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Editorial
Año 3, N°77, Viernes 17 de Diciembre de 2004
2004
Francisco Martorell


A fin de año viene el recuento de los 365 días que nos precedieron y, como ésta es la última revista de 2004, porque El Periodista no aparece sino hasta el viernes 14 de enero, pareciera ser un momento oportuno para el recuento.

Sin embargo, la cargada agenda de las últimas semanas, donde los temas se entremezclan y nos explotan en la cara, ha impedido a este medio periodístico resumir lo más destacado de los 12 meses que dejamos atrás.

Sólo lo ocurrido en los últimos días, desde el procesamiento de Augusto Pinochet hasta los problemas que aquejan al senador Jorge Lavandero, así como los coletazos del informe sobre tortura y prisión política, o las desafortunadas declaraciones del diputado Pablo Lorenzini contra el ministro Javier Etcheberry, llenan las conversaciones de pasillos y ocupan los intereses de los periodistas. A esos temas, como usted podrá ver, dedicamos parte importante de nuestras páginas.

Ello, en modo alguno, significa que no podamos reflexionar sobre el 2004.

Para El Periodista, como revista y empresa, no fue año fácil, aunque sí de grandes logros. Crecimos en tirada, en momentos hasta cuadruplicamos nuestro número de ejemplares impresos y, junto con acceder a un mayor público, vía distribución a médicos, profesores y pasajeros de Sky Airline, logramos acceder al mercado de la publicidad captando avisos de importantes empresas sin modificar la línea periodística independiente que ha caracterizado a este medio.

También crecimos en columnistas y en temas, a veces en páginas, y sobre todo en influencia.

Si repasa nuestras portadas verá que El Periodista, haciendo un trabajo serio y sin abusar del titular-catástrofe, logró imponerse, siendo hoy la única revista de este tipo que se mantiene con vida. Esta soledad, sin embargo, lejos de alegrarnos nos llena de tristeza por aquellos medios que no pudieron soportar la cruel batalla que da el mercado y que tan mal le hace a la libertad de expresión porque restringe y deja en muy pocos la posibilidad de participar en el debate de las ideas.

Pero no sólo queremos hablar de nosotros.

El 2004 nos deja sabores amargos en la vida nacional pero, especialmente, nos lega enseñanzas, para nosotros y las generaciones futuras. En este año, aprendimos cuán brutal puede ser la intolerancia y los pedregosos y accidentados caminos que puede hacer recorrer al ser humano, ya sea como víctima o como victimario.

Las marcas que dejó la tortura en la conciencia de los chilenos, al conocerse la cifra de personas que sufrieron ese flagelo en el pasado, obligan a seguir repensando la idea de un país más justo, no sólo desde el punto de vista de los derechos humanos elementales, sino también respecto a la distribución de la riqueza.

Hoy las voces que se levantan en ese sentido van más allá de la medida de lo posible y no provienen de los sectores progresistas únicamente. Hasta destacados dirigentes empresariales, que antes sólo hablaban esos temas en privado, se atreven a hacer públicas sus opiniones y exigir un cambio cualitativo en la sociedad chilena.

Una nación más justa no sólo no tortura a la gente que no piensa como los gobernantes, también respeta los derechos de las minorías y de los pueblos originarios. Trata con la fuerza de la ley al delincuente, y se asegura que todos sus miembros tengan una vivienda digna, una trabajo seguro y bien remunerado, una salud y educación garantizadas y gratuitas.

Por ello esta revista, con un tratamiento periodístico, da espacios a aquellos temas que a veces quedan rezagados o que no escuchamos. Preferimos equivocarnos a reconocer en un futuro próximo que pecamos de omisión.

Nos preocupan las denuncias de tortura que llegan a los tribunales de Justicia y que ensucian los registros chilenos en los organismos internacionales y la moral del país. No son pocas, suman centenas, pero aunque fuera una hay que atenderla, estudiarla, investigarla, condenar a los responsables y asegurarse de que la práctica en cuestión sea erradicada de nuestra forma de vida. Levantamos hoy la voz para que nadie nos apunte con el dedo mañana. Y lo seguiremos haciendo cada vez que certifiquemos, repito, periodísticamente, que un derecho humano fue violentado.

Dos mil cuatro, sea en letra o en números, deja sabores encontrados, un sentimiento agridulce, donde mucha gente puede volver a sentirse reconfortada porque otros chilenos como ellos recién lograron comprender sus miradas tristes. A nosotros nos indica un camino: perseverar en la práctica del periodismo independiente y veraz.

El año que viene, cuando nos reencontremos, iniciaremos otro desafío: terminar 2005 siendo un poco mejores que hoy.

En representación de todos los que trabajamos en El Periodista les deseo a ustedes unas felices fiestas y un año 2005 lleno de libertad, igualdad y fraternidad.

CITA

"Dos mil cuatro, sea en letra o en números, deja sabores encontrados, un sentimiento agridulce, donde mucha gente puede volver a sentirse reconfortada porque otros chilenos como ellos recién lograron comprender sus miradas tristes".

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