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Editorial
Año 4, Nº 97, Viernes 23 de diciembre de 2005
La Navidad que Tamara no tuvo
Francisco Martorell


Una difícil decisión tuvo que tomar la redacción de la revista para llevar en este número, ad portas de la Navidad, una portada que recuerda uno de los hechos más lamentables de los últimos años en violencia intrafamiliar.

Tamara Schayman, una pequeña que nunca supo de viejos pascueros ni regalos, sufrió el maltrato físico desde que nació y hoy, cuando se cumple casi una década del día que comenzaron los martirios que finalmente le provocaron la muerte, su caso está a punto de ser definido por la Justicia.

Toda la responsabilidad cae sobre el padre y éste, en primera instancia, arriesga una drástica condena.

Pero el caso de Támara y de ahí la cobertura que esta revista le da al tema, fue mucho más allá que una situación de violencia familiar. Dejó al desnudo en los 90 una serie de falencias en nuestra sociedad que permitieron que una menor, en el seno de una familia acomodada, fuera maltratada hasta el cansancio.

Tamara se reveló entrando en coma y nunca más salió de ella, hasta que encontró la muerte.

No lo hizo sólo contra su padre. También por aquellos que estando cerca, nada hicieron, callaron o miraron hacia otro lado.

La violencia hacia los niños no puede ser tolerada y la sociedad chilena la está ejerciendo cotidianamente. Hace unos días otro padre, desquiciado, arrojó a su hija de seis años de un séptimo piso. Las estadísticas dan cuenta de cifras aterradoras y paralizantes de maltrato.

Pero no es sólo eso. A veces se trata de golpes, otras por la indiferencia, las más por la desigualdad que existe en el entorno y casi siempre por las escasas oportunidades que se les otorga a los niños.

Una bofetada al rostro de nuestra niñez son los magros resultados obtenidos en la PSU por los alumnos de escuelas públicas. Menores que a veces llegan a rendir la prueba con promedios sobresalientes ni siquiera alcanzan el mínimo para postular a una carrera profesional. Otros que, teniendo las condiciones, no pueden continuar sus estudios porque deben ayudar al sustento de sus familias. Decenas de miles que logran estudiar y después no pueden trabajar en su vocación.

En cada uno de estos momentos, desde el maltrato violento y enfermizo, hasta la indiferencia, la sociedad chilena debe reaccionar a tiempo y no hacer distingos, de nivel educacional, social o económico. Todos los niños deben ser privilegiados.

En esta Navidad, cuando comparta alegremente con los suyos, recuerde que siempre hay alguien que lo necesita. Puede ser, incluso, el que está más cerca de usted. Busque su mirada. Utilice su tarjeta de crédito para regalar amor. No cobra interés y, además, le entrega puntos en felicidad.

El Periodista y todos los que aquí trabajamos, a veces con temas gratos y otras con asuntos penosos, le desea la más feliz de las navidades y que ojalá el 2006, a todos, nos traiga la mejor de las noticias.

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