Año 5, N° 125, Jueves 5 de Abril 2007

Un desorden organizado

“Estamos en la Edad de Piedra. Esa, al menos, es la que va ganando. Piedras contra los jueces, piedras contra los bienes públicos, piedras contra los carabineros, piedras contra los automovilistas que van por las grandes avenidas”


Vendieron bien la idea. No que nos preguntaran, sería como mucho. Ya sabemos que una cosa es hablar, otra es mostrar en powerpoint cifras y datos esquemáticos. Otra consiste en llevar a los transantiaguinos de la Ceca a la Meca a la Tortoleca para dejarlos, en alguna boca de Metro cerrada a machote o con semáforo.

En realidad, los únicos trans somos los ciudadanos condenados a subirnos (si fuera posible) a las micros llamadas buses después que las enchularon de múltiples colores. A los de Cerro Navia, que no tienen un pelo de tontos, les cayó como patada que les pusieran micros grises. No las aguantaron. Bien hecho. Pero a la población de Santiago -los de la infantería- no les queda otra que echarse a caminar cuadras y cuadras a ver si logran llegar a los buses acordeón. Ello ocurre a las cinco de la mañana, con la ciudad oscura y solitaria, brumosa, dispuesta para darle mejor servicio a los delincuentes habituales, a los escolares asaltagente, a los que apedrean sin misericordia ni inteligencia todo bien público y privado que se les cruza en su camino de marabuntas.

El Transantiago es un desastre. Y caro, más encima. Y sin transparencia de ninguna especie. Y sin paraderos cubiertos ni calzadas solo para buses, ni planos comprensibles. Pura tecnología. Esa es la moda. Tecnología estilo Condorito, claro. A puro alambrito, palabrería y engaño. Damos un salto al futuro. Seguro. Estamos en la Edad de Piedra. Esa, al menos, es la que va ganando. Piedras contra los jueces, piedras contra los bienes públicos, piedras contra los carabineros, piedras contra los automovilistas que van por las grandes avenidas.

Pero los jueces están en otra. Ellos quieren que no los molesten los flashes de las fotografías, que los periodistas no entren a las salas de la corte, que no los molesten mientras deambulan por los Tribunales. Los jueces son delicados. ¿No serán de porcelana, y no tendrán mucho más miedo que nosotros?


Los mortales de Chile han aprendido a convivir con el miedo, la basura, el desorden, el abuso, las mentiras, la cesantía que cae sobre cualquiera por sorpresa, y más encima les quitaron asientos en las micros y el sueñecito que se echaban de ida y vuelta de sus trabajos pasó a la historia. De pie, sin apoyo, difícil hasta cerrar los ojos. En un libro escrito por Constancio C. Vigil leí en mi infancia que las lagartijas dormían con los ojos abiertos. ¡A ensayarlo, trabajadores de Chile! ¡Aprender a dormir con los ojos abiertos y caminando! Esta parece ser la única manera de resistir el ataque a mansalva que nos han propinado.

Los adolescentes arman la grande. Se desgranan por la ciudad dejando tras de sí una capital demolida. Pero la culpa es de los padres. ¿Dónde están esos padres?, preguntan los ministros, no todos ellos libres de que les lancen la primera piedra. Después de todo, los hijos del poder no son santos, sus padres (y sus madres) trabajan en ordenar y mandar el país, mientras los más modestos, esos que no sacaron beca alguna pero se sacan la mugre trabajando (y agréguele tres horas de viaje) parecieran ser los únicos padres despreocupados. Qué tanto jorobar con frases hechas. Qué desfachatez cargar, para variar, con los más débiles.

Los adolescentes en manada no son débiles. Son imparables por la policía, a la que dirigen unas especies de boyscouts que les enseñan a cuidarse de la violencia propia, no la ajena. ¿Qué nos quieren decir?

Supongo que seguimos con la psicosis anti DINA, con la pretérita idea de que la policía no está hecha para protegernos y es un peligro social. Pero los carabineros están para guardar el orden y no para amparar a los desordenados porque son niños. Patiño, Patiño, esas cosas no son de niños…

La policía o ha recuperado su estatus o hay que cambiar al contingente. Si no confían en los carabineros para poner orden, ¿qué esperan? ¿Qué resucite Pinochet y saque sesenta mil soldados a la calle? ¿Qué le pasa a este gobierno, especializado en desgobernar a calzón quitado?

¿Dónde está el mal, señores gobernantes de los tres poderes? ¿Dónde pondremos el límite a las conductas irreconciliables con la justicia, la familia (de la que hablan tanto mientras la desarman), la escuela, la universidad, la vida cotidiana? ¿Dónde está el mal que tranquilo nos baña mientras los asaltantes salen en libertad después de falta de pruebas? Si ya parecen hámster dando vuelta en su rueda. Pero los adolescentes y los niños salen a las calles a destrozar lo que odian.

¿Qué odian tanto?

En mi experiencia, una sola cosa detestan los hijos: que nadie les pare el carro. Que cuando piden auxilio frente al desborde de sus hormonas adolescentes, sus iras sin contención, sus frustraciones escolares, sus sueños reventados, sus soledades, sus casas a medio destruir, a medio construir, los padres evanescentes o agotados, las madres ocupadas al regresar de noche en limpiar y cocinar y planchar y hasta cocinar el almuerzo para el día siguiente, que quienes les dieron la vida no les digan ¡hasta aquí no más llegaron! ¡Se acabó! Y, por supuesto, la palabra excluida en la nueva moral: PROHIBIDO. Y el concepto que desdeñan: "Mientras viva en mi casa, mando yo y se hace lo que digo. Usted no sabe aún lo que le conviene".

O sea, disciplina.

A estas alturas no sé qué es la nueva disciplina. Sé lo que es la nueva cocina, la nueva mujer, la nueva onda, la nueva vejez, que se apoda "tercera edad".
Pero en verdad no entiendo qué piensa hacer el gobierno para ordenar las cosas.
Y como no lo dicen, lo adivino.
Quieren que lo pequeño se coma lo grande.
Que no se diga que aplican el liberalismo salvaje en un país ya lo suficientemente salvaje.
Que no se diga que son excluyentes. Que los niños y adolescentes aprendan lo que nadie les enseña.
Que no se note el fracaso de la educación.
Que nadie sospeche que se dieron por vencidos frente a las ansias que despertaron.
No quieren decir lo que todos dicen: "Es que estamos en Chile, pues…".
Qué mal fin para un año que prometía una Patria Nueva.