“Toda una vida me estaría contigo…”

El Presidente se va —porque ya se va— sin haber dejado absolutamente nada nuevo para fortalecer la prensa independiente, el debate plural ni la libertad de expresión entendida en serio.

Por Francisco Martorell, director de El Periodista

Así canta el bolero cuando el enamoramiento ya no admite dudas, cuando la devoción roza la dependencia y el amante pierde toda voluntad de distancia. Algo muy parecido —demasiado parecido— es lo que vive hoy el progresismo chileno con El Mercurio y la prensa históricamente vinculada a la derecha.

La aman. La financian. No pueden vivir —sus dirigentes, llamémoslos frenteamplistas, socialistas o como se quiera— sin correr a contarles sus pecados, sus sueños húmedos de poder, sus traiciones pequeñas y sus maldades grandes. Van a esas redacciones como quien va al confesionario: a purgar culpas, a buscar absolución, a sentirse importantes bajo la mirada del poder real.

No es una relación nueva, pero sí una que se volvió obscenamente explícita durante el gobierno de Gabriel Boric. El Presidente se va —porque ya se va— sin haber dejado absolutamente nada nuevo para fortalecer la prensa independiente, el debate plural ni la libertad de expresión entendida en serio. No hubo una política comunicacional democrática, no hubo un reequilibrio del avisaje estatal, no hubo una convicción real de que sin diversidad de medios no hay democracia viva.

Hubo, en cambio, seducción. Y entrega.

Durante más de cien años, ese mismo poder mediático ha puesto trabas sistemáticas al crecimiento de otra prensa: la cuestionadora, la incómoda, la abierta, la liberal en el sentido más estricto y noble de la palabra. La que no pide permiso. La que no necesita el guiño del director de turno ni la portada amable para existir. Esa prensa —la que incomoda al poder político y económico— volvió a ser marginada, esta vez no por la derecha tradicional, sino por un progresismo que prometía cambiar las reglas del juego.

Pero no las cambió. Las reforzó.

Los datos son elocuentes y ya no admiten excusas: miles de millones de pesos del Estado terminaron apuntalando a los mismos conglomerados que han sido actores políticos decisivos en la historia chilena, incluso en sus capítulos más oscuros. Medios que estuvieron al borde del colapso financiero sobrevivieron gracias al oxígeno estatal, mientras proyectos independientes seguían haciendo periodismo a pulso, sin acceso a la “torta”, sin entrevistas exclusivas, sin filtraciones interesadas desde La Moneda.

Y aun así, el progresismo insiste en hacerse el sorprendido cuando esos mismos medios lo golpean, lo caricaturizan o derechamente lo desprecian. Como en todo bolero mal aprendido, confunden dependencia con amor, visibilidad con validación, cercanía con influencia.

Gabriel Boric podrá tuitear molesto, ironizar o denunciar desinformación. Pero llega tarde. Porque mientras hablaba de dignidad, su gobierno financiaba la sobrevivencia de quienes nunca han creído en ella. Mientras criticaba titulares, seguía entregando primicias. Mientras denunciaba operaciones, alimentaba las fuentes.

No hay traición más profunda que la que se hace por necesidad de ser querido.

El problema no es solo Boric. Es una cultura política completa que cree que sin El Mercurio no existe, que sin La Tercera no respira, que sin el reconocimiento del poder mediático tradicional no hay legitimidad posible. Una izquierda —o progresismo, si se prefiere— que terminó actuando como amante agradecida del mismo sistema que dice querer transformar.

El bolero lo advierte desde el comienzo: cuando todo es devoción, cuando no hay distancia ni conflicto, lo que viene después no es amor. Es abandono. Y, casi siempre, humillación.

Por eso, nosotros sí seguimos tras el 11 de marzo, por la nuestra y con la nuestra, sin deberle favores a nadie, creciendo con independencia.

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El Periodista