Año 6, N° 154, viernes 08 de Agosto 2008
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La madre de la culebra
( Escribe Marta Blanco )“Nadie parece recordar que la educación es conocimiento. Gutenberg y la imprenta. Newton y la manzana. Galileo y su anteojo de larga vista. Copérnico y Kepler. Einstein. Nadie piensa en Homero ni en Dante, en Víctor Hugo o Blest Gana, en Miguel Ángel y Leonardo. En Van Eyck. ¡En Aristóteles! Aquí se piensa y se muestra solo a Calígula. Terminarán por copiarlo”

A la Mistral no la llevan de apunte los chilenos. Ahí está a la cola de una invención televisiva llamada Grandes Chilenos o algo así, donde mueren los callados y dignos habitantes del reino de la intemperancia en que vivimos, en el que la Biblia ya no figura ni siquiera contra el calefón. Menos, los secretos formadores de la chilenidad, que bien puede llamarse la madre de la culebra. El alma chilena es de sequía y diluvio, de lanchones maulinos y oscuros recodos de Maruri, de Lota con su paradoja de parque universal y minas de carbón bajo el mar, donde trabajaban desde los niños a los mineros a los caballos o mulas: perfecta demostración de la ingrata realidad de un país lleno de divisiones que aparentamos no ver.

La belleza, rescatada para pocos. La cultura, igual. La Mistral nunca fue ciega ni sorda ni muda. Era una chilena áspera y pensante a más de gran poeta. Escribió un caldo madre, una fórmula precisa de médula y especies; dio razón espiritual y ética, estética, de los valores que no mueren. Y aunque muchos no la nombran, sigue ahí, alerce antiguo pero no añejo, que vivirá mil años.

Como no podemos mirar hacia el futuro a causa del smog que nos dejó enclenques de seso, se hacen discursos fuertes y se gritonean por las cuatro esquinas de este país que debería llamarse Calle Larga como tantos pueblos de Chile. Eso somos: una larga calle no más. Al centro, una plaza pública donde se aguanta toda presencia para poder hablar de diversidad. Esa plaza es Santiago, donde el caos es bienvenido y aupado.

Pero esta ciudad no da más. Está bueno de admirarnos de la tontería mercantilista in extremis, que tiene a los chilenos ganando un sueldo mínimo de vergüenza, a las transnacionales gana que gana, y para qué mencionar a la industria farmacéutica. Mientras, los chilenos viven a salto de mata comprando en cuotas la línea blanca y el automóvil, el computador y el iPod. Nadie se emborracha ya con vino sino con la tarjeta de crédito. Se suma el frenesí apostólico de los partidos políticos, que se sacan la mugre unos a otros.

Es más fácil aceptar que nos equivocamos. Es más sano decir que el rey no tiene camisa. Reconocer que hay que enmendar rumbos. Y apagar el fuego, no del Llaima o el Chaitén, sino de la propia alma nacional, ardida en la batalla permanente de la justicia y la impericia.

El metro es un ejemplo de mal manejo. Y el Transantiago… No se puede pensar en seguir financiando este engendro sin incluirlo en el presupuesto nacional. Eso creo, si es que entiendo el lenguaje críptico de los políticos y del gobierno. Me parece sensato no seguir pasando leyes que ayuden a fingir que es solo "una ayudita por el amor de Dios".

Agreguemos la balcanización de los partidos políticos. Falta aún el renacimiento de muchos pollos fénix: del agrario laborismo, el partido de la Patria, de la Libertad, del Progreso, el partido del Exilio, de los sin partido, de las viudas, de los huérfanos, de los Todochilenos, que es como el todoterreno. Muchos querrán formar parte de las carnestolendas de noviembre. ¿Esa es la fecha de la elección?

¿Votar o botar?, that is the question.

La pregunta que tratan de plantear es quién ganará. Pero está mal planteada, porque gane quien gane el perdedor oficial de estas olimpíadas nacionales será Chile. No hay solución para un país que no puede o rehúsa pensar.

Qué se harían los Matta, los Gallo, los Barros Arana, los Bilbao, los Vicuña Mackenna, los recatados y austeros pensadores del Chile posible. Esos que formaron el Instituto Nacional del cual salieron tantos Presidentes de Chile.

Ver esa mole subterránea abandonada, a los muchachos desesperados, iracundos, ignorantes, pidiendo a gritos y destrozos que les arreglen la educación, es terrible. No saben en qué consiste esa educación que necesitan y exigen. No lo pueden saber. Pero no pongan ojo en sus griteríos hormonales sino en la incapacidad para bajarse de los quintiles, las tasas, tema único que tratan todas las comisiones y reuniones ad hoc. Piensen qué estudiarán, no cuánto costará.

Nadie parece recordar que la educación es conocimiento. Gutenberg y la imprenta. Newton y la manzana. Galileo y su anteojo de larga vista. Copérnico y Kepler. Einstein. Nadie piensa en Homero ni en Dante, en Víctor Hugo o Blest Gana, en Miguel Ángel y Leonardo. En Van Eyck. ¡En Aristóteles!

Aquí se piensa y se muestra solo a Calígula. Terminarán por copiarlo.

La educación traspasó la barrera del sonido. O sea, sonó. Nadie parece saber que el estudio no es adoctrinamiento ni riqueza: es inteligencia cruda, en bruto, es la inteligencia humana al servicio del ser humano, que logró desbancar al mono. Pero no se preocupen. Ya vamos de vuelta. Al mono, por cierto

Qué van a valorar a Gabriela Mistral, educada en escuela pública, en provincia, solitaria, pobre y talentosa. Qué van a pensar.

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