Año 4, Nº 101, viernes 24 de marzo de 2006
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A tres años de la invasión a Irak, las dudas sobre la legitimidad de esta guerra siguen creciendo
Guerra de infamias y silencios
(Por Raúl Encina Tapia)En un esfuerzo especial, El Periodista ofrece este artículo exclusivo, preparado por el escritor e investigador Raúl Encina, que pone sobre la mesa no sólo las contradicciones de Washington, sino incluso el peso del "estratégico" oro negro para justificar una matanza que, a estas alturas, no es más ética que ninguna otra.


"La libertad no es algo ordenado, y las personas libres lo son para cometer errores, crímenes y maldades".

(Donald Rumsfeld. Secretario de Defensa de EEUU, en respuesta a los saqueos y otras atrocidades cometidas en Irak tras la invasión estadounidense).

Como muchos iraquíes ese día, el lunes 31 de marzo de 2003, Bakhat Hassan y su familia trataban de huir de los bombardeos. Pero cuando pasaban por el segundo de los puestos de control instalados por los soldados estadounidenses en la zona, fueron acribillados con ráfagas de ametralladoras.

"Vi cuando las cabezas de mis niñas se desprendieron de sus cuerpos", contó después Lamea, la esposa de Hassan, desde su lecho en el hospital. "Mi hijito también murió", agregó. El padre de Hassan, quien manejaba el vehículo, también fue asesinado. Lamea tenía nueve meses de embarazo. No perdió la criatura, pero sí el deseo de tenerla, porque lo más probable es que naciera muerta.

El 16 de marzo de ese año y ayudados por sus familiares más cercanos, Bakhat Hassan y Lamea habían comenzado la cosecha de tomates, pepinos y berenjenas. "Este año hubiéramos tenido una buena cosecha", explicó después, Hassan desde el hospital. "Teníamos esperanza, pero después vosotros, los estadounidenses, llegasteis para traernos la democracia y nuestra esperanza desapareció. Es mejor que mi esposa no dé a luz. Nuestras vidas ya se acabaron", añadió.

Imágenes de un Land Rover totalmente agujereado evidenciaron lo espantoso de la tragedia. Tanto, que casi todos los 17 ocupantes del vehículo terminaron muertos o heridos. Uno de los sargentos estadounidenses involucrados en el crimen, Mario Manzano, declaró más tarde: "Ha sido la cosa más horrible que he visto en mi vida y espero no volver a ver algo semejante jamás".

Sin embargo, la brutalidad del hecho no consiguió conmover al alto mando de las tropas de ocupación, ni tampoco a los "halcones de despacho" parapetados en Washington, que decidieron -contra la voluntad de Naciones Unidas y de la mayoría de los países del mundo- llevar adelante esta guerra, que ya lleva tres años de muertes y aún sigue sin fecha de vencimiento anunciada.


En el caso de estos crímenes, el Pentágono ensayó sus habituales desmentidos, a pesar de las declaraciones de sus propios soldados. Incluso, en un revelador testimonio recogido en el libro "El Imperio Incoherente. Estados Unidos y el Nuevo Orden Internacional", escrito por Michael Mann en 2004, la comandante de marina Bárbara Klaus sentenció: "Algún pobre marine volverá a casa con pesadillas sobre este tiroteo, sólo porque los líderes iraquíes no se preocupan por su propio pueblo"

MÁS MUERTOS, MÁS GUERRAS

En Afganistán, el productor y realizador de documentales Jamie Doran ha denunciado los horrores de la masacre de Mazar-i-Sharif, cuando después de una rendición pactada, más de 5 mil prisioneros talibanes fueron puestos en contenedores y acribillados. Otros detenidos corrieron una suerte no menos espantosa, porque tal como lo consignó el propio Doran en un artículo publicado en Chile por Le Monde Diplomatique en su edición Nº 23 (septiembre de 2002), un general de la Alianza del Norte -enemiga de los talibanes- denunció la crueldad con que actuaron los estadounidenses: "Yo estaba allí. Los he visto darles puñaladas en las piernas, cortarles la lengua, la barba. A veces uno tenía la impresión de que hacían eso por placer".

También en este caso, las respuestas evasivas, deplorables o los silencios fueron recurrentes en las autoridades norteamericanas. Aunque tal estilo no se limita a ambos crímenes, porque son muchas las preguntas que el Departamento de Estado ha dejado sin contestar. Incluso, sobre aspectos centrales de su política militarista, como los argumentos de fondo que han empleado para justificar las guerras con que han inaugurado este nuevo milenio.

Desde el horroroso atentado a las Torres Gemelas (World Trade Center, 9/11), la opinión internacional se ha visto permanentemente impactada por diversas imágenes llenas de brutalidad, que han trascendido a los medios de comunicación a pesar de los esfuerzos por acallar tales testimonios.

Las famosas bombas "tontas", que aniquilan a hombres, mujeres y niños, los asesinatos de soldados ya rendidos, las torturas a prisioneros de guerra o el salvajismo con que se ha tratado a la población de estos territorios ocupados no han dejado a nadie indiferente.

"Es la guerra", se dice, como queriendo explicar los costos de un conflicto que surgió producto de un hecho bestial. Pero, ¿sabemos acaso los verdaderos motivos que han ocasionado estas guerras? ¿Conocemos los nombres de sus responsables?


UN POCO DE HISTORIA

Las invasiones a Afganistán e Irak han tenido como principal argumento responder a los ataques que habría protagonizado el jefe de la organización terrorista islámica Al-Qaeda, Osama Bin Laden (Usama Ibn Laden), así como luchar contra el terrorismo y obtener la captura de su principal figura.

En septiembre de 2001, pocos días después del atentado al WTC, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, fue consultado ante el Congreso sobre las pruebas que tenía para afirmar que Bin Laden era culpable. Bush respondió: "No negociaremos ni discutiremos este asunto (...) No hay ninguna necesidad de discutir su inocencia o culpabilidad. (...) Sabemos que es culpable".

Asimismo, cuando un congresista le preguntó al Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuáles eran las "pruebas concluyentes" que vinculaban a Al-Qaeda con el presidente iraquí Sadam Hussein, simplemente respondió entre las risas de quienes lo rodeaban: "Sucede que no tenemos esas pruebas o que no queremos develarlas".

A la comunidad internacional informada le llamó mucho la atención que se tratara de vincular a Osama Bin Laden y a la red Al-Qaeda con Hussein, porque se sabe que Bin Laden no sólo no recibía apoyo del ex presidente iraquí, sino que era -y es- su enemigo declarado.

Argumentar que Hussein apoya o bien decir que "uno de estos días podría decidirse a ofrecer armas químicas o biológicas a un grupo terrorista" -como declaró Bush en referencia a Bin Laden- es francamente absurdo, porque tanto Osama como otros grupos podrían haber usado estas armas contra el mismo Hussein.

Como pruebas del repudio que siente Osama por Hussein están no sólo sus declaraciones contra el "socialismo infiel" o los "regímenes paganos" instalados en "la antigua capital del Islam" (Bagdad), en referencia indirecta a Saddam, cuyo nombre detesta pronunciar, tal como explica Michael Mann en el mismo libro citado antes.

De hecho, cuando Hussein invadió Kuwait en 1990, Bin Laden promovió acciones concretas contra él y ofreció crear una brigada internacional para luchar en su contra.

Es más, uno de los motivos principales de la "ruptura" de Osama con el régimen saudí se debe a que este último prefirió contar con los servicios de 400 mil soldados estadounidenses "infieles" y no con sus tropas en la tierra "de los dos Santos Lugares". Así entonces, Osama se "distanció" del gobierno saudí e incluso de su propia familia, que no compartiría sus inclinaciones "terroristas".

LAS RAZONES SAUDÍES

Parece probable que los saudíes "optaran" por la ayuda norteamericana debido a sus históricos compromisos con sus aliados estratégicos, tanto en el tema de los hidrocarburos como en el de la defensa militar. Al menos así lo cree Michael T. Klare, experto en seguridad internacional y destacado analista en temas de defensa.

En su libro "Guerras por los recursos. El futuro escenario del conflicto global", publicado en 2003, Klare explica que "la protección del régimen saudí es una constante de la política de seguridad norteamericana desde 1945, cuando el presidente Roosevelt se reunió con Ibn Saud y le garantizó la ayuda de Estados Unidos. Este acuerdo implicaba una contrapartida esencial, aunque tácita: a cambio de defender a la familia real contra sus enemigos, las compañías norteamericanas tendrían acceso exclusivo a los yacimientos petrolíferos saudíes".

No está demás recordar aquí, aunque sólo sea una curiosidad, que George W. Bush es pariente lejano de Roosevelt.

En cuanto a la "supuesta" distancia entre Osama y su familia, o entre éste y las principales familias multimillonarias saudíes, tampoco es tan clara. En un libro escrito en 2004, Loretta Napoleoni, experta en terrorismo internacional, aclaró que "antes del 11 de septiembre, el FBI trató de investigar a una organización musulmana, la Asamblea Mundial de la Juventud (World Assembly of Muslim Youth, WAMY), sospechosa de estar relacionada con grupos terroristas. No hubo éxito, aunque se supo que dos hermanos de Bin Laden intervenían activamente en ella: Abdulá Bin Laden, que era el director de esa ONG en Estados Unidos, y su hermano Omar. (&) Pese a todo, las investigaciones del FBI sobre la WAMY y su conexión saudí fueron repetidamente frenadas por la administración estadounidense. `El FBI quiso investigarlos -ha admitido Joe Trento, experto en seguridad nacional estadounidense-. No fuimos autorizados'. Las restricciones aumentaron después de la elección del presidente Bush, hasta el extremo de decírseles expresamente que `lo dejaran'".

Es quizás por lo mismo que las redes que han permitido el financiamiento de los grupos terroristas se han mantenido intactas después del 11 de septiembre de 2001. En el mismo libro, Napoleoni explica que "según un informe de la ONU sobre la financiación de Al Qaeda redactado el verano de 2002, la organización recibió 16 millones de dólares de Arabia Saudí tras el atentado al World Trade Center. Parece obvio que Bin Laden cuenta en Arabia Saudí con el apoyo de un gran número de seguidores, la mayoría de los cuales son exitosos hombres de negocios".


Sin embargo, y a pesar de los atentados al WTC, las relaciones "estratégicas" entre la familia real saudí -islámicos wahabíes- y el gobierno estadounidense no sufrieron mayores contratiempos.

De hecho, es de conocimiento público que tras los atentados en Estados Unidos, los miembros de la familia Bin Laden fueron rápidamente evacuados en un avión contratado especialmente para ese efecto y enviados con sus compatriotas saudíes, evitando así que cualquiera investigación judicial pudiese afectarlos.

Las cuentas de la WAMY tampoco se han congelado. Sólo recientemente el gobierno de Bush ha pronunciado declaraciones que podrían comprometer los intereses saudíes, sólo cuando la evidencia que los involucra parece inocultable, y sólo cuando las tropas norteamericanas han asegurado los fructíferos campos petroleros iraquíes, en los que se esconde la segunda reserva más grande del mundo de estos hidrocarburos.

¿Objetivo?: Afganistán

Aunque sus antecedentes son mucho más complejos, la historia de esta invasión podría comenzar en los ‘90, cuando tras mostrar un importante rol en la resistencia afgana a las tropas soviéticas (1979-1989), el general tayiko Ahmed Shah Massoud tuvo una destacada participación en el proceso unificador de las distintas etnias que habitan ese ancestral territorio.

Massoud había logrado reunir a la mayor parte de los muyahidín (literalmente "el que lucha en la Yihad o guerra santa") para tratar de construir un gobierno de unidad nacional. De este modo, tayicos, uzbekos y hazaras se unieron bajo el liderazgo del general Massoud.

Pero éste quería ir todavía más lejos. Sus planes incluían también a la etnia pashtun, que durante años había tenido disputas con las etnias del norte de Afganistán. La oportunidad se dio cuando las fuerzas pro-saudíes del Ittihad-i-Islami enfrentaron a las fuerzas shiíes del Hib-e-Wahdat. En ese evento Massoud se unió a los primeros, cuyo líder -Sayyaf- era de origen pashtun. Tal apoyo resultó significativo a la hora de derrotar de modo aplastante a las fuerzas shiíes.

Peter Marsden, investigador asociado del Collegue Queen Elizabeth House de la Universidad de Oxford y coordinador en esta área para el grupo el Grupo de Agencias Británicas de Ayuda a afganistán, publicó en 2002 el libro "Los Talibanes. Giuerra y Religión en Afgani

stán". Allí expone que massoud desconfiaba de otro líder afgano, Hekmatiar, a quien acusaba de ser "un instrumento de los intereses de pakistán en Afganistán, y veía cualquier acuerdo con él como una puerta abierta a la colinización pakistaní".

Finalmente, logró crearse un gobierno de unidad nacional bajo el liderazgo compartido de Massoud, Hekmatiar y Rabbani, con este último como presidente. Este gobierno duró en el poder hasta que un grupo de estudiantes islámicos surgido recientemente en Kandahar, los talibanes, los derrocaron.

Resulta difícil imaginar cómo un pequeño grupo, surgido "espontáneamente" en 1994, pudo adquirir tanta fuerza en un par de años como para llegar al poder. Sin embargo, el triple apoyo de los saudíes, el Inter Service Intelligence (ISI) de Pakistán y, sobre todo, de Estados Unidos, inclinaron la balanza a favor de los talibanes.

Según el propio Marsden, esto determinó que finalmente los pashtun se rebelaran contra un gobierno dirigido por el líder tayiko (igual que Massoud) Burhanuddin Rabbani. Curiosamente, el triunfo de los talibanes fue recibido con gran júbilo por la Casa Blanca ¿Motivos? Una posible razón la entrega el periodista John Pilger, en un artículo que publicó en el Daily Mirror el 29 de octubre de 2001: "Cuando los talibanes tomaron Kabul en 1996, Washington no dijo nada ¿por qué? Porque los líderes talibanes estaban a punto de partir a Houston, Tejas, donde los esperaban los ejecutivos de la compañía petrolífera Union Oil of California (Unocal). Con el consentimiento secreto del gobierno de Estados Unidos, la compañía les habría ofrecido una parte generosa de los beneficios que generaría la extracción de petróleo y gas, mediante un oleoducto que los norteamericanos querían construir a través de Afganistán".

Parece entonces plausible que la Casa Blanca hiciera algún "mérito" para apoyar a los talibanes en su guerra contra la Alianza del Norte, o que brindara apoyo a sus viejos amigos del ISI pakistaní y a sus "estratégicos" aliados, los saudíes wahabíes.

Citado por Loretta Napoleoni en el mismo libro mencionado antes, el escritor Ahmed Rashid despeja cualquier suspicacia: "Impresionados por la falta de escrúpulos del (movimiento) talibán -entonces emergente- y por su disposición a cerrar el acuerdo del oleoducto, el Departamento de Estado y la Inter-Services Intelligence Agency pakistaní acordaron suministrar armamento y dinero a los talibanes, para ayudarlos en la guerra que sostenían con la Alianza del Norte, es decir, los tayikos. Hasta 1999, el contribuyente estadounidense estuvo sufragando el sueldo anual de todos y cada uno de los funcionarios de la administración talibán".

pero las buenas relaciones continuaron. Otro artículo, escrito por Wayne Madsen y titulado " Afghanistan, the Taliban and the Bush Oil Team", menciona que cuando en enero de 2001 la Unocal retomó las relaciones con los talibanes,m el propio asesor Mullah Omar, Rahmatullah Hahsmi, llegó a washington gracias a las eficientes gestiones de Laila helms, relacioandora pública de los talibanes y sobrina del ex director de la CIA Richard Helms. Hasshami llevaba un especial obsequio del Mullah Omar: una valiosa alfombra afgana para George W. Bush.

 

NUEVOS ENEMIGOS

Pese a todo lo anterior, los talibanes comenzaron a transformarse en un problema de la noche a la mañana. Los negocios no resultaban según lo planeado, porque los talibanes parecían incapaces de sostener un trato económico y ser consistentes a la hora de cerrarlo. Por lo mismo, en el ejecutivo norteamericano pensaron que quizá había que hacer negocios con otros interlocutores.

Sólo entonces, el Departamento de Estado tuvo oídos para escuchar las numerosas críticas y denuncias que las organizaciones humanitarias venían haciendo desde hacía años respecto del trato dado por los talibanes a su pueblo.

Además, estos islamistas fundamentalistas eran culpables de un delito inaceptable: habían decidido disminuir drásticamente la producción de opio que había caracterizado por años al llamado "creciente dorado". Esto inquietó especialmente a la CIA y a sus amigos del ISI, quienes no estaban para este tipo de improvisaciones.

La heroína había sido durante décadas una fuente importante de ingresos, esencial cuando se necesitara dinero fresco para financiar las múltiples operaciones que los servicios de inteligencia no podían informar a los habitantes de sus respectivos países.

En su artículo "afganistán. La única victoria es la del opio" (2004), el economista y escritor Michel Chomssudovsky señala que uno de los objetivos "escondidos" de la guerra "era justamente el de restaurar el tráfico de la droga, patrocinado por la CIA, en sus niveles históricos y ejercer un control directo sobre la ruta de la droga. en 2001, bajo los talibanes, la producción de opiáceos se elevaba a 185 toneladas, para enseguida ascender a 3 mil 400 toneladas en 2002 bajo el régimen del presidente Hamid Karzai, marioneta de los Estados Unidos. Destacando la lucha patriótica de Karzai contra los talibnes, la prensa omitió mencionar que éste ya había colaborado con éstos últimos y que había sido empleado de una petrolera de los Eswtados Unidos, Unocal. En realidad, desde la mitad de los años '90, Hamid Karzai actuaba como consultor en la camrilla de Unocal en sus negociaciones con los talibanes".

NEGOCIOS SON NEGOCIOS

Que la CIA ha estado envuelta en el tráfico de heroína en el llamado "creciente dorado", o en actividades de apoyo al narcotráfico en otros lugares del planeta, es algo que ya había sido develado antes por personalidades como Michael Levine, ex agente encubierto de la Drug Enforcement Agency (DEA), quien estuvo en ese organismo por más de 25 años.

En 1996, Editorial Planeta publicó su libro "La gran mentira blanca". En él, Levine explica que "durante décadas, la CIA, el Pentágono y organizaciones secretas como la de Oliver North han estado apoyando y protegiendo a los mayores narcotraficantes del mundo. Esos bravos luchadores por la libertad en Afganistán, los muyahidín son los proveedores de gran parte de la heroína que se usa en Estados Unidos (…) El resto de la provisión de drogas para el hábito americano venía de otros grupos apoyados por la CIA, tales como el DFS (el equivalente mexicano de la CIA), el Ejército Unido Shan del Triángulo de Oro del Sudeste Asiático, o de otros grupos y/o individuos como Manuel Noriega. El apoyo a esta gente ha sido visto secretamente como de mayor prioridad que el limpiar las calles de drogas".

(Continúa en la próxima edición…)

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