
En una sociedad madura no debería importar el peso de un apellido, la historia de una familia ni una herencia cultural que funcione como un destino inexorable. Los hechos deben ser juzgados por lo que son, por su verdad intrínseca, por la razón que los sustenta y por la ética que los ilumina. Sin embargo, demasiadas veces la tradición heredada, las creencias aprendidas en la infancia o las fidelidades impuestas desde la tribuna —sea política, religiosa o deportiva— se transforman en el lente deformante con el que observamos el mundo. Y desde ese lente, contaminado por prejuicios, se edifica un país en el que el juicio justo queda en segundo plano, sofocado por lealtades que poco tienen que ver con la verdad o con la justicia.
La historia está llena de ejemplos de sociedades quebradas por antagonismos endémicos, nacidos no tanto de diferencias sustantivas como de prejuicios enquistados. Cuando se juzga más por el linaje que por la acción, más por la camiseta que por la evidencia, la convivencia común se convierte en un campo minado. En vez de caminos de encuentro, se alzan murallas de sospecha. En vez de debates basados en razones, se multiplican trincheras alimentadas por desconfianza y antipatías. Así, la democracia —esa promesa siempre frágil de diálogo y respeto mutuo— se ve erosionada hasta convertirse en una caricatura de sí misma.
El problema no está solo en la política, aunque allí se manifieste con crudeza. Lo vemos en las iglesias, donde la fe muchas veces se confunde con fanatismo; lo vemos en los estadios, donde la pasión se transmuta en odio al rival; lo vemos en las calles y en las redes sociales, donde la diferencia se traduce en cancelación, burla o violencia verbal. La obcecación, esa incapacidad de poner en duda la propia certeza, se convierte en una cárcel invisible. Y lo que podría ser un espacio de diálogo se transforma en un escenario de agresiones cruzadas.
El desafío consiste en recuperar la posibilidad del discernimiento, en recordar que ninguna verdad nos pertenece por entero, que ninguna causa justifica renunciar a la razón. La ética republicana, el espíritu democrático, el sentido profundo de la convivencia requieren precisamente esa actitud: reconocer que somos falibles, que la verdad no se posee, sino que se busca, que el otro no es un enemigo por destruir sino un interlocutor al que escuchar. Esa actitud, hoy tan escasa, es la que separa la civilización de la barbarie.
Por eso es urgente condenar la violencia venga de donde venga. No importa la bandera, la camiseta o el dogma que se invoque: la violencia es siempre fracaso, es siempre derrota de la razón. Las intolerancias que campean en la Araucanía, en Sudán del Sur, en Gaza, en Ucrania o en México tienen en común esa raíz: el fanatismo nacionalista, étnico o religioso que convierte la diferencia en amenaza. No podemos aceptar la trampa de justificar el dolor ajeno simplemente porque la víctima pertenece al campo rival. La coherencia ética exige rechazar la desolación provocada por todos los fanatismos, sin excepción, sin cálculo de conveniencia.
Abrazar la democracia solo cuando conviene es traicionarla. Mirar con desdén cómplice a los regímenes que esclavizan a sus pueblos solo porque enfrentan a nuestros enemigos geopolíticos es, en el fondo, una forma de cinismo que erosiona cualquier legitimidad moral. Es fácil denunciar las faltas del adversario; lo difícil, pero necesario, es reconocer las propias incoherencias. Si no aprendemos a mirarnos con la misma exigencia con que observamos a los demás, la democracia se reduce a un ritual vacío, a un discurso sin sustancia.
El llamado de este tiempo es, entonces, a despojarnos de la esclavitud de los apellidos, de las banderas y de las creencias petrificadas. A atrevernos a juzgar los hechos por lo que son, a disentir sin destruir, a debatir sin descalificar, a vivir la política, y la vida social en general, como un ejercicio de razón y de empatía, no de ceguera ni de odio. La convivencia en paz no se construye con discursos inflamados ni con tradiciones sacralizadas, sino con la humilde convicción de que nadie posee la verdad definitiva y de que todos tenemos algo que aprender del otro.
Ese es el único camino posible para un futuro compartido: uno donde la justicia pese más que el linaje, la ética más que la conveniencia y la razón más que el fanatismo.