Año 5, N° 121, Viernes 12 de Enero 2007

José Carrasco



Finalmente, como ya lo sabíamos hace más de 20 años, quedó establecido judicialmente el 28 de diciembre de 2006 que un grupo de civiles y militares, adscriptos a la Central Nacional de Informaciones (CNI), secuestró y asesinó brutalmente en 1986 al periodista, dirigente gremial y editor internacional de la desaparecida revista Análisis, José Carrasco Tapia de 44 años.

La Justicia, que tardó dos décadas en dictar sentencia, condenó a los responsables, todos agentes del Estado y mandó, además, indemnizar a la familia del periodista y a las de los otras tres personas asesinadas tras el atentado contra Augusto Pinochet Ugarte.

El hecho, más allá de las informaciones periodísticas, una reacción de sus ex compañeros y el beneplácito de familiares. Amigos, abogados de DDHH y del Colegio de Periodistas, no concitó mayor atención en la ciudadanía. Fue superado por los escándalos, las denuncias de irregularidades y los dimes y diretes en los partidos políticos.

En la pasada dictadura, casi 40 trabajadores de Prensa perdieron la vida, cientos fueron torturados, encarcelados o sufrieron el exilio. La primera víctima del régimen, como lo sabemos, fue la libertad de expresión. Acalladas y hasta bombardeadas las radios, clausurados los diarios, cerradas las revistas, fue fácil imponer la censura que hoy, sin duda, todavía sirve como excusa para los que miraron hacia otro lado cuando en Chile se hizo tenebrosamente de noche.

José Carrasco Tapia, periodista, colega y amigo, murió de 13 balas, la mayoría en la cabeza.

Cuando sus captores lo fueron a buscar, a su casa, desde la que había tratado infructuosamente de cambiar la portada de la revista que saldría al día siguiente porque estaba desactualizada tras el atentado, sólo atinaba a decir que era periodista, un profesional que usaba su maquina de escribir para contar lo que veía.

Su muerte se convirtió en un símbolo y hoy son cientos los estudiantes que lo recuerdan, hay calles que llevan su nombre y el principal auditorio de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile fue bautizado como José Carrasco Tapia.

La condena de los autores de su homicidio, entonces, no puede ser un punto final sino un llamado de alerta para que, efectivamente, nunca más se maten las ideas, se estrangule el pensamiento o se asesinen las palabras. Se trata, únicamente, del primer paso para los gestos que, a partir de hoy, deben hacerse para que se entienda que cuando se liquida a un periodista, es toda la sociedad la afectada, lo más preciado de ella, aquello que le permite crecer en la diversidad y el pluralismo. En libertad.

Hay uniformados y civiles, todos CNI, que recibieron la orden de un general de Ejército, para matar a un periodista. Nadie puede mirar para otro lado. Las instituciones armadas, que no deben heredar nada del pinochetismo, sin embargo deben construir una barrera impermeable a estos hechos.

El silencio, ante la condena, no sirve para el futuro, no proyecta un Nunca Más, no contribuye a la construcción de un Chile de hermanos. La Justicia ya habló lo que sabíamos. Faltan los gestos.