Año 5, N° 128, viernes 18 de mayo 2007

Follow the money

“Pareciera, aunque no existen pruebas, que hay ciertos ‘geniecillos malignos’, diría Descartes, que están empujando al Transantiago hacia un caos total”


Responsabilidad y desideologización.


Dos palabras que escasean hoy en el léxico chileno, en medio de una situación política complicada, cuando pareciera que las elecciones presidenciales son mañana y no en diciembre de 2009.

Esta revista, desde que se comenzó a esbozar el plan de transporte capitalino, tuvo un ojo alerta y previó las dificultades que se producirían si es que no eran las empresas mundialmente afamadas en el ramo las que tomaban las riendas y si, además, el modelo financiero se sustentaba en la tarifa. Hicimos periodista anticipativo.

La idea de que fueran los privados, únicamente, los que contribuían económicamente a la puesta en marcha del sistema no parecía ser la más apropiada. El Estado, aquel denigrado que algunos dicen que debe jibarizarse todos los días, no podía estar ausente en el modelo, como no lo está en casi todos los países donde la gente es dignamente transportada.

Los hechos, en estos más de 3 meses, nos han mostrado cuán certeros fuimos en el análisis.

Por ello, quizá, ahora podemos levantar nuevamente la voz y no para criticar a los que diseñaron el sistema, mucho menos para los que lo implementaron, sino para hacer un llamado a la prudencia y a buscar soluciones entre todos, responsable y desideologizadamente.

No por ser viejo, aquel refrán de que ha río revuelto, ganan los pescadores, deja de ser correcto. Y pareciera, aunque no existen pruebas, que hay ciertos ‘geniecillos malignos’, diría René Descartes, que están empujando la situación hacia un caos total. Nada funciona, los plazos no se respetan y se producen accidentes o mermas de máquinas que, a esta altura de los hechos, debieran llamar nuestra atención.

No se trata de creer que la oposición pueda estar detrás de esto, porque no es así, pero su discurso no debe fijar sus ojos en las próximas elecciones. No va por ahí la cosa. No piense en un complot. Tampoco se arreglan las cosas negando la sal y el agua.

El transporte público, en una ciudad de más de cinco millones de habitantes, genera activos muy abultados para los que finalmente se queden con el negocio. Así como hoy está funcionando el Transantiago y descartada la posibilidad planteada por el ex Presidente Frei, que sea el Estado quien se haga cargo del tema, debemos investigar con lupa a los operadores y las intenciones que puedan existir tras ellos.

Hasta ahora, lo único concreto es que todo ha fallado y la solución más simplista es acusar a la Presidente y sus asesores.

Nosotros, siguiendo las enseñanzas de "garganta profunda" en el caso Watergate, seguiremos la pista del dinero. Con responsabilidad y desideologizadamente.