Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista.
En mis tiempos de estudiante universitario conocí a Hernán Rojas, quien fuera asistente de ingeniería de sonido de una de las grabaciones más importantes de Fleetwood Mac a fines de los setenta, en la mejor época de la banda. No sé si me hizo clases de algo o fue invitado a unas charlas, la cuestión es que conversamos de música y me contó anécdotas de esas grabaciones. Rojas había sido pareja de Stevie Nicks, la inconfundible vocalista y compositora del grupo, figura magnética cuya voz parecía arrastrar ecos antiguos, casi rituales, desde un lugar indeterminado entre la bruma y la confesión, y su figura etérea y cristalina era permanente e improbable objeto de deseo para quienes entonces soñábamos con las musas de nuestras bandas favoritas. Estaba a dos grados de distancia de la artista.
Fleetwood Mac estaba integrado además de Nicks, por Lindsey Buckingham, Christine Perfect, John McVie y Mick Fleetwood, éstos dos últimos no sólo fueron los fundadores del grupo por allá en los parajes londinenses del verano del 67 sino quienes además le dieron su nombre a la banda. Fleetwood, que siempre me llamó la atención por sus alardes y su expresividad mientras tocaba, es uno de los más extraordinarios bateristas británicos de su generación, motor rítmico y alma errante de la banda, eso mereció mi favoritismo por años. Sin embargo, el linaje artístico de Fleetwood no se detenía en la música. Su hermana, Susan Fleetwood, quien fuera una destacada actriz del Royal Shakespeare Company, tuvo un papel memorable junto a Erland Josephson en El sacrificio (1986), la última y profundamente conmovedora película de Andréi Tarkovski.
Aquel hermoso, denso, silencioso filme, que vi en su estreno en Santiago a fines de los años ochenta, se alzó para mí como una ineludible reflexión existencial frente a la amenaza de una guerra nuclear, que hoy podríamos hacer extensiva a las incertidumbres que de vez en cuando nos presenta la vida. La película fue como un continuo deambular por las cuestiones filosóficas típicas que se planteaban en el cine escandinavo de los sesenta. Y Susan ejercía un papel fundamental en ese vínculo. Sólo a cuatro grados de distancia.
No es un dato menor que Tarkovski muriera pocos meses después del estreno de la película, ni que la película se realizara en un momento histórico particularmente sombrío: la Guerra Fría aún no concluía y el desastre de Chernóbil estaba demasiado fresco en la memoria de todos. Hechos que marcaron mis días y disquisiciones políticas entonces cuando nosotros acá en este lejano territorio abandonado de la preocupación mundial sufría los mismos embates existenciales derivados de la incertidumbre política y la tensión sempiterna entre la esperanza y la barbarie.
El sacrificio fue una coproducción sueco-franco-británica que contó con la fotografía del gran Sven Nykvist, colaborador esencial de Ingmar Bergman, ese otro gran explorador de los abismos interiores del ser humano, cuya filmografía he recorrido con fruición, sumergiéndome en sus eternas temáticas que han dibujado los recovecos de mi propia conciencia inquieta. De alguna manera la película del director ruso puede leerse como una conjunción modulada por una sensibilidad visual y existencial cercana a Bergman. Una obra donde el silencio pesa tanto como la palabra, y donde cada gesto parece sostener el mundo al borde del colapso.
Así, casi sin proponérmelo, se dibuja una constelación improbable pero real: yo, Hernán Rojas, Stevie Nicks, Mick Fleetwood, su hermana Susan, Andréi Tarkovski e Ingmar Bergman; al revés, da igual, Bergman, Tarkovski, Susan, su hermano Mick, la Nicks, Rojas y yo, son vidas que se rozan, se cruzan o simplemente se intuyen unidas no sólo por vínculos humanos evidentes sino por una energía que fluye a través del espacio y el tiempo de una misma época. Como si el caótico, frágil, hermoso mundo que conocemos se revelara a través de estos seis grados de separación, recordándonos que la vida y las experiencias de la fortuna, en todas sus formas, son también una manera secreta de permanecer conectados en este cada vez más pequeño mundo y la más formidable excusa para pensar.
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