Año 5, N° 128, viernes 18 de mayo 2007

Sin complejos

“¡Adieu Rousseau, Voltaire y Montesquieu; Bonjour Fukuyama y Milton Friedman!”


La elección de Nicolas Sarkozy a la presidencia de Francia le ha traído ditirámbicos elogios. A su haber le cuentan el haber sido capaz de reconstruir una derecha sin complejos, que se asume como tal, y que proclama el orgullo de serlo. El trauma planetario provocado por la crisis de 1929 ya no tempera la codicia de los partidarios de un capitalismo primitivo y primario. La desaparición de la amenaza comunista terminó por convencer a los más lúcidos partidarios de un conservadurismo compasivo que no tiene sentido seguir portando la careta de la sensibilidad social. ¿Porqué avergonzarse de ser amigo de los poderosos y de aceptar un regalito bajo forma de vacaciones VIP a un costo de más de 100 mil dólares diarios de parte de un magnate que además logra jugosos contratos del Estado que se va a dirigir en pocos días? Cuando un periodista le preguntó al entonces candidato si era amigo de Martin Bouygues (dueño de la principal cadena de TV y de un imperio industrial) su respuesta fue clara: "No, no es mi amigo. Es mi mejor amigo". De Sarkozy se dijo, sin que nadie se diera el trabajo de desmentirlo, que era el candidato del CAC 40, el índice bursátil de las más grandes empresas francesas. El interés de comentar estas peripecias dignas de la prensa del corazón reside en el papel de precursor que ha jugado en estas cosas la copia feliz del Edén. El frangollo que reúne en Chile a políticos empresarios y a empresarios políticos en un merengue cuyas consecuencias se traducen en la escandalosa concentración del ingreso en manos de un puñado de privilegiados ya no sorprende a nadie. Mejor aún, cada cual reivindica el frangollo y el merengue como la expresión más acabada de la modernidad. Lo que no deja de sorprender es que las almas generosas que quisieran contar con una izquierda renovada aconsejan la misma receta que le trajo el triunfo a Sarkozy: "Dejar de lado los complejos". Pero en ningún caso para reasumir los principios, las herramientas teóricas y los nobles objetivos que han guiado el pensamiento y la acción del mundo revolucionario, progresista, republicano y democrático desde el siglo XVIII en adelante, sino para abandonarlos definitivamente. ¡Adieu Rousseau, Voltaire y Montesquieu; Bonjour Fukuyama y Milton Friedman! Cada época tiene sus héroes. A una derecha sin complejos, francamente descarada, habría que oponerle una izquierda insípida, decolorada, parida de la "matriz socialdemócrata", convencida de la "necesidad del rigor económico y la importancia de mantener equilibrios macroeconómicos sólidos", arrimada a la "eficacia del mercado" y a sus más eminentes beneficiarios. Tony Blair lo dejó claro cuando proclamó que la izquierda o la derecha le daban lo mismo, que lo importante son las medidas que dan buenos resultados. En eso no hizo sino copiarle a Ten Siao Ping que enrieló el capitalismo chino aduciendo que no importa que el gato sea blanco o negro sino que cace ratones. Ninguno de ellos explicó las reglas que debiesen presidir el reparto de los frutos de tanta eficiencia y ni falta que hace: la realidad del pobrerío chino, o el sobreendeudamiento excesivo de los hogares británicos ya lo dejan claro. Estado de bienestar, ¡mon cul! Por otra parte, la concepción que esta izquierda tiene de la democracia se asemeja a lo que los entendidos llaman la "Corporate Governance", o sea el mangoneo de las multinacionales. Quienes suscriben un texto titulado "La disyuntiva" descartan el presidencialismo con un argumento que lo dice todo: "Así se ha entendido, por ejemplo, en las grandes empresas en donde desde hace décadas se ha ido abandonando el esquema de dirección basado en un liderazgo individual sustituyéndolo por estructuras de dirección más impersonales y horizontales". Con inenarrable candor ignoran que quién ejerce el poder en las grandes empresas son aquellos que controlan el capital, los Piñera, los Angelini, los Luksic, los Saieh, los Edwards, y en ningún caso los ejecutivos mercenarios que se ocupan del día a día. Ir a buscar ejemplos de institucionalidad democrática en la autocracia empresarial no hace sino poner al desnudo la miseria intelectual, ideológica, política, moral y valórica de esta izquierda tan renovada y tan moderna. Tal parece que para ser de izquierdas hay que frecuentar un psicoanalista porque ya no basta con transformarse en yanacona del gran capital. ¡Además hay que estar orgulloso!