Año 3, N°85, Viernes 08 de julio de 2005

Libro sobre Dawson

Cuando Bitar convirtió el penal

El jueves 7 fue presentado en el restaurant Santo Remedio el libro "Dawson: sangre, goles y penales", de Willy Haltenhoff, octava obra de la editorial El Periodista. Aquí un apetitoso extracto en que los goles y los DDHH, en un potente relato de nuestra historia reciente, se abrazan en la ficticia cancha del penal sureño.


Dawson, está ubicado al sur oriente de la austral ciudad chilena de Punta Arenas, frente a la isla grande Tierra del Fuego. Es un islote que semeja una especie de hígado hinchado, o un signo de interrogación.

Fue por muchos años el San Quintín chileno: mide mil 400 kilómetros cuadrados que no son más que un pedazo de roca ríspida y escarpada, extendida en grandes llanuras y pampas desoladas, con escasa vegetación.

Allí, entre cipreses y coigües, reinan temperaturas bajísimas y una lluvia intensa se descarga gran parte del año; además en invierno nieva como si el cielo comenzara a descascararse en puñados ínfimos de algodón escarchado.

Dawson está bañado por las aguas del estrecho de Magallanes y ningún ser humano soporta medio minuto en ese mar gélido y austral. Aquella isla está plagada de arbustos chatos, como el calafate y pastos duros como el coirón. Es común ver bagualas, animales bovinos salvajes, zorros, ñandúes y pumas pasearse libremente, muchos de los cuales a veces servían de alimento para la tropa allí estacionada.

En los cielos, los aguiluchos, un pájaro doctoral, vigilan secretamente la isla como pequeños y diestros cancerberos alados. Son tan fieros que pareciera que de sus ojos brotaran torvas miradas cargadas de pólvora.

A un costado de Dawson están los hielos eternos de la cordillera Darwin, un majestuoso e impresionante murallón, casi infinito, que exuda un frío filoso y espeluznante, pues la Antártica está a muy poca distancia.

Es el fin del mundo, el fin de Chile y el fin del continente.

En el sector norte de esta isla, donde está ubicada la ciudad de Punta Arenas y el Fuerte Bulnes, está la llamada península de Brunswick; una masa de roca, hielo y pastizales rudos, de belleza desoladora.

Lo más granado del gobierno de Salvador Allende fue llevado a este campo de concentración, que no era otra cosa que una enorme barraca de madera, más unos caserones e instalaciones menores. Estaba rodeada de cercas de púas y torretas, como todos los campos de concentración de dictaduras de distintas ideologías repartidas por el mundo.

No fue el único campo de concentración de la dictadura militar chilena: estaba Chacabuco, Pisagua, Tres y Cuatro Alamos, Quiriquina, entre otros, y los sitios de tortura como la fatídica Villa Grimaldi, en el sector oriente de Santiago.

Al comienzo las jornadas en Dawson eran de humillaciones y torturas y, sobre todo, imperaba en la población una terrible sensación de que la vida podía perderse en cualquier minuto.

Los días en ese pedazo de rocoso territorio insular eran harto monótonos, pues no había mucho qué hacer, salvo las tareas obligatorias como limpieza, aseo y mantenimiento del campo, por ello el secreto para subsistir consistía en organizarse para no dar espacio al abatimiento y a la depresión.

Anselmo Soto, tras el shock que le produjo saber cómo morían, o desaparecían, muchos de sus compañeros partidarios, recuperó cierta serenidad.

Lo mismo José Tohá.

Ambos compartían una estrecha e improvisada barraca donde, incluso, llegaron a convivir hacinados hasta casi 400 prisioneros, al menos en momentos cuando la represión militar llegó a su máxima expresión.

Las instalaciones del campamento, que estaban rodeada de minas antipersonales, recordaban los campos de concentración de la Segunda Guerra, destinados a los judíos.

Pero, quizás, lo más duro era soportar el frío que hería la piel como navaja caliente, las 24 horas.

Otra cosa que impresionaba era el ulular del viento austral que sonaba a campana loca. Semejaba un viejo demonio, borracho y fornido, que silbaba día y noche por el puro gusto de enloquecer a los humanos.

Se comían porotos, garbanzos, lentejas, o mote, casi todos los días, y pan y té al desayuno. A veces café, que era más negro que el petróleo, pero que servía para recalentar el zarandeado cuerpo de los dawsonianos.

Con el correr de los meses comenzaron a llegar las salvadoras encomiendas enviadas por los familiares de los prisioneros, con comida enlatada, ropa de lana y remedios. Suerte distinta corrían las cartas que eran censuradas con celo inquisitorial, en especial los párrafos que hacía referencias al momento político, sólo algunos extractos se salvaban.

Con el tiempo y dada la intensa y obligada convivencia, surgió una leve, aunque precaria, amistad entre los presos y los militares que permanecían estacionados largo tiempo en la isla.

-Don Pepe -le dijo Anselmo a su ex jefe, mientras sorbían un rico té caliente envueltos en frazadas rústicas mirando el austral oleaje que azotaba zafiamente- podríamos organizar una pichanga ¿no cree? Para matar el frío y la rabia. Nos conseguimos una pelota y jugamos. Sabe, yo sufro harto el frío porque soy nortino y no estoy acostumbrado a este clima, así que si no hago actividad física me voy a morir congelado.

-¿Una pichanga en Dawson?, ja, qué idea loca Anselmo. No hay cancha, no hay nada. No hay espacio para el deporte aquí.

-No crea. Sé que la idea podría prender. He hablado con algunos prisioneros y muchos juegan, además todos necesitan invertir el tiempo en algo productivo; el ocio nos va a matar de aburrimiento y así poco a poco se van a destrozar nuestros nervios.

-¿Tú crees que los demás compañeros querrían jugar?

-Si yo tiro una pelota en el patio ahora mismo comienza una pichanga. Don Pepe, la pichanga es el deporte más popular entre los chilenos ¿usted no jugó?

-Bueno sí, pero era harto malo.

-Justamente, la pichanga es para que los malos también tenga su posibilidad. Incluso sé que los soldados también tienen ganas de jugar, si es que ya no han armado algún campeonato. A ellos también les gusta pichanguear, los muchachos se aburren harto. Además, hasta tengo el lugar.

-¿Así? No me digas. ¿Y se puede saber dónde está la cancha?

 


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