Año 5, N° 140, viernes 9 de noviembre 2007

Última palabra

Alabanza de los pelícanos

“Quisiéramos ver las virtudes humanas en los actores políticos. Lástima decirlo, no están allí. Muchos son honestos y quisieran un cambio. Pero no darían por ello esa porción del sueldo que se aumentaron a sí mismos sin recordar a aquellos a quienes dirigen la palabra cuando están en aprietos: el pueblo”


Fui a Algarrobo el domingo a ver si los pelícanos aún se posaban sobre el mar en la caleta o habían huido a lugares menos bulliciosos, alterados o poblados. Fui a verlos y ahí estaban. Se habían multiplicado. A la inversa de los seres humanos, los hijos, apenas echando una plumilla blanquecina, abundaban. Ciertamente, los pelícanos no practican el control de la natalidad.

Qué hermosas son estas aves prehistóricas, hieráticas la mayor parte del tiempo, inmóviles sobre el agua que apenas ondulaba. El día era muy azul y limpio. Ni asomo de smog ni veraneantes.

No estamos aún en el apogeo de la multitud, la hawaiana, los guatones, las madres arrastrando ristras de niños colorados y llorones siempre pidiendo algo. Desde un cuchuflí a una pelota, de un helado a una palmera, de una empanada a un traje de baño, de una toalla a un juguete. Siempre quieren más. En general, y no deja de asombrarme, los padres terminan por darles en el gusto. Garantizan así otra generación de ávidos insatisfechos, llenos de ansias de tenerlo todo y probarlo todo para cansarse muy jóvenes de la búsqueda del tesoro.

Y es que nadie les dice que no hay tesoro. Que lo que hay es tesón, tenacidad y –si no se afirman por dentro en vez de confiar tanto en Internet– terminarán extinguiéndose como los dinosaurios aunque ningún meteorito haya sido el causante de su desaparición.

No pienso hablar del Transantiago ni del IPC, de los diputados agarrándose como pugilistas fuera de training. Menos, de los niños ritalinizados, rodeados desde muy chicos por psicopedagogas, fonoaudiólogas, profesoras que esperan un club militar con soldados de cinco años y menos, en una sala de clases donde las únicas que se atreven a volar son las moscas.

Correr o reírse, la espontaneidad, la necesidad de ir al baño o conversar con el de adelante o el de atrás, es grave ofensa al estilo prusiano que tienen pegado al pellejo los profesores. Todo lo que es natural en un niño les produce urticaria. Pareciera que odian enseñar, alguno se salvará, pero la mayoría detesta su profesión. Son Herodes en miniatura, pero Herodes al fin y al cabo.

No hablaré de los discursos políticos. ¡Pero que Dios se apiade de nosotros! Que alguien escuche lo que escribe para ser gritado a diestra y a siniestra diciendo cuán maravilloso país tenemos (o cuan espantoso e inepto), qué privilegio es ser chileno (o chilena), mientras cae el dólar y cae la venta de cobre, y algunas profesiones del mago Merlín, como la de perito judicial, no existen y no habrá lugar para ellos en el sistema. Estafa disfrazada y padres pagando por un engaño.

No hablaré de las cárceles y menos de los hogares del SENAME. No sé cómo se atreven a llamarlos hogares. Hospicios, calabozos, chancheras, quizás. De los muchachos que el SENAME se propuso enseñar, educar, domesticar en sus furias, una cantidad importante se ha convertido en ceniza o en certeros malhechores. Qué vergüenza me da no ser pelícano.


Estas aves desproporcionadas, pesadas como el cóndor para levantar el vuelo, son una mezcla peculiar de bisonte y pájaro Roc, de elefante y codorniz. La naturaleza no parece perturbada por estas aves, ejemplares de resistencia al medio ambiente y a toda turbulencia cósmica. No los ha cambiado en millones de años y no parece tener la intención.

No ocurre así entre los chilenos. Todos quieren ser otro. Más flacos si gordos, mas gordos si flacos, más jóvenes si viejos. Las arrugas muy luego se prohibirán por decreto. Afeitarse, para los hombres, solo estará permitido lunes miércoles y viernes, siempre que no sean feriados. Las mujeres deberán ser empresarias o economistas. Bueno, si están en la farándula, orillándola por lo menos, las dejarán ser. Pero cuidado con intentar ser escultoras o pintoras o poetas o madres solamente.

Pero más de la mitad de las mujeres del país solo pueden ser madres. Bendita naturaleza que no les impide reproducirse aunque no sepan leer ni ganarse la vida en fábricas y no tengan esposo. Algunas dan gracias por el favor concedido. Cierto que les dejan el hijo por nacer y corren a perderse. Las mujeres ruegan en silencio: "Que no vuelva, Señor, capaz que venga y me mate". Pero algunos jueces los dejan en libertad condicional, y muchos salen, van y las matan, cumpliendo así con la ley del salvaje: las queman vivas, las degüellan, las despedazan. Últimamente ha aparecido un agregado al delito, la guarnición del asesinato perpetrado: la antropofagia. Ahora se las comen a mordiscos.

Existe en la mayor parte del planeta una cultura de la pobreza. No la predico, pero no podría negarla. Los ricos son un porcentaje mínimo de la humanidad.

Es ahí donde Chile hace agua. La cultura –cuánto lo he dicho– no son las bellas artes. Ellas son el brazo armado de la cultura. Cultura es saber vivir, valorar la condición humana, conocer el medio en el cual existimos y moriremos algún día. Cultura es hábito más imaginación, modestia sin humillación, células grises además de musculatura ciclópea; conciencia de ser humano y poder elegir. El respeto por la debilidad es otro agregado fundamental. O vamos a terminar incinerando a los viejos, a los malformados, a los que no pueden defenderse. Cultura es no juzgar con ira sino con justicia. Y no seguir creyendo que el poder es sabiduría.

Cuán lejos están el uno del otro. Quisiéramos ver las virtudes humanas en los actores políticos. Lástima decirlo, no están allí. Muchos son honestos y quisieran un cambio. Pero no darían por ello esa porción del sueldo que se aumentaron a sí mismos sin recordar a aquellos a quienes dirigen la palabra cuando están en aprietos: el pueblo.

Hay mucha pobreza en Chile. Y mucha riqueza. Lo malo es que la riqueza, por ser acumulativa, está en manos de pocos. La pobreza –el arte de vivir como el clavel del aire y en caso de cesantía a puro pan y té fiados–, se abre en un delta creciente sobre la población de Chile.

Tampoco se puede hablar de educación. Santiago está tan feo, tan apretujado, tan demente, que es necesario pensar en las raras manifestaciones de belleza fuera del canon. Los pelícanos se insertan ahí. Son pelícanos y a ver quién les cambia su naturaleza. Chile necesita belleza más que aire puro. ¡Belleza de gestos, de arquitectura, belleza interior de los seres humanos!

Por eso, los pelícanos. Parecen de peltre, de acero. Son como viejos monjes zen meditando sobre las aguas, quietos, mansos, sin angustias.

Los chilenos no lo están pasando bien a pesar de sus tarjetas de endeudamiento, de sus operaciones de juventud eterna, de sus casas pagadas a treinta años.

Y es que no ser justos pero sí furiosos trae consecuencias como la muerte de los débiles, la pobreza garantizada de los pobres, la riqueza garantizada de los ricos. No. No se puede hablar de ello.

Por eso quise hoy día hablar de la resistencia de los pelícanos por milenios al frío, al calor, al hambre y al hombre.