Año 5, N° 130, viernes 15 de junio 2007

Asesinos por naturaleza

“No es propio al capital la responsabilidad social y por ello no se autocontiene en la destrucción del hábitat natural”


De asesina de la naturaleza la empresa Celco se convirtió en asesina por naturaleza. Es que ha mostrado de manera sistemática ese impulso inevitable de matar que se encuentra en los personajes de la película de Oliver Stone. En Valdivia, la evacuación irresponsable de los residuos de la planta aniquilaron por completo a los cisnes de cuello negro. En Constitución, la planta de celulosa ha transformado el aire en una masa mal oliente que deben respirar sus habitantes desde la más tierna infancia, erradicando además por completo el turismo en la zona. Y, ahora, la planta Licancel volcó el veneno negro al río Mataquito, en Curicó, asesinando a cientos de miles de peces de diversas variedades. Este último atentado contra la naturaleza ha producido el efecto adicional que los pescadores artesanales vean clausuradas sus fuentes de ingreso enfrentados a un río de peces muertos, que antes se caracterizaba por una generosa fauna. Y esta no es la primera vez que la planta Licancel vierte residuos tóxicos al río. Ya había sucedido lo mismo en el año 1999. Las pruebas son manifiestas para afirmar que los desastres medioambientales provocado por Celco no son accidentales sino que se han convertido en una práctica habitual.


Aunque Celco se ha comportado de forma demasiado burda hay que decir que se encuentra en la lógica del capital un delirio de expansión. No es propio al capital la responsabilidad social y por ello no se autocontiene en la destrucción del hábitat natural. Controlar esa dinámica peligrosa exige permanente vigilancia ciudadana y un Estado que no sea condescendiente o timorato frente al poder económico. Lamentablemente en los últimos treinta años el Estado se ha caracterizado por su complacencia frente al gran capital, con el agravante de que la institucionalidad medioambiental ha sido frágil, con escaso poder y siempre proclive a las presiones de empresarios y políticos que privilegian sus intereses por sobre el cuidado de nuestros recursos naturales y medioambientales. Si ya hubo dificultades en el río Mataquito en 1999 y además la empresa actuó con indolencia o premeditación en Valdivia y Constitución la tarea de control resultaba inminente y debió haber sido sistemática y rigurosa. Cuando se trata del medioambiente el control debe ser previo al desastre, tiene que imponerse el principio precautorio. Por ello es que para enfrentar a los depredadores de la naturaleza se necesita voluntad política verdadera, sin concesiones a los fácticos, junto a una potente institucionalidad medioambiental, con reconocimiento a las organizaciones ciudadanas, efectivo despliegue regional, recursos adecuados y capacidad real de regulación.

Las leyes del mercado son ciegas frente al equilibrio ecológico y la protección de los recursos naturales. Su inmediatismo no respeta las generaciones venideras. Consecuentemente, si la pasión empresarial por el lucro no es debidamente regulada, la naturaleza se verá arrasada y, como siempre, los más débiles deberán asumir los costos de un crecimiento irresponsable. Los dueños de Celco han querido enriquecerse lo más rápido posible, sin importarles la flora y la fauna que nos da el oxígeno y nos alimenta; sin importarles los pescadores modestos que viven de los peces; sin importarles que los ciudadanos tengan que vivir en un ambiente maloliente; y, sin importarles, el futuro de nuestros hijos y nietos. Así se ha comportado Celco en Constitución, Valdivia y ahora en Curico. Son asesinos por naturaleza.