Navidad en tiempos de furia

Tal vez Navidad no sea un acto de celebración despreocupada, sino un espacio necesario de reflexión. Tal vez más que brindar, nos toque pensar qué podemos hacer —cada uno desde su pequeño lugar— para construir un mundo más habitable, menos crispado, menos agresivo.

Por Francisco Martorell, director de El Periodista

¿Cuál es el sentido de la Navidad en un año como 2025? ¿Tiene algún significado real esta fecha cuando el mundo insiste en recordarnos, día tras día, que la violencia, la desconfianza y la incapacidad de entendimiento se han vuelto norma? No hablamos solo de tensiones políticas, de diferencias ideológicas o de debates mal llevados. Hablamos de guerras abiertas, de niños que siguen muriendo bajo bombas en Gaza, de soldados rusos y ucranianos cayendo en trincheras que ya nadie recuerda por qué se cavaron, de pueblos hambrientos en Sudán devorados por la violencia y el abandono.

Hablamos también de Chile, donde la violencia ya ni siquiera sorprende: donde en una feria libre, junto a luces de Navidad y villancicos, alguien prepara una venganza, un ajuste de cuentas, un drama que rompe familias y normaliza el horror. Y frente a ese escenario global y local, la pregunta inevitable es si tiene sentido sentarse a la mesa, comer bien, intercambiar regalos y hablar de paz mientras el mundo grita lo contrario.

Podríamos decir que no. Podríamos, como muchos hacen, cerrar la puerta, acostarnos temprano, refugiarnos en el silencio, en la resignación o en esa forma moderna de anestesia emocional que se llama indiferencia. Podríamos convencernos de que nada cambia, que nada depende de nosotros, que la responsabilidad es de “otros”, sobre todo de esos líderes mundiales que, más que conductores, parecen matones de barrio, más preocupados de imponerse que de convencer, más cercanos a la amenaza que al acuerdo.

Pero quizá la respuesta sea otra.

Porque esta noche, millones de niños esperan a un ser mágico. Y aunque sepamos que no existe, aunque entendamos que esa ilusión es un acuerdo tácito entre adultos, ese pacto también contiene algo profundo: esperanza, afecto, cuidado, protección. Eso sí existe. Esa fantasía colectiva afirma que todavía creemos en algo, aunque sea frágil: que es posible regalar alegría, que podemos pensar en otro antes que en nosotros, que todavía aspiramos a un mundo que no sea tan hostil.

Tal vez Navidad no sea un acto de celebración despreocupada, sino un espacio necesario de reflexión. Tal vez más que brindar, nos toque pensar qué podemos hacer —cada uno desde su pequeño lugar— para construir un mundo más habitable, menos crispado, menos agresivo. No basta con exigirle responsabilidad a presidentes, parlamentos o instituciones internacionales. Hay una cuota ineludible que nos corresponde: en cómo educamos a nuestros hijos, en cómo tratamos al distinto, en cómo enfrentamos nuestras diferencias, en cómo respetamos a nuestros mayores, en cómo integramos al que parece ajeno, en cómo extendemos la mano a quien quedó fuera.

No es un discurso ingenuo. No negamos la dureza del mundo, ni sus contradicciones, ni su brutalidad. Pero renunciar al intento de humanizarlo sería una derrota mucho peor.

Desde El Periodista, nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: informar con rigor, escuchar todas las voces, aportar pensamiento crítico, defender el diálogo democrático y no convertir la discrepancia en una trinchera. No somos observadores neutrales de una tormenta. Estamos dentro de ella, con ustedes, intentando que la palabra, la reflexión y la información bien hecha sigan siendo herramientas para construir futuro y no armas para destruirlo.

Vienen grandes desafíos. Para todos. Y si algo deberíamos aprender de estos tiempos convulsos es la humildad. Humildad en la derrota y en la victoria. Humildad para no avasallar. Humildad para entender que, pase lo que pase, seguiremos compartiendo calles, barrios, trabajos, escuelas. Seguiremos viéndonos las caras como vecinos, compatriotas, amigos, familiares, seres humanos que no pueden vivir permanentemente a la defensiva.

Tal vez ese sea, finalmente, el sentido de esta Navidad: recordarnos que todavía es posible elegir no ser parte del odio. Que aún estamos a tiempo de construir algo mejor.

Y que, aunque el mundo parezca empeñado en destruir su propia esperanza, siempre habrá una noche en la que, al menos por unas horas, nos demos permiso para creer otra vez. ¡Feliz Navidad!

Los comentarios están cerrados.

El Periodista