Año 3, N°77, Viernes 17 de Diciembre de 2004
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El Arte de la Cultura
GCT: El Epicentro
(Por Marcelo Miranda)Teatro, soldadura al arco, danza contemporánea, carpintería, peripecias circenses, ceremonias rituales, proyecciones de cine, taller de costura, música... Vicuña Mackenna 37 no es lo que se denomina comúnmente como un espacio cultural: es un centro de irradiación, una especie de epicentro telúrico del Arte popular en Chile.


En rigor, y de acuerdo a su naturaleza y a la temperatura espiritual que define sus quehaceres, los centros culturales podrían clasificarse en excéntricos y epicéntricos.

Los excéntricos, con toda una fauna hiperestésica muy bien premunida de melenas, gafas y zapatones colorinches, son muy sofisticados; y suele concedérseles el apelativo de "artísticos" e "intelectuales". Estos centros culturales se alzan en medio de la abigarrada multitud citadina sobre las bases de esa arquitectura frágil y amanerada que caracterizara alguna vez a las torres de marfil de antaño; habitáculos ordenados y asépticos, en los que se regodean a su gusto los "artistas" solicitantes de fama, los snob con pretensiones de fe y los diletantes más exquisitamente pusilánimes.

Los centros culturales epicéntricos, en cambio, obedecen a otras lógicas, a otros métodos, a otros sistemas, derivados de las fuerzas ingobernables y sutiles de la naturaleza del Arte.

En los centros de este orden se tiende a la irrupción de nuevas formas, y no se teme a las dislocaciones o rupturas que puede provocar el deslizamiento de las placas subterráneas de la emoción, en ése su afán permanente por transfigurar el mapa del día rutinario.

En estos centros se prefiere el Arte al artificio, la humanidad a las humanidades, la pasión concentrada a la anarquía formal, y el silencio al ruido de unas pocas nueces.

"CADA CUAL SU JUEGO"

El subtítulo precedente, de la obra homónima del novelista italiano Luigi Pirandello, acaso resuma mejor que ningún otro la sumatoria y complementación de posibilidades artísticas que se integran y desarrollan en Vicuña Mackenna 37.

Hace poco más de dos años, la compañía de arte dramático del Gran Circo Teatro (GCT) que fundara el actor, director y dramaturgo, Andrés Pérez, se instaló en este lugar; un espacio que linda con la embajada de Argentina, y que el Instituto de Normalización Previsional (INP) le cediera en comodato para realizar lo que hasta ahora ha sido una experiencia tal vez única en Chile.

El terreno sirve de centro de operaciones artísticas. En él la danza, la música, el teatro, las artes circenses, el cine, se integran, se mancomunan, abriéndose al público, entregándose pródigamente, tal cual hace el taumaturgo, el obrador de prodigios.


La actriz y directora Rosa Ramírez está a cargo. Se la puede ver con su overall de mezclilla, de aquí para allá, afincando las estacas de la carpa, barriendo, limpiando, acarreando baúles, dirigiendo un ensayo, ensamblando piezas de escenografía, pintando un decorado, sin poses de diva, sin otro norte que el de tratar de hacer lo mejor posible las tareas de su oficio.

"No pretendemos dictar ninguna norma en relación a lo que hay que hacer. Pero también es cierto que siempre les decimos a la gente, que se acerca que nosotros, estamos buscando una complicidad, no sólo en lo artístico: también la queremos en relación a cómo mirar la vida".

Complicidades; estéticas, éticas. "Hay miles de maneras de hacer lo uno hace" señala Ramírez. Y es dentro de ese afán multánime, diverso, iridiscente, que "nos interesa hacer un aporte a la dinámica de nuestro país", por medio del teatro, del circo, de la danza...

Paulina Abarzúa es la bailarina y coreógrafa que imparte los talleres de danza contemporánea en el espacio que linda por el sur con embajada argentina. Abarzúa pertenece a la compañía Movimiento; un colectivo que basa su estética en las directrices que alguna vez fundara el coreógrafo francés Claude Brumachon.

"Aquí acercamos a las alumnas al lenguaje de la danza, pero también al montaje de las escenografías, a ensamblar graderías, a barrer, a hacer vestuario, a organizar"; al todo que implica ser integral. "Aquí no hay tiempo para el letargo, no hay tiempo para quedarse dormido, porque la energía y la magia de este lugar no lo permiten", declara.

Mauricio González, tramoya, escenógrafo, productor, entre otros oficios, piensa que la impronta que distingue el hogar del GCT "es el dinamismo, el constante cambio de los espacios" que se adecúan conforme lo requiera el artista y el espectador. "Creemos que nada es estático, y por eso el público acá siempre encuentra cosas distintas. Es un laboratorio, un lugar de experimentación".

No hay tiempo para despilfarrar en este sitio; en este terreno que más parece un interregno, una pausa, un arcis en el paso del apresurado transeúnte que va y viene en medio de las responsabilidades y rutinas del tráfago urbano.

Y hay tiempo para el cine. Para esa pequeña sala que han levantado hace poco más de un año, y que tiene sus antecedentes inmediatos en el telón de proyecciones que concibiera Andrés Pérez para su obra La Huida.

El cineasta Marcelo Porta es quien provee las cintas; los cortos de su autoría, los largometrajes de Linch, las muestras del arte cinematográfico oriental y europeo, las películas del resto del orbe que aún no se exhiben debido a la censura, los films de vanguardia que nadie imagina que puedan existir.

Alejandro Gutiérrez es quien actualmente está a cargo de esta pequeña sala con capacidad para 70 personas; una habitación acogedora de poco más de 60 metros cuadrados llamada Ayekantun, palabra compuesta de vocablos del mapudungun que en castellano quiere decir "lugar de encuentro". Gutiérrez indica que construyeron este espacio, "entre los talleres de costura y de carpintería, para dar lugar a este arte de luz y sombras. Pero también para realizar pequeños conciertos de cámara, de jazz".

Enfrente de este lugar de cine música, bajo un pequeño todo, penden de sus recios soportes el trapecio y las sogas con que Andrés Pérez Ramírez imparte sus talleres de acrobacia y acondicionamiento físico.

En medio de las afanosas tareas, Rosa Ramírez coordina, organiza, plantea, cuestiona, ensaya: "Se habla mucho de libertad, de democracia...Nosotros decimos estas palabras bien poco, preferimos hacerlas, preferimos trabajar. Nosotros no queremos ser famosos; sólo somos obreros, trabajadores. Nadie conoce a Leonardo Araya, nuestro cuidador y tramoya; nadie a Ignacio Mansilla, un tremendo actor. Pero eso no nos preocupa. La Historia que hacemos entre todos es lo importante".

Y vaya, ¡cómo se siente y se respira, en esta atmósfera cargada de energía, el espíritu festivo, callejero, popular, amoroso y decidido del fundador de esta escuela del alma: Andrés Pérez!

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