Año 4, Nº95, Viernes 25 de Noviembre de 2005

Los hombres no lloran

“Qui est tigneus, il ne doit pas oster son chaperon"(El tiñoso no debe quitarse el sombrero) Jean de Varennes, teólogo del Papado de Avignon


La mitología política sostiene que los hombres no lloran. Ello demostraría carácter, energía, capacidad para tomar decisiones, condición indispensable para ser elegido al sillón presidencial. Hoy habría que decir al avión presidencial, saltan de continentes como el saltamontes cambia de espiga.

En la lucha —aparente privilegio masculino a través de la historia—, hay que tener el ojo seco, la lanza presta y la lengua filuda.

Una mujer va por primera vez de candidato a la presidencia en Chile y los varones se asustan. Les han cambiado la testosterona por la progesterona. ¿Cómo combatir este enigma de la feminidad, en la que no entran la monja Alférez ni las piratas Anne Bonny y Mary Read, ni Juana de Orléans ni Hatshepsut, la faraón egipcia? Por nombrar a algunas, y olvidé a Boadicea.

Los hombres lloran con tembladera de pera o sollozos, según la ocasión y el nivel de emoción.

Ejerciendo una propiedad que no discuten sobre el mando del mundo, los hombres partieron negando el alma de las mujeres, siguieron negándoles la capacidad de raciocinio, asunto que el Sha de Irán sublimaría negándoles hasta su capacidad culinaria, en entrevista con Oriana Fallacci. Los hombres siguen siendo señores en el sentido feudal de la palabra. Pero la cultura, o la historia, no les han dado la razón. Con dificultad y energía, con excesos (inevitable reacción frente al exceso), las mujeres han ampliado sus vidas, entrando en el mundo a participar de su destino poco optimista. El optimismo no es característica del planeta. A ello han cooperado los caballeros y los no tanto bajo el imperio de la ley, la dialéctica, el monólogo, la fuerza y la pasión. Qué no hace un hombre apasionado.

Chile, donde la tradición no es solo el charquicán o la Pincoya, donde la mujer adquirió derecho a voto hace medio siglo, el patronato que ejerce el hombre sobre la familia, la patria, las empresas, el conocimiento y hasta la herencia, las mujeres son abusadas continuamente. Se creó el Sernam, a ver si los hombres dejan de pegarle a la esposa, de maltratar a las mujeres y violarlas —la estadística confirma esta costumbre patógena y perversa—, digo perversa pues se ha ocultado la violación de las hijas por el padre, asunto que es transversal y no pertenece solo a las clases pobres e ignorantes.

El año 2004, 74 mujeres fueron asesinadas por sus convivientes o esposos. Este año van más de cuarenta. Chile entero lo sabe: la noticia aparece en los medios: Un tipo acuchilló a su mujer en la estación del metro. Catorce cuchilladas. Otro le cortó una mano a la altura del codo con una sierra eléctrica a su conviviente y trató de degollarla. Llegó moribunda al hospital. Conozco mujeres que han sufrido tundas soberanas, les han quebrado la nariz, los pómulos, los brazos. Algunos gustan de patearlas, mechonearlas e insultarlas.

El poder político es pasión que desata pasiones. Aquí es donde entra la lágrima a campear. Se argumenta contra Michelle Bachelet que le tembló la barbilla ante una andanada oral que la descalificaba como candidata. Extraño argumento. ¿Y qué si le tembló la barbilla? ¿No han experimentado nunca ese temblor que proviene de la ira contenida, de la necesidad de autocontrol?


En cuanto al llanto masculino, recuerdo al presidente Aylwin con los ojos llenos de lágrimas en la ceremonia del Estadio Nacional. No era para menos. Chile apreció la emoción contenida. El alcalde Carlos Bombal, cuando entregaba el cargo, rompió en sollozos en medio de su discurso final. Sacó pañuelo, el público mantuvo silencio. Todos estábamos conmovidos. Respetamos su emoción.

¿Quién no escuchó el llanto entrecortado de Solabarrieta en medio de la narración del partido de Massú en las Olimpíadas de Atenas? ¿Olvidan el llanto de Ríos, arrepentido de alguna farrita que le costaba en ese momento la novia costarricense?

Según Huizinga, los caballeros feudales lloraban a raudales y no por amor. En el siglo XX, cuando irrumpe el cine y las películas se convierten en entretención masiva, ¿quién no ha escuchado a su lado llorar a un hombre? Muchos confiesan ser llorones. Y después salen al campo, escopeta en mano, a matar codornices, perdices, patos. Llegan con la ristra de aves muertas a sus casas y se las despachan escabechadas con satisfacción. Matar no hace llorar a un hombre. Son otros los motivos que les sacan lágrimas.

En cuanto a Michelle Bachelet, ha hecho una campaña limpia, pero ha guardado silencio donde quizás hubiera sido necesario demostrar fuerza de carácter, rabia incluso.

Pero no es fácil: cuando Insulza se enojó con un periodista alemán y salió de la entrevista furibundo, le aguantaron el exabrupto. Si le ocurre a una mujer, seguro que la sacan del cargo.

No es lo mismo ser hombre que mujer en Chile. Nos topamos con el carácter chileno, viril a concho. Quizás tenga que ver con los trescientos años de la guerra de Arauco. O con la ignorancia. Algo influye la religión. Sacan a relucir la carta de san Pablo, olvidando que Pablo de Tarso perteneció a su tiempo. Era moderno. Hoy día no la habría escrito.

Vivimos en un territorio áspero y difícil para ser mujer. Ganamos el derecho a la educación, al trabajo, administramos nuestro patrimonio, y muchas veces nuestro matrimonio. Pero no logramos deshacernos del miedo al hombre, que en Chile es violento y ejerce sobre la mujer (que cree le pertenece) una autoridad psicológica indesmentible y descalificante.

En cuanto al llanto, claro que los hombres lloran. Inventen un argumento más contundente. ¿O se avergüenzan de pensar que una mujer les dé una tunda electoral?