|
El fútbol, mal que les pese a algunos, suele darnos lecciones. Nos muestra, sin muchas vueltas, tal cual somos.
Tras el empate de Chile en Colombia, cuando se encendió una llamita de esperanza en que el equipo de Acosta podía viajar a Alemania 2006, de inmediato surgió el triunfalismo y, lo que es más grave aún, el menosprecio que tenemos hacia los países que nos rodean.
El Chile cuestionado por su inequidad, que arroja cifras macro alentadoras y que requiere de una corrección urgente a su modelo, según conspicuos militantes del neoliberalismo como Felipe Lamarca, se sintió amenazado por las supuestas componendas entre argentinos y uruguayos, paraguayos y colombianos. ¿País paranoico? Nada se dijo que el rival de la Roja viajaría a Santiago más diezmado que los equipos que todo Chile creía confabulados para dejar al país nuevamente fuera de una Copa del Mundo. Pocos veían nuestras debilidades. Chile ganaría, pero quedaría fuera por la corrupción de los otros. El resultado, sin embargo, no fue así.
El hecho anterior nos debiera ayudar a ser mejores y, muy especialmente, buenos vecinos. La lección es que, tanto argentinos como paraguayos -aunque perdieron- jugaron lealmente. Ellos, ni por un momento, pretendieron perjudicar a Chile. Chile, simplemente, se fastidió a sí mismo durante un año y medio de malos manejos deportivos.
En una reciente entrevista el canciller Ignacio Walker sostuvo que al asumir en su cargo el Presidente le pidió que consagrara su tiempo y esfuerzo a la región y éste, confiado en su quehacer, dijo que lo hacía. El problema es que se dedica a trabajar de bombero, apagando incendios, pero dejando para después la planificación de una política que dé frutos reales en el mediano plazo.
Chile requiere, urgente, de una ofensiva que dé cuenta, de una vez por todas, que el país está mentalmente en América Latina.
La idea de que esta pequeña república puede crecer sin los brazos aliados de sus vecinos está absolutamente alejada de la realidad.
Por ello, desde nuestros comunicadores hasta los profesores, pero especialmente las autoridades, deben generar puentes efectivos de comunicación y mensajes claros de respeto a las decisiones que se tomen en los países vecinos, aunque éstas nos afecten, molesten o definitivamente no nos gusten.
Curiosamente, mientras más inmigrantes llegan a Chile y se escuchan acentos diversos en nuestras calles y los colores de piel se multiplican, más el chileno se parapeta a un costado de la cordillera y se siente amenazado por sus vecinos. Ve en ellos agresiones constantes.
Así como se hacen campañas públicas para conocer "posturas", comer paltas o tomar leche, se requiere que el Estado también gaste sus recursos para que las nuevas generaciones dejen de lado los prejuicios y temores que impiden que los chilenos hoy podamos levantar nuestro acento más allá de las fronteras.
Nuestras inversiones en los países limítrofes y las exportaciones se garantizan con la marca de un país que es querido por sus vecinos. ¿Se imagina hoy en Uruguay, ya no en Argentina, Bolivia o Perú, un parabrisa con un adhesivo que diga: "Yo amo Chile"?
|