Año 5, N° 121, Viernes 12 de Enero 2007

PROMESAS INCUMPLIDAS


 


A fines de diciembre pasado, estaba en la población La Bandera, al sur de Santiago, concluyendo el borrador de mi texto para El Periodista anterior, cuando en la casa -construida y electrificada por sus propios moradores, como sucede en todas las poblaciones pobres de Chile- se produjo un corte circuito que quemó la pantalla del computador portátil que me había regalado mi amiga Claudia. Anochecía y los traficantes iniciaban las primeras manos de sus juegos de cartas; la hora en que se juegan sus destinos y el nuestro también (su negocio es creciente); la hora en que empieza el desfile de los compradores y compradoras que buscan olvidar / borrarse de la marginalidad. La hora de la constatación del "éxito" del mercado neoliberal, de su ya insoportable inequidad que enceguece un ojo de Chile a golpes y le "alegra" el otro con adornadas vitrinas y tarjetas de crédito. La libertad de elegir, la libertad de consumir, la libertad de esclavizar.

 

Hace calor en la capital. Tomo mi bolso de viaje y me encamino hacia el Terminal de Buses. Somos sombras apenas en las calles mal iluminadas. Mientras espero el metro bus escucho los primeros disparos de la noche (un cumpleaños, un santo, una serenata, un casamiento, un bautizo, algún "ajuste de cuentas"). Sentado en la micro, pienso en las iluminadas avenidas del barrio alto y en sus perfumadas muchachas y muchachos a los que intentan imitar –sus modos de vestir, sus músicas, sus menjunjes- las contadas / contados profesionales, que cansados o aburridos, regresan aún a sus barrios; muchachas y muchachos que ayer soñaron con un mundo mejor. Pero estoy hablando nada más de la pequeña realidad que conozco. A pesar de todo, los obreros y obreras pasan sonriendo todavía a la esperanza. Pienso en "Los Hombres Oscuros" y en "La Sangre y la Esperanza" de Nicomedes Guzmán; en "Este no es el Paraíso" de Luis Rivano.

 

Estoy contento, regreso a respirar el aire de mi Región Mapuche. Tal vez me esté esperando la llovizna. En la estación del Metro Universidad de Santiago prosigo mi escritura, hay un par de trabajos que debo revisar. El tiempo pasa, el bus se va sin mí. Bueno, mañana será otro día -me dicen. Llegué a Temuko atardeciendo. Había muerto el dictador, tan desembozadamente protegido por los "campeones de la democracia": la derecha falsoamnésica, y –encubiertamente- por aquellos "progresistas" que constantemente trabajan para pasar con nota máxima su examen de demócratas ante ellos. Qué paradoja.

 

Mi columna "Que ningún lugar lleve su nombre" debió tener como final: "Sólo, y por último, decir: que ninguna calle lleve su nombre; que ningún parque ni plaza ni monumento lleve su nombre; que ningún lugar lleve su nombre.

 

Mas, parece que ha partido para quedarse. El Estado (¿somos todos nosotros?) continúa su tarea ‘pacificadora’, y una vez más ejerce la violencia en contra de nuestra gente en Temucuicui y se la detiene -haciendo uso de la irregularidad legal- en Ercilla. Setenta días en huelga de hambre cumplió nuestro hermano prisionero político Waikilaf Cadin Calfunao. El ‘Estado gendarme’ -como dijo Gabriela Mistral- no ceja en la represión de nuestra gente. Una vez más el robo de discos duros de las computadoras del Observatorio Indígena en Temuko. Esperamos –ahora sí, por fin- un firme pronunciamiento de las autoridades de gobierno, como lo manifestó el abogado José Aylwin. Nosotros estamos por el diálogo, como lo reafirmó nuestra gente que solicita que la Presidenta cumpla su palabra empeñada en el Encuentro de Imperial. Aún nos queda ‘paciencia’. Nuestra lucha es por Ternura. Es en defensa de nuestra Madre Tierra y de su cultura. Es en defensa de nuestros derechos como seres humanos".

 

Pero no hubo ningún pronunciamiento. Nuestra gente sigue presa, acusada de "terrorismo". Se militariza la zona del lago Lleu Lleu (se protege a los depredadores, a las forestales). No hay noticias de ratificación del Convenio 169. Etcétera. ¿Será también la tónica del 2007? Entonces, ¿qué hacer?