Cuando el fallo no me gusta

La tentación de aceptar la justicia solo cuando confirma nuestras convicciones es comprensible, pero profundamente peligrosa para la democracia y el Estado de Derecho.

Por Francisco Martorell, director de El Periodista

¿Qué hacer frente a un resultado que no me gusta? La pregunta parece simple, incluso cotidiana. Puede ser una derrota deportiva, una mala evaluación académica o una crítica destemplada a una obra personal. En todos esos casos aparecen emociones previsibles: pena, rabia, frustración, impotencia. Si es el club de fútbol, ni hablar. Uno sufre, protesta, se desahoga y sigue adelante. Me paso el 2025 con la Unión Española.

El problema es cuando el asunto deja de ser personal y entra en el terreno institucional. Cuando una institución que antes aplaudí ahora falla en un sentido contrario a mi posición. Cuando “los míos” pierden y “los otros” ganan. Ahí la incomodidad es mayor, porque ya no se trata solo de una emoción, sino de una convicción puesta a prueba.

Eso es lo que ocurre con los fallos judiciales. Tanto unos como otros pueden sentirse golpeados, confundidos o incluso indignados frente a determinadas sentencias. Más años de condena para Krassnoff, absolución para Crespo —guardando todas las distancias del caso, porque las diferencias entre uno y otro son evidentes— generan reacciones intensas y muchas veces contradictorias. Pero el punto de fondo no está en la simpatía o antipatía que nos provoque el resultado.

Finalmente, lo que está en juego es el respeto a las instituciones. Nos gusten o no los fallos, se trata de la aplicación de la ley, del debido proceso, de la valoración de la prueba y del trabajo —generalmente serio y profesional— de jueces, abogados, fiscales y auxiliares de la Justicia. No es un sistema perfecto, pero es el que nos hemos dado.

A Chile le falta ponderar más las actuaciones por los principios que por el “yo creo” o el “a mí me gustaría”. Confundimos con demasiada facilidad justicia con deseo. Claro que las instituciones fallan; en rigor, fallan las personas que las integran. Pero la mayoría de las veces el sistema apunta en la dirección correcta, aun cuando llegue tarde o no satisfaga a todos. Por eso hay filtros y diversas instancias.

Un querido amigo, abogado de derechos humanos y de inocentes, me dijo una vez que, finalmente, aunque tarde, la justicia se impone. Puede ser cierto. Pero hay algo incluso más importante: la justicia es la forma que como sociedad hemos acordado para resolver nuestros conflictos. Y esa forma exige acatamiento, incluso —y sobre todo— cuando el resultado no gusta.

Esta reflexión no va dirigida solo a quienes hoy rechazan un fallo determinado. Es para todos. Para quienes quieren una justicia hecha a su imagen y semejanza. Para quienes celebran las sentencias solo cuando confirman su visión del mundo y las deslegitiman cuando las contradicen. Porque una justicia selectiva deja de ser justicia y se convierte en mera revancha.

Aceptar el fallo que no gusta no obliga a renunciar a las convicciones, pero sí exige algo más difícil: respeto por las reglas del juego democrático. Sin eso, lo que queda no es justicia, sino puro voluntarismo moral. Y de eso, la historia chilena ya sabe demasiado.

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El Periodista