Año 4, Nº95, Viernes 25 de Noviembre de 2005

Un viejo pascuero

Vamos a comprobar cómo millones de pobres apoyarán a quienes precisamente los condenan a sus cotidianas carencias.


Al mismo tiempo que las ciudades y pueblos se inundan de gigantografías, afiches y volantes de propaganda, los candidatos encargan y manipulan todo tipo de sondeos y estudios de opinión pública, como parte de la afiebrada contienda electoral. Estas encuestas no buscan desentrañar "lo que quiere la gente", sino influir con sus resultados en la voluntad de quienes concurran a votar en diciembre próximo y, desde ya, en la eventualidad de una segunda vuelta.

Los estrategas políticos saben que existe una gran cantidad de electores indecisos hasta el momento mismo de sufragar. Sobre todo, saben que hay muchos ciudadanos que inclinan su preferencia por quienes tengan posibilidades ciertas de ganar. Más que recoger la voluntad popular, de lo que se trata con estas encuestas es apelar al oportunismo de muchos electores y probar la eficiencia de esas millonarias sonrisas que nos prodigan a través de la papelería, los mensajes radiales y hasta de la propia franja televisiva, que fue concebida para que los ciudadanos conocieran los programas de los candidatos; sus compromisos, más que sus ofertones.

Pingüe negocio constituyen esos sondeos para las empresas, que son expertas en plantear las preguntas adecuadas y facturar ad hoc las muestras de encuestados, a fin de que tales escrutinios agraden a sus clientes. Es decir, a los partidos, candidatos, poderes fácticos y medios de comunicación que "venden" con este tipo de publicaciones.

Sociólogos y cientistas sociales saben que desde el propio cuestionario se puede prever las respuestas deseadas y lo que influye en el resultado de una consulta social si ésta se hace por teléfono, cara a cara o por correo electrónico. La limitadísima validez de estas mediciones explica que el día de las elecciones siempre queden al descubierto las manipulaciones más grotescas y que, de todas maneras, comprobemos una que otra sorpresa.

Distorsiones y novedades que, por cierto, serían mayores si no es por un sistema electoral en que todo está regulado para que el oficialismo y la oposición oficial sigan compartiendo la administración del Estado. Para que unos y otros busquen complacencia en esta democracia de papel o el reino de lo inmutable: el capitalismo salvaje y sus escandalosas desigualdades sociales.

Todo lo que observamos en estos meses de campaña es la baja estima que las cúpulas políticas y los propagandistas tienen en la fortaleza cívica de los chilenos. Su reconocimiento de que las ideas políticas efectivamente influyen menos en el votante que el encanto personal de los candidatos; el dinero de que dispone, mucho más que su trayectoria. El aire ganador de tal o cual postulante, infinitamente más que su vocación de servicio o disposición al cambio.

Claro, hay millones de ciudadanos que tienen clara su opción desde el primer día; cientos de miles de sufragantes que ni en primera o segunda vuelta van a traicionar sus convicciones o someterse a cualquier influjo o chantaje. Sin embargo, vamos a comprobar cómo millones de pobres apoyarán a quienes precisamente los condenan a sus cotidianas carencias. Cientos de miles de jóvenes y excluidos que abrigarán ilusionismos y se dejarán seducir por promesas vacuas. Y son todos éstos, desgraciadamente, los que van a determinar las elecciones, para que siempre los mismos (con una u otra cara nueva) busquen complacencia en el servicio de los verdaderos amos de Chile y que son los que financian toda la parafernalia propagandística. Días antes, por lo demás, de que ese añoso y mentiroso Pascuero venga, como todos los fines de año, con muchos regalos para los niños ricos.