Año 6, N° 147, viernes 11 de abril 2008

Una revolución social

“Los bolivianos próximamente van a refrendar una nueva Constitución discutida y prácticamente consensuada en una asamblea integrada por ciudadanos de la más amplia pluralidad étnica y cultural”


Lo más notable del proceso político boliviano es que efectivamente entraron al Palacio Quemado los históricamente discriminados, es decir, los indígenas que, en toda su diversidad, constituyen casi el 70 por ciento de población. La biografía de Evo Morales es la de un líder que sufrió en carne propia los rigores de la pobreza, pero fue capaz de consolidar organización y voluntad social para alcanzar el poder. Respetando, incluso, las normativas de un sistema electoral y de una institucionalidad acotada y excluyente.


Estamos ante una experiencia inédita en América Latina si se considera que por primera vez triunfa una revolución que transfiere el poder al movimiento social mismo y no a sus intermediarios y voceros políticos. Hasta aquí, han triunfado muchos movimientos vanguardistas siempre liderados por caudillos y partidos que no vienen del mundo social, aunque han concitado su apoyo. Es el caso de la revolución mexicana e incluso del paradigmático liderazgo de Fidel Castro. Procesos bien o mal inspirados, exitosos o fracasados, pero en que los pueblos han tenido una expresión tangencial en el ejercicio del gobierno, las tareas legislativas y la administración de justicia.

Los bolivianos próximamente van a refrendar una nueva Carta Fundamental discutida y prácticamente consensuada en una asamblea constituyente integrada por ciudadanos de la más amplia pluralidad étnica y cultural. En otros casos, las reglas del juego institucional han sido definidas en conciliábulos elitistas y muchas veces de espalda a la realidad de cada país. La imitación de lo que se hizo antes en otros continentes es probablemente la razón fundamental de tantas constituciones que ignoran la condición de cada nación o del conjunto de naciones que integran nuestras forzadas, ilegítimas y absurdas demarcaciones territoriales.

El respaldo que tiene, entonces, el Presidente de Bolivia es más estable y puede ser más duradero que el de otros gobernantes surgidos de las caprichosas correlaciones de fuerzas partidistas, aunque en la base de apoyo de Evo Morales hay más de 30 etnias muy disímiles, cuyo único común denominador es la necesidad de superar la precariedad económica y la falta de oportunidades. De allí que sea tan audaz como colosal el propósito de dar autonomía a cada una de estas expresiones, de forma tal de reconocer la dignidad de cada una de sus identidades y garantizarles importantes posibilidades de autogobierno. Una propuesta arriesgada si se considera que en estas comunidades ya se han activado los operadores del gran empresariado y de los intereses foráneos irritados por un proceso político que, entre otros objetivos, recupera para todos los bolivianos la propiedad de los recursos básicos y quiere garantizar el consumo interno antes que las exportaciones que, hasta aquí, han favorecido solamente a una ínfima minoría. La misma que, sin embargo, tiene aún una enorme capacidad de "pataleo" a través de la prensa que controla sin contrapeso alguno.

Como se trata de una experiencia inédita y reciente, nada asegura todavía que le vaya bien a Evo Morales y a esa infinidad de organizaciones que lo sostienen. Como toda experiencia política tendrá que demostrarse eficaz en la administración del Estado, mantener la fidelidad de las Fuerzas Armadas, prevenir la descomposición moral y enfrentar, con fortaleza, a los enemigos internos, así como la descarada acción de la Embajada de los Estados Unidos que curiosamente viene incrementando sus recursos y presencia "diplomática" en el país.

Desde Chile, nos parece envidiable un proceso de cambio con actores sociales, más que político partidistas. Percibir cuán pobre es nuestra organización social respecto de la boliviana, cuando aquí apenas el 10 por ciento de los trabajadores está sindicalizado y los pocos referentes que existen siguen tan manipulados por los partidos y dirigentes atornillados a sus cargos. Lo cual favorece que en nombre de una fatua democracia siga consagrada una de las inequidades más groseras del mundo, la discriminación en sus distintas manifestaciones, cuanto que en el Estado languidezca la autodenominada "clase política". Para colmo, codiciosa como servil ante las nuevas formas de colonialismo que se enseñorean a lo largo de nuestro territorio, ancho mar e incluso, ahora, en los medios de comunicación. Por supuesto para amordazar el debate nacional y desacreditar los aires el cambio que pudieran afectar sus dominios sobre nuestra pretendida soberanía.