John Constantine, un tipo rubio parecido a Sting, británico, que siempre usa gabardina, fuma más que Sandro y está más metido en magia que Merlín, ha sido un personaje que ha cautivado durante más de una década a los lectores de cómics de horror.
Y fue horror el que sintieron sus seguidores al saber que su adaptación lo convertía en un moreno californiano con la cara bonita de Keanu Reeves y que sus aventuras se trasladaban a la soleada Los Ángeles en vez de la sombría Londres.
Pero si a priori todo parecía mal, lo cierto es que se debe esperar de una adaptación cinematográfica no una fidelidad literal, sino el buen y perfecto traslado del espíritu de la obra original. Y Constantine cumple con la tarea de una manera estupenda, además de entregar una película muy entretenida.
Constantine es un ocultista, un tipo que ha dedicado su vida a combatir demonios y cuanta bestia sobrenatural existe en el mundo, un tipo tan curtido que insulta por igual a demonios y ángeles, pero que no quiere irse al infierno...claro que en su caso no es por temor de Dios, sino porque la mitad de la población de allá abajo ha sido exorcizada por él.
La razón de su desdén es que él sabe que Cielo e Infierno están enzarzados en la madre de todas las apuestas, y el premio (y también la moneda de cambio) son las almas de toda la humanidad. Las reglas que los poderes supremos se han autoimpuesto -para hacer entretenido el juego- indican que ni ángeles ni demonios puros pueden estar en la Tierra; para compensar, una hueste de híbridos de ambos lados tratan de influir en los humanos, encabezados por Baltasar por el lado maligno y el arcángel Gabriel por el del bien.
Pero Constantine descubre que los demonios están haciendo trampas: su objetivo es traer al hijo de Lucifer a la Tierra y con él el infierno en vida. Para ello son necesarios la Lanza del Destino -la que clavaron al costado de Jesús-, un síquico poderoso y la ayuda del Bien. Pronto John descubre que su investigación se cruza con la de Angela Dodson (Rachel Weisz) detective que busca resolver el aparente suicidio de su hermana gemela. Y puede ser esta la última oportunidad de obtener la redención, pues a Constantine le han confirmado que morirá de cáncer en menos de un año: si no salva el mundo, tiene reservado el primer lugar en la orgía del dolor infernal.
La película toma prestados argumentos de tres historias del comic mensual y los fusiona de una forma muy efectiva, reflejando el carácter cínico y respondón de su protagonista. A ello se suma una acertada dirección, muy de cine negro, y que apuesta por un tratamiento más bien austero; sin grandilocuencias, pero que se sabe servir de los efectos especiales cuando son requeridos. Situaciones que en otras manos sonarían o se verían ridículas y artificiosas son resueltas con oficio, lo que habla muy bien del debutante director Francis Lawrence.
Tras una década en que DC Comics le dio la delantera en cine a Marvel, Constantine parece inaugurar una nueva era en que la pelea será entre iguales. Y si lo que viene es igual, la casa de Batman lleva las de ganar.
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