Ceder

Pasamos de un gobierno que nos ofrecía cambiarlo todo a uno que, hasta ahora, nos ofrece "calma y tiza", por lo menos hasta ahora en sus símbolos.

 Por Pablo Matamoros Investigador Centro Democracia y Opinión Pública, U.Central

Si tuviera que definir el año político 2025 y el ciclo que cerramos con una sola palabra, esa palabra es ceder. Hace cuatro años, el Presidente Gabriel Boric llegó al poder con una promesa grandilocuente: ser la tumba del neoliberalismo. Recordamos ese primer gabinete lleno de texturas y colores, una muestra de diferenciación extrema que prometía cambiarlo todo. Sin embargo, al hacer el balance final, la principal cualidad del presidente saliente —y quizás su condena— fue su infinita capacidad de ceder. Aquel gobierno que prometía una revolución estructural terminó administrando una suerte de nueva Concertación, pero con excesos performáticos.

La «elite millennial» que aún nos gobierna demostró ser muy dada a la performance, centrada en lo simbólico: el cambio de nombre del cargo de Primera Dama, la visita de la efímera Ministra de Interior a la Araucanía, uso extremo del lenguaje inclusivo o balones de gas rosados. Pero en lo concreto, en el bienestar de los chilenos, esos símbolos no lograron permear la realidad. El poder aglutina y disciplina; quienes llegaron prometiendo rebeldía terminaron usando corbata. Al final, Boric no fue el gran revolucionario latinoamericano que algunos imaginaron, sino que se perfila más como un Pedro Sánchez: un sobreviviente pragmático que aprendió que, para mantenerse a flote, hay que transar.

Ahora, Chile se prepara para girar hacia el otro extremo, pero bajo una premisa muy distinta. La ciudadanía está agotada. Hemos pasado por un estallido social, una pandemia e infinitos actos electorales en los últimos años. Estamos «chatos» de decidir, cansados de los cambios constantes y de las temporadas dramáticas de los dos procesos constituyentes fracasados.

Es aquí donde entra José Antonio Kast y su estrategia. A diferencia del «brutalismo comunicacional» y la estridencia que vemos en el Partido Nacional Libertario o en figuras como Johannes Kaiser, el presidente electo ha optado por la sobriedad. No es casual que la noche de la elección existiesen dos celebraciones distintas, una institucional en el comando presidencial y otra eufórica, por decirlo de alguna manera, en Andrés Bello.

Pasamos de un gobierno que nos ofrecía cambiarlo todo a uno que, hasta ahora, nos ofrece «calma y tiza», por lo menos hasta ahora en sus símbolos. Es el fin de la embriaguez performática y el inicio de la resaca administrativa. La tregua que la ciudadanía le otorgará a Kast podría ser larga, no necesariamente por amor a sus ideas, sino por simplemente fatiga. Sumado a que no tendremos elecciones en los próximos años.

En conclusión, este ciclo político no se trató de ganar, sino de cuánto estuvieron dispuestos a ceder sus protagonistas. Boric cedió su revolución a cambio de gobernabilidad, y Chile, cansado de tanta historia, parece dispuesto a ceder sus sueños de utopía a cambio de un poco de orden y silencio.

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El Periodista