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Editorial
Año 3, N°76, Viernes 03 de Diciembre de 2004
Justo homenaje

Entre las muchas voces que se levantan en estos días, tras la entrega pública del informe de la comisión Valech, se echa de menos una que rinda un sentido reconocimiento a aquella prensa que, desafiando el temor y el horror, se alzó hace más de 20 años para denunciar las mismas atrocidades que hoy, bajo otras circunstancias, vuelven a ser la portada de los principales medios de comunicación de nuestro país.

Fueron decenas los profesionales, pero muy pocos los medios (porque la responsabilidad prácticamente recayó en un puñado de revistas y otro de radios), que informaron con tenacidad y rigor periodístico la situación que vivía el país.

A esos directores de medios y periodistas, como a los que trabajaron codo a codo con ellos en otras tareas, como eran el diseño, la venta de avisos o la administración, les queda el verdadero sabor del deber cumplido.

Si bien muchos de ellos viven una vez más el dolor ante la verdad que ha entregado la comisión ya señalada, no sienten que su contenido sea una primicia: las páginas de los medios donde trabajaron se llenaron en los 80 de los mismos testimonios y su labor, además, sirvió para atenuar la violencia ejercida institucionalmente, como lo ha dicho el Presidente y el comandante en Jefe del Ejército. No hay novedad periodística en el informe, salvo que se haya hecho y que más de 30 mil compatriotas entregaran un testimonio desgarrador. Sus conclusiones, además, son las mismas que la prensa opositora a Pinochet había escrito en los 80.

A diferencia de muchos de sus colegas, que desde otros lugares observaron y callaron por temor, aprobación o conveniencia, los profesionales de la prensa no uniformada con el régimen militar entregaron lo mejor de sí y escribieron una página heroica en la historia de Chile.

Para ellos no fue fácil. Hubo secuestros, amenazas, reclusiones nocturnas y diarias, persecuciones y asesinatos. La censura, en esos años, los acompañó por decreto pero nunca se les internalizó, como sí les pasó a periodistas que trabajaban en diarios o canales de TV, sufriendo ellos la autocensura y convirtiéndose en cómplices del horror que hoy relatan nuevamente casi 30 mil chilenos.

No se espera de esos profesionales o medios (y menos se les exige) un mea culpa; simplemente la sola vergüenza de que muchos de sus titulares y noticias los acompañarán de por vida y que ahora saben, además, que los "supuestos" y los "enfrentamientos", así como el uso indiscriminado de la palabra "extremista" o "terrorista", formarán parte de un capítulo negro del periodismo nacional y que ellos escribieron con la peor de las tintas.

En la construcción de la realidad, que generó la reacción demencial que hoy sabemos fue institucional, la gran prensa nacional pecó de acción y omisión. Actuó con las palabras para generarla y calló cuando podía rectificarla. Millones de lectores, televidentes u oyentes, saben bien los nombres de aquellos que les mintieron, los desinformaron o les ocultaron la verdad. No pueden excusarse. No hay excusa.

Pero, afortunadamente para la profesión, hubo otra clase de periodistas. Y esto, que no es menor, reafirma la necesidad de que haya pluralismo y libertad de expresión y ella, únicamente, puede garantizarse con medios que representen a todos los sectores y no se concentren en pocas manos e ideas.

Medio alguno, de los que por estos días deberían recibir un homenaje por la acción desarrollada entre 1973 y 1990, logró sobrevivir más allá de 1993, cuando terminó el primer gobierno de la Concertación. Paradójicamente, los que levantaron la voz debieron callar, quedando sólo aquellos que no tuvieron el coraje moral para transmitir lo que ocurría frente a sus ojos. Eso habla mal del mercado y de los consumidores; pero, más aún, de los que han dejado a la suerte del primero de éstos la existencia de empresas periodísticas que pueden ser, en determinados momentos, las únicas que osan decir la realidad que los circunda.

Ayer la gran prensa calló frente a la tortura y no vio que frente a sus ojos había más de mil centros de reclusión desde Arica a Punta Arenas. No vale la pena oír cuáles son los argumentos que pueden justificar esa ceguera temporal. Sí, que ella puede repetirse. No quizá ante la tortura, porque las sociedades avanzan, pero sí frente a otros atropellos, incluso los cometidos en democracia o dentro del sistema de libre mercado que nos gobierna.

Muchos medios son muchos ojos y siempre, repito, siempre, existirán aquellos que estén dispuestos a contar lo que está ocurriendo, como los periodistas que lo hicieron desde las revistas que hoy no están, o desde las radios que todavía escuchamos; tal vez con más miedo que la vergüenza que hoy tienen los que deformaron la realidad. Pero lo hicieron.

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