Año 3, N°79, Viernes 11 de Marzo de 2005
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Roberto Bravo
El pianista en su cubil
(Por Marcelo Miranda)Vive entre Santiago y Barcelona, entre Frederic Chopin y Violeta Parra, entre la Virgen barroca de la Misericordia del siglo XV y algún Paul Klee del XX. Roberto Bravo: músico, creyente, cosmopolita, político, ecléctico.


Dentro de las categorías absolutas que conciernen a este mundo, el tiempo es la materia predilecta de quienes consagran sus existencias al arte sonoro.

Ese tiempo, encuadrado por el ritmo, tiempo de compases y espera, de medidas y silencio, es el que mejor conoce el pianista chileno Roberto Bravo.

Por ello tal vez parezca un contrasentido iniciar estas líneas escribiendo acerca no del tiempo de su música, sino del espacio en el que habita: el segundo de los pisos de un edificio de departamentos del sector oriente de la capital; un espacio cuya acústica no admite que el nombre de la silenciosa calle que lo acoge sea otro que el de Piacenza.

El departamento de Bravo tiene carácter. Pese a lo exiguo y austero, tiene duende.

En los muros del living predominan las reproducciones de cuadros píos, con mucho de barroco y de primitivos italianos -aquí el saltimbanqui enmascarado que acompaña al caballero de yelmo y armadura, montado sobre su caballo de traza normanda; allá la pálida y hermosa Virgen de la Misericordia con sus acólitos y adoradores-; cuadros que se alternan con paisajes fantásticos de unas lunas y unicornios que a su vez consienten la presencia de algunas abstracciones de la pintura moderna.

En el living de su hogar, bajo la reproducción de un cuadro del violinista y pintor alemán Paul Klee y sobre un aparador de madera espesa y lustrosa, apiladas y organizadas en ese orden aleatorio que no obedece más que a la soberana voluntad de su dueño, las Fugas de Johann Sebastian Bach y los Nocturnos de Frederic Chopin se mezclan y entreveran con las baladas de Armando Manzanero y el Jazz de Bill Evans.

No hay purismo de salón en su sala de estar, sino selección natural y acoplamientos fecundos. "La música es una", sostiene, aun cuando múltiples sean los nociones de los estilos que adopta.

Estilos y formas que trabaja en una habitación emplazada en los trasfondos de su departamento, en la que un piano de un cuarto de cola, pariente adelantado del clavecín bien temperado, abarca casi todo el espacio.

No es difícil imaginarlo allí, sentado sobre su taburete varias horas al día, enfrentado a las partituras del solfeo, a los estudios de sus repertorios, ejecutando y ensayando acordes y arpegios, frases y escalas, con amor y habilidad de artesano medioeval, con sus manos recias y morenas.

Pero el músico aplaudido en el Carnegie Hall de Nueva York, ovacionado en la Salle Gaveau de París, aclamado en el Palacio de la Música de Barcelona, no hace alarde de su innato talento, ni adopta poses de figurín de moda para hablar de su método y disciplina, de sus inicios y proyecciones, y de sus amores de éste y otros mundos.

Antes de iniciar la conversación, Bravo toma de la mesa de música el CD de "Las Lamentaciones" de Gorecki, e introduce la 3° Sinfonía de este polaco en el trujamán del aparato. Nos explica que la obra trata acerca del infortunio y la tristeza de una niña judía confinada en un campo de concentración nazi.

En medio de esta atmósfera poblada de ayes y lágrimas trasfundidas a los bemoles y sostenidos de la obra, hacemos la pregunta de rigor.

"A fines de los años 50 comenzó mi incursión en la música. Mi madre tocaba piano. Siempre existió ese estímulo. Desde que tenía 3 años ya tocaba canciones populares por oído. Me llevó a un escuela privada durante un año, y luego, cuando tenía 7 años, ya estaba matriculado en el Conservatorio; en la clase del profesor alemán Rodolfo Lehmann.

"Mi madre me recordaba en algún minuto que tenía que estudiar, pero sin ser una disposición; porque la cosa del talento es vocacional. Como todo niño, existe el deseo de estar jugando al fútbol, el hockey, el pololeo. Pero el estudio debe ser sistemático".

¿Hubo un método de estudio en particular?

Sí. Pero no tanto como mi profesor hubiera querido. Sacaba muchas cosas por talento natural, por esta cosa de la naturaleza& Me acuerdo de que mi madre le decía al profesor que sí cuando él preguntaba si yo había estudiado mucho, porque había tocado muy bien los trabajos que me había encargado. Pero lo cierto es que me salían solas. Antes de empezar con la música clásica, como ya he dicho, tocaba música popular; y eso me permitía reproducir cualquier canción.

¿Ese tal fue el germen de la serie de arreglos que más tarde haría de algunas composiciones de Violeta Parra, de Víctor Jara...?

En realidad esos arreglos posteriores fueron hechos por Tomás Lefevre. El hizo muchos arreglos de música latinoamericana para piano. También hizo para mí música de cine; y diez boleros, que aún no he grabado...

La respuesta de Bravo se interrumpe. La inconfundible frase musical de los "Encuentros Cercanos del Tercer Tipo" de su celular anuncia la llamada que estaba aguardando.

Mientras responde a quien está del otro lado de la línea, y el primer movimiento de "Las Lamentaciones" sigue su curso, reparamos en la gran cantidad de CDs de música de cine que hay sobre el mueble; además de una placa de Los Panchos y otra de Armando Manzanero.

"Como te decía -prosigue Bravo- me gustan mucho los boleros y la música romántica en general".

Eso estaba viendo. A propósito, ¿podría decirme qué tipo de relación establece entre la música clásica y la popular?

Yo tengo una formación clásica. Soy un pianista de música clásica. Lo que pasa es que soy un poquito salido del tiesto; en el sentido de que yo considero la música una sola y esa música, se ha probado, está en todas las áreas. Está en el mundo de la llamada música docta, música popular, música del cine, en la música étnica.

Por ejemplo: acabo de hacer un recital en tres iglesias. En la Basílica de Andacollo, en la Iglesia del Elqui... El programa consistía en una primera parte con música de Federico Chopin, la segunda eran cuatro composiciones de películas de compositores actuales, y después un bloque de música latinoamericana.

Así me gusta tocar. Combino los programas. Soy una de esas personas que tiene la suerte de hacer lo que se le dé la gana.

¿Nunca ha incursionado en la composición?

No, nunca. Hago arreglos, improviso en el piano; pero no compongo.

Pero una vez lo hice, cuando tenía como 14 años. Estaba muy enamorado de una niña, e hice una composición bastante mala& Era de un estilo Julio Iglesias con textos que tenían mucho de arena, sol, playa, luna...Horrorosa.

Pero de enamorado la hice. Mmmh... por enamorado uno hace cosas maravillosas y cosas horribles también.

LA ESCUELA

De las experiencias y personas maravillosas que Bravo recuerda con particular nitidez, está la figura de Claudio Arrau, quien fuera no solamente un maestro de las cosas formales y técnicas del arte que desarrollara, sino también un guía en los otros asuntos que la vida del verdadero artista considera insoslayables.

El músico tuvo la oportunidad de conocerlo luego de que su maestro Lehmann decidiera llevarlo a Nueva York para someterlo al examen del ya consagrado Arrau.

Bravo tenía 16 años. Era su primer viaje al extranjero. Arrau reconoció en él al intérprete nato, al actor de primera línea que sabe representar y traducir el carácter y el sentido del drama desarrollado en las partituras que sostiene el atril.

"Estuve en su casa durante un período. Después durante muchos años tuve clases repartidas en muchos países y ciudades -Polonia, Varsovia, Berlín, París, Londres-, y de nuevo en su casa en los años 70. Tuve con él una relación de muchos años", dice el músico, para luego subrayar: "El maestro me enseñó, entre tantas cosas que no son pianísticas, que uno siempre debe darse el tiempo para escuchar a los más jóvenes; y aportar el conocimiento y la experiencia que uno ha adquirido con los años. Esto me ha marcado profundamente en toda la carrera".

Esta huella, esta convicción, daría luego el fruto de una Fundación que lleva su nombre; una entidad concebida para apoyar a los talentos emergentes que no tienen recursos.

"De hecho estoy muy orgulloso de una niña pascuense que se ha convertido en una pianista maravillosa, y que se encuentra en Estados Unidos. La Fundación nació con ella; entonces ella es un producto visible de lo que hemos hecho. Eso viene de la enseñanza del maestro Arrau".

Un Arrau que, a juicio de Bravo, prodigaba su tiempo con suma generosidad a quien lo requiriese, ofreciendo siempre un espíritu templado y aquiescente, una manera afectuosa y cálida. "Eramos varios los que andábamos por Europa -recuerda Bravo-; y a todos nos daba una palabra, una atención. Era una persona finísima, un caballero en todo el sentido de la palabra".

Pero hábleme más de sus enseñanzas.

Era una enseñanza que iba más allá de la que puede ofrecerse a un pianista. Ya que, como aprendí con él y he aprendido yo mismo a lo largo de los años, hay que preocuparse de todo lo que pasa alrededor de uno: la literatura que se hace, la ciencia que se investiga... En definitiva la lección es que hay que ser una persona integral. Aunque él nunca se metió en temas de contingencia, como he hecho yo...

¿En qué tipo de contingencia ha estado involucrado?

Estuve con una prohibición de entrar a Chile durante 6 años. Desde el 73 al 79.

Estuve sin pasaporte un año, viajando con pasaporte británico. Pero mucha gente dice que la L (de chilenos indeseables) me la pusieron por leso.

En esos años, como muchos artistas, firmé un documento en contra de lo que estaba pasando en Chile en materia de DD.HH. Y participé en algunos conciertos, específicamente para la Vicaría de la Solidaridad de esos años, y un concierto en homenaje a Víctor Jara que hice en Londres que molestó mucho...

Más que eso no tengo meritos. Durante todo mi vida he tenido una independencia bastante notoria en cuanto a posturas políticas. De hecho me llamaron para apoyar a las dos candidatas...

¿Y por cuál se decidirá?

Yo las respeto a ambas. Muchísimo. Pero no podría inclinarme por ninguna, porque ofendería a la otra. En este minuto encuentro muy inconveniente que se presione a cualquier persona o a cualquier artista para tomar un partido con alguna de las candidatas.

En este minuto no estoy yo para definiciones.

Pero desde luego las tiene en otro orden. ¿Qué piensa del relativo carácter elitista al que se relega el Arte en función de una cultura signada por lo mediático, por la industria cultural? Estoy pensando en la cobertura que se da al tenis y no al gran número de medallas y galardones que han obtenido algunos pianistas chilenos que sólo fuera del país son reconocidos.

El deporte siempre tiene un arrastre más masivo, y obviamente una medalla olímpica es algo a nivel mundial mucho más importante que un pianista ganando un concurso en Italia.

Esto se da, efectivamente, por la cosa mediática. Y masiva también. Allí se producen esos desfases entre lo que se llama la cultura popular o de masas y lo que se llama la cultura elitista.

Pero fíjate que no es tan así. Ahora hay dos festivales en Viña. Uno que es popular, que ha sido de toda la vida, y otro de música clásica donde la media de asistencia es de 8 mil personas. Yo acabo de tocar en uno de esos conciertos que organiza la Fundación Beethoven con Juan Pablo Izquierdo. Y la orquesta sinfónica, la de Cámara de Chile, la Orquesta Sinfónica juvenil... ¡La media es 8 mil, sí!

Parece que las políticas gubernamentales, en el plano cultural al menos, están dando resultados.

Yo diría que hay un avance del Consejo Nacional, de toda la institucionalidad que está dirigiendo el ministro Weinstein. Está dando pasos importantísimos en administrar bien los recursos que otorga el Estado para los creadores, para la difusión de la música chilena, etc.

Esta oportunidad que se les da a los niños para acceder al mundo de la música los hace ser mejores personas. Son niños privilegiados que tiene un tesoro entre las manos.

En la Pincoya por ejemplo hay niños que hacen cola para poder ingresar a la orquesta. Son ejemplos maravillosos.

Hablando de los elementos compartidos. Usted decidió hacer interpretación a nivel individual; ¿jamás pensó en conformar una orquesta de Cámara, o trabajar con otros músicos?

Yo hago muchos conciertos con mi esposa María Luz, que es soprano. Anteriormente, cuando estuve casado con una violinista de Letonia, hacía muchas sonatas para violín y piano..

Me gusta mucho compartir el escenario. Pero no solamente con músicos clásicos: hay un programa que se llama "Bravo y amigos", donde se da música clásica, latinoamericana, andina, Jazz; la música de Piazzola -incluso tengo un programa que se llama de Bach a Piazzola.

Este año he dado muchos conciertos acompañado de Luis Vera, que recita a Neruda o a Benedetti. Lo hicimos en muchas partes el año pasado homenajeando a Neruda. Este año vamos a incluir a Gabriela Mistral por sus 60 años del Premio Nobel.

Luego del silencio que sucede al acorde final de "Las Lamentaciones" de Gorecki, el giro de la conversación se vuelca hacia a sus intereses extramusicales, terreno en el que sobresale particularmente su fascinación por lo paranormal. "

"Mi papá vino a verme a Barcelona el día que lo estaban enterrando en Santiago. Tuve una comunicación muy hermosa, una cosa mágica de unos 14 minutos que fue el tiempo que me demoré tocar cuatro corales de Bach. Durante ese momento yo sentí que mi padre estaba ahí. Fue una abstracción absoluta. Era como estar en una campana de cristal escuchando levemente la música de Bach y la voz de mi padre que me estaba diciendo que estaba bien, y que el otro lado existe y que es maravilloso".

 

 

 

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