Año 4, Nº 101, viernes 24 de marzo de 2006
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Alejandro Zambra, escritor:
"La literatura siempre te pasa la cuenta"
(Por José Ignacio Silva A.)Desde hace rato que el poeta y crítico Alejandro Zambra se posicionó como una de las voces más prominentes de la poesía joven, al tiempo que sus comentarios literarios sacaron sonrisas, pero también dejaron a la vera del camino a los escritores más pintados. Hoy, su primera novela "Bonsái" lo ha lanzado al ruedo no sólo en Chile, sino en toda Iberoamérica.


Encontrarse con Alejandro Zambra (1975), es chocar de frente con un animal literario. Uno cuyo sustento esencial son los libros que pueblan su nutrida y gozada biblioteca. Hoy, Zambra está lanzado al escenario central de las letras por su novela "Bonsái", editada por el prestigioso sello español Anagrama, el mismo que aloja al arcano mayor de la narrativa criolla, Roberto Bolaño, y al inefable Pedro Lemebel.

A pesar de su apariencia frágil y voz vacilante, Zambra ha sabido voltear pesos pesados, a punta de críticas descarnadas y asertivas, que jalonaron su carrera como mordaz comentarista de libros en medios como LUN y The Clinic.

Pero él no es un aparecido. Ya lleva en el cuerpo dos libros de poesía: "Bahía Inútil" (1998) y "Mudanza" (2003). Y hace años que participa en interesantes proyectos literarios -la mayoría con sus compañeros de generación-, como la revista literaria Humo, junto al poeta Andrés Anwandter, y también con una más que correcta labor editorial en el ocasional sello Ediciones Rottweiler y en las ya consolidadas ediciones de la Universidad Diego Portales (UDP).

La llegada a Anagrama de este profesor de esa casa de estudios fue de una simpleza que roza el absurdo. Como cualquier mortal, envió su manuscrito a Barcelona, con la gran diferencia de que tres semanas después el mismísimo Jorge Herralde le daba luz verde al proyecto desde la Madre Patria.

Herralde no ahorró elogios para Zambra y calificó la sensación que le causó "Bonsái" como "algo que se produce cuando lees muchos manuscritos y entonces uno de ellos te produce un escalofrío que te recorre la columna vertebral".

Un espaldarazo nada despreciable, que se materializó en un portátil volumen de no más de cien páginas generosamente diagramadas, cargado de referencias literarias y de personajes precarios y tenues, que se encierran a leer y a follar. Suerte de pequeña guía literaria al paso, "Bonsái" es una inquietante colección de historias que no se cierran.

Con todo ello, este lector omnívoro, animal literario, querido compañero de generación y hombre de familia (ha dedicado a su mujer dos tercios de toda su obra) está muy lejos de creerse el cuento. Su nombre comienza a sonar en toda Iberoamérica, pero sus ambiciones no son otras que seguir escribiendo y viviendo su día a día, aunque paralelamente su alter ego -ese escritor que Zambra se resiste a reconocer como él mismo- sigue creciendo y reforzando el nombre de un autor que ha pasado a la plana mayor de la literatura chilena, y todavía con un enorme futuro por delante.

La belleza mutante

¿Cómo nace Bonsái?

La idea es de hace unos cuatro o cinco años, aunque entonces pensaba en un libro de poesía. La imagen central era la de alguien que prefiere dedicarse a cuidar un bonsái en vez de escribir, pues siente que sólo así podrá consumar una obra de arte verdadera. Quiere conseguir un objeto vivo, que pueda morir. La idea me vino después de ver las fotos de la instalación "Wrapped trees", de Christo y Jeanne-Claude: allí aparecen imágenes muy bellas y perturbadoras de árboles envueltos, todo un parque envuelto, embalado. Quise acercarme a esa belleza mutante, improvisé con esa imagen en la cabeza, hasta que a comienzos de 2005, me di cuenta que iba a funcionar mejor llevarlo a la prosa.

¿Esta historia es tu historia?

Sí, aunque no muy literalmente. El Bonsái es la historia de unos jóvenes que quieren vivir la literatura, pero no les resulta. Quizás por eso pienso ahora que ésta es más una novela contra la literatura que a favor de ella: el problema de los personajes es que se creen el cuento, como Julio y Emilia, que quieren leer lo mismo, y, claro, no se puede leer lo mismo.

Miras con desconfianza el tema de "ser escritor"...

Es que es muy fácil aferrarse a las pequeñas certezas y a mí me pasa que en el fondo la literatura no se me da como una profesión, sino como una necesidad o un vicio. Las defensas no funcionan muy bien cuando escribes. La literatura siempre te pasa la cuenta.

¿Y te gustaría llegar a "ser escritor"?

Sí y no, depende de lo que signifique. Soy muy disciplinado al escribir, pero eso no garantiza que el resultado sea bueno. He publicado tres libros que en conjunto, y con algo de suerte, suman 150 páginas, o sea que no soy muy productivo. Pero escribo con regularidad. No creo en la figura social del escritor, ese tipo que está obligado a aparecer diciendo cosas como `el mundo está lleno de buenas historias', o `a veces ficción y realidad se me confunden'. Como lector me siento más seguro. Más seguro, al menos, de mis arbitrariedades, de mis prejuicios.

¿Qué significa llegar a una editorial como Anagrama, que es algo a lo que hartos escritores chilenos y latinos aspiran?

En un principio sentí una mezcla de felicidad y pánico, pero el pánico ya se me pasó, me he sentido muy a gusto.

El valor de escuchar

Tú dijiste una vez que el escritor debe atender a todos los estímulos, ¿cuáles te han influido?

Todo: la prensa, la radio, la televisión, el lenguaje de la calle, conversar con mi mujer y con la niña. Salir a la calle, en especial, siempre es una experiencia, siempre quedas con frases en la cabeza y hay textos que nacen como la prolongación natural de esas frases. Uno descubre muchas más cosas escuchando cómo hablan las personas que leyendo.

¿Es un sello en ti la escritura breve?

No sé, no creo. Al principio, cuando empecé a escribir, creía que sí, pues tenía muy encima las lecciones de Pound, esa frase de Pound que le gustaba tanto a Raymond Carver: "La única moralidad del aserto es la exactitud". Yo creo en esa exactitud, que también está en Flaubert o en González Vera o en Adolfo Couve, pero eso no condiciona la extensión de un poema o de una novela.

¿Te crees capaz de escribir un libro de 700 páginas?

Vamos a ver (ríe): Bonsái es una novela muy larga, que yo preferí escribir en 90 páginas. En el libro hay historias que quedaron sin contar, y quizás las retome o quizás no. Pero no creo mucho en las extensiones, no soy un militante de las novelas cortas. En realidad, no tengo idea de qué es lo que voy a escribir en adelante.

Otro sello tuyo es la mezcla de géneros. Como que no te casas mucho con nada. ¿Puede ser ese el futuro de la literatura, que los géneros se crucen y contagien unos a otros?

Es que se vienen contagiando desde hace tiempo. Una cosa es cómo aparecen los libros formalmente, pero es más importante desde qué lugar estético y social nacen los libros. Desde siempre ha habido mezcla de géneros, aunque, claro, cada media hora sale algún despistado descubriendo la pólvora. Creo que toda buena obra literaria destruye los géneros, los reordena, y eso no significa que vayamos a escribir novelas en verso o poemas en prosa, quiere decir que la literatura como tal no tiene una identidad. Yo no sé si mezclo géneros, sí sé que los libros se me aparecen como libros, y no como series de poemas o de cuentos.

¿Qué momento en ti es más beatífico?, ¿el del escritor, el del profesor, el del crítico o el del lector?

El de lector, lejos. Hice crítica literaria desde esa perspectiva, desde la del lector. Mi columna era incluso bastante predecible, se podía saber de antemano qué libros me iban a gustar y cuáles no. Disfrutaba de ese trabajo porque consistía en leer, pero muchas veces también lo pasé pésimo porque tuve que leer libros muy malos, y también porque criticar libros es una responsabilidad enorme.

La crisis de la crítica

Unido a eso, ¿cómo crees que está hoy la crítica literaria en Chile?

Yo creo que, como dice el estribillo, la crítica siempre está en crisis, es su función. Me parece importante que se escriba crítica literaria, y que se escriba bien, más allá de los ajustes de cuentas o la lógica del crítico evaluador.

¿Existe esa calidad en Chile?

Creo que sí, hay algunos que la tienen. Más me molesta la moda de la semi o seudo crítica literaria. Hay muchos analistas culturales, muchos inspectores de patio opinando, haciendo grupos, listas, improvisando mucho. Hay mucha prisa, mucho relleno, muchos "gestos políticos", muchos expertos en tirar titulares y titulares y nada más que titulares. Ese espacio se confunde con el de la crítica, que es, en cambio, algo súper definido: hay un libro y alguien que habla de ese libro. Y ese alguien debe ser responsable de lo que dice, lo que a veces significa ser muy pesado y golpear la mesa, y otras hablar desde la duda o desde la genuina admiración. Me cargan los críticos que no son capaces de admitir que un libro los ha desconcertado o cautivado.

¿Mucha improvisación?

Es que, como mínimo, hay que conocer la naturaleza del problema del que estás hablando. Resulta fácil hablar de cultura con ese tufillo institucional que se ha juntado con ciertas modas teóricas. No sé. Que de pronto se hable de la "deslugarización del ente hegemónico que se autoredeconstruye a partir de la simbiosis de lo público y lo privado" me parece cómico y terrible. En esa frase (y no exagero, cosas así se publican a cada rato) hay mucha ignorancia, una ilusión de inteligencia que da risa y pena. Lo que echo de menos es un poco de inseguridad. Me parece que están todos muy seguros de qué es la literatura, y eso es verdaderamente muy extraño.

¿Temes que alguno de los escritores que has criticado se tomen venganza?

Mira, no voy a opinar sobre lo que digan de mi libro, pues no creo que corresponda. Me ha llegado uno que otro sablazo, pero bueno, qué le vamos a hacer.

A estas alturas, ¿te sientes menos inseguro a la hora de escribir?

Me equivoco menos, pero igual me equivoco. Siempre siento una inseguridad tremenda, una constante sensación de inseguridad.

Supongo que tienes claro que se te abre todo un panorama nuevo, ¿qué te traes entre manos?

Estoy escribiendo, no sé aún si va a salir un libro de relatos o una novela, pero con seguridad se va a llamar "La vida privada de los árboles". Hasta ahora lo que más me gusta del libro es ese título, que ni siquiera es mío, pues lo tomé de un poema de Andrés Anwandter. También he pensado en hacer algo con algunos poemas que tengo guardados, pero cada vez que los reviso los escribo de nuevo.

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