sus alas cuando hay viento o las salpica el agua. Los cisnes se deslizan como trirremes. Y cuando muere la pareja, parecen haber leído la carta de San Pablo que recomienda a las viudas no volver a casarse. Los cisnes siguen viudos el resto de su vida. Se dice que cantan antes de morir.

Parece que llegó la hora de verificarlo. Los cisnes de cuello negro del humedal se están muriendo sin causa. Avisados como son, comenzaron a huir. Quedan dos mil de seis mil; se ven flacos y agonizan entre los pajonales de la orilla. Una vez que enferman no tienen salvación. La puesta en marcha de una celulosa habría desencadenado el desastre descargando en el río aguas contaminadas. La Celulosa argumenta que devuelve aguas limpias. Se culpa a la Corriente del Niño, a la Marea Roja. Nadie ha culpado aún al chupacabras.

Mientras las comisiones conjeturan y los especialistas hacen autopsias a los difuntos, los cisnes mueren de hambre, incapaces de sumergir el cuello para coger las algas submarinas. Los patos tagua, buceadores expertos, salieron al rescate. Cogen las algas en el pico, se las llevan a los cisnes y comen cada uno desde una punta. No conozco mejor acto de solidaridad que el de estos sapientísimos y generosos patos.

Recuerdo haber leído en las Memorias de Neruda su encuentro con un cisne de cuello negro moribundo. Ocurrió en el lago Budi, donde aún viven en cantidades. Lo cogió en brazos y partió a su casa. Su mamadre era buena en hierbas, pócimas, y sanaba a los animales. En el camino sintió como si una cinta de suave terciopelo se desenrollara y le cayera por el brazo. El cisne acababa de morir y su cuello negro quedó como una línea recta al suelo. Entonces Neftalí se echó a llorar. No lo sabía aún, pero había nacido poeta. Apenas se empinaba sobre los catorce años. Los niños y los poetas tienen licencia para llorar. Yo sólo puedo contar la historia.

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