Año 4, N° 119, jueves 7 de Diciembre 2006

Siglo XXI

Derecha, izquierdas y la economía

En un esfuerzo de síntesis es posible sostener que la Guerra Fría, aún en su mayor expresión política, finalmente fue superada en virtud de la economía.


El establecimiento del Consenso de Washington en 1989 determinó los principios rectores del modelo de sociedad que hasta el día de hoy prevalece a lo largo y ancho del mundo. En este proceso, la máxima y mas codiciada herramienta de generación y dominación de una sociedad, como es el Estado, ha tenido que replegarse y dejar espacio para la irrupción del mercado como protagonista en el diseño de nuevas sociedades, donde, por ejemplo, lo individual, lo local y lo global se intersectan dando como consecuencia un panorama complejo y de alta conflictividad en ambientes y niveles que antes resultaban opacados por la capacidad de coerción del Estado y por los principios ideológicos asociados a él, ya sea que fuesen de claro signo socialista o liberal. Cada uno de ellos utilizaba al Estado como un instrumento de poder que lograba configurar sociedades totalitarias o de democracias claramente limitadas que respiraban una libertad que no lograba ser procesada íntegramente por la sociedad. En este esquema, y siempre en la línea de la síntesis, la democracia era el resultado de una fórmula política que distribuía el poder conforme los intereses de los grupos dominantes, normalmente asociados a la propiedad, ya sea en su expresión estatal o netamente privada. De esta forma, los modelos de sociedad resultaban ser el correlato de una visión vertical que determinaba, finalmente sus límites y contenidos. En este esquema, si la revolución industrial y el capitalismo necesitó del desarrollo de un Estado omnipresente y coherente con las exigencias provenientes de su plataforma económica y el desarrollo científico asociado a éste, la globalización vuelve a colocar su acento en las condiciones económicas asociadas al desarrollo del conocimiento, en la medida que ello involucra un cambio radical en el proceso productivo pero no precisa de un Estado con similares características al existente hasta ahora.

Al modificarse la estructura de poder, el Estado deja de poseer la exclusividad en el delineamiento e imposición de un modelo de sociedad, quedando con el no menor objetivo de ser su orientador junto a actores que emergen como expresión de una sociedad que asume grados de libertad y confronta al Estado en sus distintas expresiones. En esta lógica, el conflicto político e ideológico se expresa en la incapacidad de articular la relación entre sociedad, Estado y las distintas expresiones de poder no estatales.

De esta forma, tanto las derechas como izquierdas de siglos pasados quedan sometidas hoy día a la impronta avasalladora de un cambio radical y profundo que pone en duda los modelos de sociedad de origen ideológico y deja desactualizados las propuestas de una diversidad de partidos políticos que se definían a partir de los extremos, ya sea de derecha o izquierda.

Por ello, no resulta extraño que la principal debilidad del Estado y la democracia, hoy por hoy, se exprese en al menos cuatro ejes, relacionados directamente con la influencia decisiva de la economía: el resguardo del medioambiente, cuyo centro es preocupación por las condiciones de sobrevivencia humana y productiva para el futuro; el respeto a los derechos humanos, asociados a la exigencia de una calidad de vida mínima y accesible para todos en el ámbito laboral, educacional, sanitario, acceso a la salud, vivienda y otros; la validez del conocimiento, que deja de estar centrado únicamente en el método científico sino que acepta y se abre al sentido común de la naturaleza y al entendimiento de fórmulas mas complejas para explicar e interpretar la realidad y la vida, incorporando un componente ético que si bien es transversal a los otros ejes, en éste tiene una especial relevancia asociado a la aceptación y aplicación de los descubrimientos científicos; y, finalmente, la tecnología cuya expresión en las comunicaciones, el acceso a la información y su desarrollo enfatiza la interacción bajo criterios de instantaneidad y el acceso en tiempo real, donde lo local y lo global se confunden.

Todo lo anterior es para mostrar que el siglo XXI se mueve sobre una realidad que difiere sustantivamente de la existente en otras centurias. Al efecto, hoy día tenemos que los antiguos partidos de izquierda resultan ser defensores de la economía de mercado aun cuando sostengan un discurso antiglobalización. A su vez, los llamados partidos de derecha enfrentan la paradoja de que siendo hinchas de la economía de mercado, su capacidad para manejar el Estado en condiciones de actor no exclusivo no resultan creíbles para muchos ciudadanos. Expresado de otra manera, la globalización genera una plataforma económica común desde donde emergen los estilos de conducción del Estado y del ejercicio del poder y no como sucedía antes que la economía era la variable dependiente que se administraba desde el Estado. Quien dominaba el Estado estaba en condiciones de imponer el modelo de sociedad y el modelo económico asociado a ello.

De esta manera, por ejemplo, si antiguamente la corrupción era considerad parte del juego político de quienes competían por el dominio del Estado, hoy día pasa a constituirse en una amenaza cierta al desarrollo de una democracia que no depende exclusivamente de quien esté en el poder. Eso implica, por lo pronto, que si se desea superar la amenaza y, por tanto, neutralizarla, será insuficiente con medidas que sólo surjan del Estado sino existe una inclusión cooperativa de otros actores que hoy día están excluidos de la ecuación de poder de los partidos y el gobierno.

La democracia chilena ha terminado refugiándose en el siglo XX, antes de asumir el desafío de avanzar hacia una construcción democrática del siglo XXI. Se desconocen actores y, tal vez lo más relevante, se ignoran las tendencias políticas prevalecientes en este nuevo siglo que entregan elementos de igualdad respecto a democracias otrora más desarrolladas pero susceptibles a recibir el impacto de similares amenazas.

Los partidos políticos por su parte, viven a ojos de la ciudadanía, el ocaso de su reinado democrático y lentamente dejan espacios para la generación de liderazgos que mezclan de manera diversa componentes socialistas, liberales, comunitaristas, anarquistas y revolucionarios del siglo anterior, pero que responden a lógicas sociales que claramente están instaladas en una época donde la sociedad exige respeto a sus derechos políticos, humanos y sociales de una manera eficiente y oportuna. Esto queda reflejado de manera nítida en el debate electoral de las últimas diez elecciones que se han producido en América Latina en los últimos 18 meses. En la práctica, los ideólogos de los partidos no han logrado diseñar el modelo de sociedad que retorne el control hacia las esferas tradicionales del poder, solamente han avanzado en ser buenos programadores de propuestas electorales, pero no ha diseñado el método tendiente a integrar una nueva realidad que brota por todos los poros de la sociedad.

A modo de corolario, podemos decir que mientras más se insista en concentrar el poder en el Estado como solución a los problemas sociales, o mientras más se insista en que la conducción política se limita sólo al diseño de políticas públicas, la posibilidad de construir una democracia que satisfaga las expectativas e ideales de la sociedad se aleja cada vez más. En este sentido, la corrupción es sólo la punta de un iceberg y la solución a partir sólo del Estado/Gobierno constituye el reconocimiento implícito de una debilidad política y metodológica que con certeza no hará desaparecer el iceberg y escasamente ocultará su punta.