Juan Cristóbal Guarello y Luis Urrutia O'Nell, ambos periodistas deportivos, se conocieron hace 16 años cuando trabajaban en La Tercera. Chomsky, seudónimo con que Urrutia firma sus artículos en The Clinic, es -según los entendidos- una leyenda en el periodismo deportivo. No sólo por sus conocimientos, pues incluso algunos jugadores de la selección del `62 creen que Urrutia tiene su misma edad, aunque él lo niega tajantemente.
A Guarello se le identifica por sus duras críticas a la selección y al fútbol chileno como comentarista en Televisión Nacional y por el exhaustivo manejo de datos y fechas de la trivia futbolera. Por eso, hace un tiempo, decidieron juntarse, para investigar y escribir el libro: "Historias secretas del fútbol chileno" (Ediciones B), un texto que reúne siete crónicas sobre algunos acontecimientos memorables del balompie nacional.
En el volumen, Guarello aporta cuatro historias notables. Entre ellas, las triquiñuelas de los árbitros en 1978, cuando arreglaban la Polla Gol para ganarla, o las oscuras transas del entrenador Pedro García junto a miembros del régimen militar, cuando falsificó los pasaportes de los jugadores de la selección nacional para ir a competir al Sudamericano Juvenil de Paysandú, en 1979.
Urrutia O'Nell, en tanto, entrega una detallada y bien escrita crónica sobre el mundial del '62 y otra bella reconstrucción personal del Ballet Azul de la Universidad de Chile. Con todo el talento de la vieja escuela del periodismo. En este libro, el segundo en su ámbito en Chile (en cuanto a historias, datos e investigación), hay un rescate histórico y la primera de una larga saga que podría venir en el futuro.
HISTORIAS PENDIENTES
- Imaginamos que les quedó harto material que no se alcanzó a publicar
Urrutia: Hay capítulos que nos llamaban. En un comienzo iban a ser diez, pero tuvimos que dejar cosas afuera. El capítulo del "Cóndor" Rojas quedó pendiente. Si sólo mencionáramos a la gente que supo la verdad, sería un impacto. Hubo mucha gente fuera del ámbito futbolístico que supo la verdad desde el primer día.
Guarello: Colo Colo `91 es otro de los capítulos. Pero no se podía hacer, porque el libro habría sido muy extenso. O el bicampeonato de la "U" después de 25 años y la manera en que la UC trató de ensuciarlo. También la campaña de Católica de 1993, porque hubo muchas cosas fuera de la cancha. El fútbol chileno tiene mucha historia para escribir. El caso del "Cóndor" Rojas, pues coincide justo con el comienzo de la democracia y tiene una simetría política bien interesante.
- ¿Cómo fue la construcción de todas estas historias?
Urrutia: Diría que está todo encadenado. Hace poco estuvimos con Schiappacasse y conversábamos de un capítulo que nunca tuvo trascendencia en la opinión publica. Fue un incidente que tuvo Orlando Aravena, en Córdova, con el enviado especial de la revista Triunfo, Igor Ochoa. Después tuvo un problema conmigo en el aeropuerto, venía absolutamente alcoholizado. Aún conservo esa carilla censurada. La orden fue no tocar a la selección, porque venía de un vicecampeonato. Te cuento esto porque si en ese momento se hubiera parado a Aravena, tal vez lo del Maracaná (en 1989) no hubiese ocurrido.
- ¿Estos recuerdos los viviste todos?
Urrutia: Claro, mis editores en ese tiempo me censuraban porque no tenía pruebas. Pero se trataba de historias vivenciales, que las sufrí y las disfruté mucho como un testigo privilegiado.
- ¿Cómo ven el fútbol de hoy en comparación al que ustedes retratan en su libro?
Guarello: El fútbol de hoy ya no tiene los grandes mecenas de antes ni los grandes vivos tampoco. Como Abel Alonso, que pagaba a los jugadores de la Unión de su bolsillo, pero que también tenía contratados a los árbitros en su fábrica.
Urrutia: En la actualidad hay futbolistas que son titulares y llegan a la selección y resulta que hace cinco años, no habrían sido ni suplementes de los reservas. Un ejemplo fresco es el arquero de la UC, Buljubasich. Imagínate, alguien que estuvo retirado del fútbol y viene a Chile y está invicto no sé cuánto tiempo. No se puede comparar a los delanteros de hoy con los que enfrentaba el "Loco" Fournier. Eso revela lo mal que está el fútbol.
A continuación, El Periodista les entrega un extracto del notable capítulo: "Polla Gol: los árbitros se llevan el premio gordo", en el que Guarello y Urrutia reconstruyen los manejos del ex árbitro Víctor Ojeda, considerado por ambos como "el más chanta de los personajes del libro".
Los árbitros se llevan el premio gordo
(Extracto del tercer capítulo).
"El domingo 10 de septiembre de 1978 Chillán estaba de luto. El sol, presagio de la primavera, iluminaba una ciudad sumida en la tristeza. A las 10:45 había fallecido, victima de cáncer, Nelson Oyarzún, el técnico del club local, Ñublense. El "Consomé" Oyarzún era un hombre muy querido. Su carácter exuberante, sus excentricidades, sus declaraciones explosivas y su mentalidad ganadora lo hacían un personaje singular en un lugar caracterizado por la quietud y la sombra de la arboleda.
Sin embargo, el plantel de Ñublense no tenía tiempo para lamentarse. Ese mismo domingo debía enfrentar a Colo Colo en el Estadio Municipal. El partido era importante para ambos equipos. Mientras Ñublense luchaba por zafar de los últimos lugares y un posible descenso, los albos venían cumpliendo una mala racha, con varias fechas sin ganar, lo que hacía peligrar su clasificación a la liguilla de Copa Libertadores. La pobre campaña de Colo Colo había significado la cesación del técnico Sergio Navarro y el contrato del ex astro de Universidad Católica Alberto Fouilloux como nuevo entrenador.
Con todo, a la hora de los pronósticos pocos se la jugaban por Ñublense. El partido era el número uno en la cartilla que correspondia al concurso 126 de la Polla Gol. Tanto la revista Estadio como Miguel Jacob Helo, el autodenominado "Mago de la Polla Gol", indicaban a Colo Colo como rotundo favorito para ganar el duelo. Helo no había dudado en recomendar, en sus programas de radio Portales y Canal 9: "Partido uno, juéguele al visitante Colo Colo. Además, equipo que estrena técnico gana siempre".
Hubo un hecho extraño en el que nadie reparó en un primer momento. Víctor Ojeda, entonces un árbitro sin gran experiencia, fue designado para dirigir el encuentro, mientras Alberto Martínez, el "Juez de Hierro", se conformaba con arbitrar un partido de cadetes en Santiago.
A las cuatro de la tarde, más de ocho mil personas llegaron al Estadio Municipal, que ese mismo día fue rebautizado "Estadio Nelson Oyarzún". Los chillanejos, conmovidos y entusiasmados, coreaban a viva voz: "¡Oyarzún! ¡Oyarzún! ¡Oyarzún!", y también: "Y ya lo ve, y ya lo ve, es el equipo del Consomé". Pero el "Consomé" no estaba, y en la banca de Ñublense se sentó Juan Abel Ganga, asistido por Orlando Aravena, ex entrenador de Colo Colo, quien se sabía al dedillo cada movimiento táctico de sus antiguos pupilos. Oyarzún había dirigido el equipo por última vez un par de semanas antes, en el Estadio Nacional, contra Universidad de Chile. En esa ocasión se le vio enfundado en un grueso abrigo negro y con boina, ropajes que no alcanzaban a ocultar su figura cadavérica, la de un hombre que estaba por perder su pelea contra el cáncer.
El encuentro fue muy intenso. Los jugadores locales, motivados por la muerte de su entrenador, superaron a su contrincante en todos los sectores. Ocurrió que Oyarzún, en la agonía, les había pedido un último deseo: "Gánenle a Colo Colo". A los dieciocho minutos, Víctor Ojeda cobró tiro libre para el local tras un foul muy dudoso. La falta la ejecutó Francisco Cuevas, jugador famoso por sus historias fantasiosas; el balón dio en la barrera y el mismo Pancho Cuevas calzó el rebote con violencia, derrotando a Adolfo Nef.
A los 41 minutos, Ojeda expulsó al central albo Marcelo Pacheco por una fuerte entrada contra Oscar Roberto Muñoz. La sanción provocó la protesta masiva de los jugadores de Colo Colo, que a esa altura ya sentían que el arbitraje se estaba cargando decidicdamente hacia el local.
Pero la escena culminante llegó a los ocho minutos del segundo tiempo. Oscar Muñoz se filtró en el área y Daniel Díaz lo rozó levemente, cayendo el chillanejo al suelo. Ningún local protestó por la acción y todos creyeron que el juego seguía, pero Víctor Ojeda, ante la sorpresa del público y de los propios futbolistas, cobró penal sin dudar un instante. Nuevamente vino la protesta desaforada los colocolinos, pero el juez se mostró inconmovible. Sergio Aballay, jugador que años más tarde quedaría paralizado por una enfermedad, fue el encargado de servir y anotar el penal a favor de Ñublense.
Colo Colo reaccionó y alcanzó un descuento con un cabezazo de Caszely tras un centro de Ramón Ponce. Pero la levantada alba en los minutos finales no alcanzó a revertir el resultado. Además, el ímpetu de los jugadores se confundió con la rabia por el polémico arbitraje, y Ojeda expulsó a Raúl Ormeño y Mario Cerendero después de que éstos se dieran unos manotazos.
Al finalizar el juego los jugadores de Ñublense se abrazaron sin saber si celebrar o llorar. Mario Cerendero decía a los periodistas con voz entrecortada: "Esta mañana me llamó Nelson desde el hospital y me dijo que iba morir. Antes de contestarle nada, me pidió que jugáramos hoy y que le ganáramos a Colo Colo". Pancho Cuevas, arrodillado en medio de la cancha, se puso a rezar. La mayoría de sus compañeros imitó el gesto, en un ambiente de gran emoción. El público lloraba en las tribunas. Los jugadores de Colo Colo se retiraron cabizbajos y respetuosos rumbo a camarines. Dada la situación, nadie quiso reclamar por el arbitraje en ese momento. Alberto Fouilloioux fue honesto: "Me hubiera gustado debutar contra cualquier otro equipo".
El único que no expresaba emoción alguna era Víctor Ojeda.
Esa noche, la Polla Chilena de Beneficiencia anunció que el concurso número 126 de la Polla Gol tenía un solo ganador. El premio era para lamerse los bigotes: 17.956.338,40 pesos (más de quinientos mil dólares de la época), uno de los tres mayores premios pagados por el Sistema de Apuestas Deportivas. Desde ese instante comenzó la pesquisa en todos los medios de comunicación para dar con el ganador de tan suculenta cifra.
Por entonces ganarse la Polla Gol significaba la celebridad inmediata. Desde su creación, en abril de 1976, el sistema de pronósticos deportivos Polla Gol había trastornado los hábitos de juego de la gran masa. Sin la obligación de comprar un entero como en la Lotería, los apostadores no quedaban a merced del azar y tenían la oportunidad de embolsarse premios fantásticos. Los viernes por la noche, minutos antes de cerrarse las apuestas, largas filas colmaban los cientos de agencias que habían surgido a lo largo del país. El sueño de todos (y por muchos años) era ganarse la Polla Gol. La famosa cartilla con los trece puntos se transformó en una especie de ícono cultural, y era tema de sketches televisivos, revistas picarescas y hasta obras teatrales. Ejemplos de ganadores millonarios sobraban: en 1976 un empleado de la Asociación de Ahorro y Préstamos, Renato Armando Uribe, había ganado 500 mil dólares; ese mismo año, Juan Lara, quién manejaba un taxi SIMCA 1000 recibió una cifra similar. En 1977, Dolorieta Jara obtuvo un premio de 600 mil dólares, y, por supuesto, José Cárdenas, el famoso "Maestro" Cárdenas, se embolsó algo más de 300 mil dólares.
Para ganar un premio desorbitado era necesaria la conjunción de varios factores, pero fundamentalmente que la cartilla arrojara una serie de resultados ilógicos. En 1977, por citar un caso, la derrota del puntero Unión Española jugando de local ante el colista Antofagasta dejó fuera de concurso al 99% de los apostadores. Así, Dolorieta Jara se llevó el premio jugando una cartilla "al lote". En cuanto a Cárdenas, de profesión buscavidas, la feroz borrachera que llevaba encima al momento de hacer su apuesta le hizo ganar con una combinación absurda de resultados: nueve empates.
Juan Lara, al contrario, tenía su método: jugaba siempre la misma combinación, sin importarle quién jugara con quién.
Cada nuevo ganador multimillonario resucitaba el cuento del hombre pobre, atrapado en una vida sin posibilidades, que por obra y gracia de los resultados del fútbol se encontraba con el cuerno de la abundancia. De este modo el "Maestro" Cárdenas se transformó en arquetipo del determinismo circular del hombre humilde. Ganó muchos millones y los perdió todos, estafado por saltimbanquis y mercachifles inescrupulosos. Potencialmente era un material periodístico de primera, y en los medios se dio una orden perentoria: había que ubicar al nuevo millonario como fuera. Ese domingo 10 por la noche, en las redacciones de los diarios los editores se sobaban las manos: tenían otro gran reportaje "de interés humano" listo para cocinar y servir.
El lunes 11, en todo caso, la prensa estaba en otra cosa. Se celebraba el quinto aniversario del golpe militar y la gente aprovechó el día feriado para hacer lo que se hacía entonces para esas fechas: nada. Fue una jornada larga y extenuante en la que Augusto Pinochet habló en cadena nacional y hubo desfiles, discursos complacientes, chupamedias en la casa de Presidente Errázuriz, amenazas a los opositores y agradecimientos previsibles. Un 11 de septiembre como tantos durante el gobierno militar.
Pero el martes las cosas comenzaron a moverse. Mientras en Chillán se realizaba el multitudinario funeral de Nelson Oyarzún, en Santiago los medios, rastreando al solitario ganador, dieron con la cartilla afortunada y con la agencia donde había sido vendida. Se trataba de la cartilla número 562.023, jugada en la santiaguina agencia 1740, ubicada en Alameda 2863. Los periodistas llegaron en tropel al lugar, buscando alguna pista. Grande fue la sorpresa cuando se enteraron de que la citada agencia pertenecía nada menos que a ¡Víctor Ojeda!".
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