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En un país de cifras y estadísticas, que sólo se estremece cuando los números suman varios ceros, llama la atención que haya aumentado considerablemente un guarismo que se relaciona con los trabajadores.
Entre 2003 y 2004 fueron 18 mil más los casos de personas despedidas de su trabajo sin derecho a indemnización.
Si bien el número también incorpora a aquellos que no cumplen y que están bien finiquitados, no es menos cierto que dos casos testigos, presentado en la nota del periodista Marcelo Padilla, muestran cuán débil puede ser un trabajador frente a su empleador, cuando éste decide acusarlo de un delito, ya sea porque así lo cree o porque de esa forma puede evadir el pago de una cuantiosa suma indemnizatoria.
Cada año, de acuerdo a las estadísticas de la Dirección de Trabajo, son cientos de miles las personas que terminan una relación laboral con un empleador determinado y de ahí que sólo en el 2004 los finiquitos superaron los 800 mil. De ellos, 38 mil fueron por una causal que le impidió al trabajador contar con una indemnización. Es imposible saber la justeza o no que guió esos despidos. Sin embargo, el aumento llama la atención y preocupa a las organizaciones gremiales que creen que algunos se aprovechan del espíritu de la ley para imponer su propia flexibilidad laboral. Bien es sabido que la carga indemnizatoria siempre ha preocupado a los empleadores y su reducción ha sido una bandera que han ondeado con pasión en todos los gobiernos.
Resulta imprescindible, entonces, crear mecanismos de control cada vez más fuertes para proteger a aquellos empleados que, cumpliendo a cabalidad con su trabajo, son injustamente tratados por un pequeño grupo de empresarios (muy poco representativo por lo que nos dicen las mismas cifras), que se impone por la fuerza de los hechos e ignora conquistas que han sido fruto de la lucha de generaciones, tanto en Chile como en el mundo.
La Justicia, los tribunales laborales, los empleados de la Dirección del Trabajo, mal que les pese a algunos y perturbe a los que no cometen faltas, tienen la obligación de velar por el eslabón más delgado en la cadena de la producción: aquel trabajador que acumula años, con paciencia y lealtad, que sólo espera recibir un salario mensualmente y que su función sea bien remunerada, digna, donde se le respete su antigüedad y no se lo vea como una potencial bomba de tiempo porque acumula la pólvora de la indemnización.
La cifra creció en el 2004, va por un camino similar el 2005, ojalá que se tome conciencia de que no puede continuar creciendo el 2006.
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