Año 5, N° 120, viernes 22 de Diciembre 2006

Vale el escupitajo

“Imaginamos el rubor que estos funerales le causaron a quienes desde la Fuerzas Armadas sinceramente están empeñados en reclutar contingentes y sumar acciones de verdadero amor a la Patria y respeto por los valores democráticos”


La prensa mundial dio cuenta de la muerte y los funerales de Augusto Pinochet recordando la forma en que éste llegó al poder y los largos años en que su gobierno violó sistemáticamente los derechos humanos. Medios de comunicación de toda la Tierra que lo señalaron como un dictador que escapó jabonadamente de la justicia internacional y que falleció acosado por imputaciones fundadas de homicidio, secuestro, enriquecimiento ilícito y otros delitos. Con desprecio a su figura, el periodismo extranjero consignó la muerte y las exequias y celebró la decisión de la Presidenta Bachelet de no rendirle honores como jefe de Estado. Llamó la atención mundial la fotografía del cadáver de Pinochet saludado por el ritual nazi de algunos jóvenes y el atinado escupitajo que le lanzó al féretro el nieto del General Carlos Prats, asesinado junto a su esposa en Buenos Aires por disposición de la DINA.

En nuestro país medios escritos le dieron especial cobertura a los funerales y se han prodigado en reconocimientos a su personalidad y gobierno. Le han asignado, incluso, el título de modernizador del Estado y han querido liberarlo de sus responsabilidades políticas y judiciales en los crímenes, el aumento de la pobreza, la desnacionalización de nuestra riqueza, la corrupción y tantas otras lacras de su administración de facto. Lo último que han dicho es que Pinochet fue despedido multitudinariamente por el pueblo de Chile, cuando los balances más optimistas no suman más de 50 a 100 mil personas las que concurrieron a su sepelio. Funerales acotados, por cierto, a la Escuela de Militar y cenizas que son entregadas a la familia en el reconocimiento de que no existe cementerio o institución castrense dispuesta a mantenerle una cripta para veneración pública.

Situación que incluso contrasta con la de otros tiranos y caudillos que, pese a sus despropósitos, mantienen adhesión y reconocimiento por algunas virtudes o logros.

Toda una visión mediática que no se ajusta a la realidad y que busca culpabilizar a las autoridades de "no haber tenido la grandeza" de un gesto reconciliatorio con el pinochetismo, como si el buen criterio y la solvencia de los líderes radicara en la contemporización, la frivolidad y la impunidad. Entendemos que quienes profitaron de la Dictadura, se enriquecieron gracias a ésta y lograron notoriedad pública como colaboradores hayan tenido "el buen gusto" de apersonarse ante su cureña. Sin embargo, tienen más mérito ciertamente quienes se abstuvieron de asistir aún cuando estuvieron vinculados a la Dictadura. Siempre y cuando es el arrepentimiento y no el oportunismo lo que los hace desperfilarse del error y los horrores del pasado.

Por el contrario, lo que hay que lamentar es el silencio, las dudas o las expresiones equívocas de algunos pocos dirigentes oficialistas con ocasión de la muerte de Pinochet. Artículos y entrevistas en que se justifica el proceder del golpismo en 1973 y se avienen a reconocer algunos logros económicos. Cuando en el gran balance lo que resultan evidentes son la cobardía armada, la traición y el desprecio por los valores republicanos bajo las órdenes del imperialismo y los grupos fácticos internos afectados por el gobierno de Allende. Tanto así como la terrible inequidad que a todo nivel y hasta hoy permanece luego de la estrategia económico social del capitalismo más salvaje y lacayo de nuestra historia. Además, claro, de la dramática cantidad de víctimas ejecutadas por los soldados y las armas que hoy se suman a una trayectoria militar salpicada de odio contra la población chilena, especialmente los pobres y jóvenes.

Imaginamos el rubor que estos funerales le causaron a quienes desde la Fuerzas Armadas sinceramente están empeñados en reclutar contingentes y sumar acciones de verdadero amor a la Patria y respeto por los valores democráticos. Especialmente a la hora que el pinochetismo delirante entonó esa infausta estrofa de la Canción Nacional en que se le reconoce a los soldados el título de "valientes", como el de haber sido "de Chile el sostén", asociándolos a la tragedia que Pinochet y sus secuaces desataron con el bombardeo a La Moneda. Acción que, por supuesto, tuvo entonces muchos cómplices, algunos de los cuales hubieran preferido que la Presidenta encabezara el sepelio y los poderes del Estado le dieran una despedida oficial a un criminal y un ladrón, adjetivos sabiamente asignados por la inmensa mayoría del pueblo y que, al menos esta vez, debe consignar definitivamente nuestra historia.