
El miedo es la materia prima más rentable de la política. Se cultiva, se dosifica y se utiliza para ganar elecciones o consolidar poderes autoritarios.
En política conviene distinguir entre la campaña del terror clásica y la cultura del miedo. La primera se utiliza en períodos electorales para advertir sobre los supuestos peligros de que gane el adversario: “si vota por ellos, perderá su casa”, “si triunfan, vendrá la crisis”. Este recurso, tan antiguo como las urnas, puede ser efectivo a corto plazo, pero se desgasta rápidamente cuando la ciudadanía comprueba que los anuncios apocalípticos rara vez se cumplen.
La cultura del miedo, en cambio, es más profunda y persistente. Se trata de instalar en la sociedad la percepción de que siempre estamos bajo amenaza: de los delincuentes, de los migrantes, de la corrupción, de la ineficiencia del Estado. Es un miedo difuso y constante que se alimenta a diario con discursos, noticias, gestos políticos y redes sociales tóxicas. Lo más grave es que esta cultura del miedo no se limita a advertir riesgos, sino que construye una narrativa de largo aliento que deshumaniza a los supuestos responsables. Cuando se despoja de humanidad a un grupo, el siguiente paso es justificar que se le excluya, se le persiga o incluso se le elimine.
El miedo ha sido, desde siempre, una de las herramientas más eficaces para lograr y ejercer un poder autoritario y dictatorial. No en vano estos regímenes lo utilizaron para consolidar su poder, como lo hizo el nazismo al convertir al pueblo judío, los gitanos y los homosexuales en enemigos internos y externos, o como hoy el gobierno de Israel busca eliminar a “los monstruos” que habitan en Gaza para justificar un genocidio.
El miedo permanente erosiona la convivencia democrática. Una ciudadanía intoxicada por la sensación de amenaza se vuelve más desconfiada, más egoísta, menos empática y más proclive a entregar apoyos y libertades a cambio de una falsa promesa de seguridad. Lo que comienza como una respuesta posible a una crisis termina consolidando un modelo de sociedad basado en la sospecha, el control, el abuso y la corrupción.
En Chile, el miedo comenzó a instalarse con el aumento de la delincuencia y la violencia en los delitos, la desaceleración de la economía y el desempleo y los casos bastante extendidos de corrupción en las élites e instituciones del Estado. Hoy, cada titular que asocia migración con delincuencia, cada discurso que promete seguridad a costa de libertades fortalece esta cultura del miedo. El miedo homogeneiza y facilita la manipulación de una ciudadanía que termina entregándose a líderes autoritarios sin proyecto de futuro compartido.
La pregunta relevante es si existe la posibilidad de neutralizar la cultura del miedo y cómo hacerlo. La historia ofrece respuestas: donde el miedo domina, solo se le vence con esperanza, confianza y proyectos colectivos. Martin Luther King no enfrentó la violencia racial sembrando más temor, sino convocando a un sueño de igualdad. Nelson Mandela rompió el círculo del odio ofreciendo reconciliación en lugar de venganza. En Chile, el plebiscito de 1988 logró desarmar el miedo de la dictadura con un mensaje de alegría de recuperar las libertades y la democracia.
Hoy, en un Chile polarizado y con altos niveles de desafección política, los discursos del miedo vuelven a instalarse como recurso habitual. Pero no debemos olvidar que el miedo puede dar votos, aunque nunca construye sociedades justas ni democráticas. Frente a la cultura del miedo, lo que necesitamos no es más control ni más estigmatización, sino una cultura de esperanza, solidaridad, confianza y empatía que nos devuelva la capacidad de convivir en comunidad.
El miedo paraliza y divide; la esperanza moviliza y une. En las próximas elecciones, Chile no solo elegirá autoridades, sino la cultura que definirá nuestro futuro.